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25/07/14
Unidad y Revolución en el pensamiento de José Martí

Refiriéndose a lo sucedido en la guerra del 68, Martí afirmó: Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos. Aludía así a las divisiones y pugnas entre los patriotas que condujeron al fracaso de aquel esfuerzo heroico iniciado en Yara en 1868 y mantenido durante diez años.

Enfrentado a las frustraciones y el desanimo que dejó aquella primera contienda, Martí extrajo como conclusión esencial que la nueva guerra había que dirigirla de otro modo. Y para ello concibió y organizó el Partido Revolucionario Cubano, eficaz instrumento para forjar la necesaria e imprescindible unidad y para dirigir la guerra con criterio político. Ese partido tenía como objetivo esencial hacer triunfar la causa de la independencia como meta irrenunciable de la Revolución. Su espíritu unitario le permitió constituirse en las filas de la emigración en Estados Unidos primero, y lograr, más tarde, una representación en suelo cubano, La primera conclusión, por tanto, que puede extraerse es que en la prédica y el accionar político de Martí está presente tanto el objetivo radical de la independencia de Cuba de España como el logro de la unidad de todos aquellos interesados en hacerla realidad.

De aquí que en la cultura martiana de hacer política estén presentes dos elementos definitorios de la misma: la radicalidad y la armonía.

Bien sabemos que para Martí lo radical no estaba en los extremos sino en la raíz y eso se asocia al objetivo irrenunciable de la independencia y de los principios que debían guiar la lucha para lograrla y hacer posible una Revolución con todos y para el bien de todos.

La armonía era el elemento imprescindible para el logro de la unidad de todos los patriotas y para sumar al más amplio número de personas a la causa de la independencia.

Recordemos lo expresado por Julio Antonio Mella acerca del misterio que hizo posible el respaldo de sectores sociales diversos al programa ultrademocrático de José Martí.

Así vemos nosotros los elementos de Unidad y Revolución en la vida y el pensamiento del Apóstol y que forma parte de lo que he llamado Cultura de hacer política. Ello constituye el fruto más útil y original de la historia de las ideas cubanas y se relaciona con las maneras prácticas de materializar los objetivos que se persiguen y de vencer los obstáculos que se levantan ante todo proyecto revolucionario. Esta práctica tiene fundamentos filosóficos que es preciso conocer y estudiar para entender mejor el entretejido de ideas en que se fundamenta el hecho de que en las más difíciles circunstancias y enfrentada a los más grandes obstáculos, la política cubana ha adquirido una singular influencia en el mundo de los últimos cincuenta años.

Hago un llamado a abordar, con el rigor necesario, las enseñanzas de Martí y de Fidel, especialmente en el campo de la política y a propiciar el estudio y la investigación, partiendo de nuestra experiencia histórica, sobre el tema de la cultura con un sentido mucho más universal y que nos sirva, a la vez, para entender las esencias del llamado de Fidel sobre la cultura general integral. El legado de Martí en este terreno sintetizado en su frase Ser culto es el único modo de ser libre constituye un punto de referencia obligado.

Partimos de las enseñanzas prácticas de la política del Apóstol y de su discípulo fundamental y de las formas concretas de la práctica política con las que se forjó la unidad nacional. Se trata de investigar los caminos recorridos en el proceso integrador del pueblo para el alumbramiento de la nación cubana, sus fundamentos y, en especial, la manera de lograr esa unidad por la vía de la práctica política y de la educación. El estudio con profundidad de la evolución económica y social de la historia de Cuba, base de este inmenso saber, hará posible extraer conclusiones acertadas para nuestro trabajo.

En esa labor de investigación contamos con dos piezas maestras de nuestra historia El Manifiesto de Montecristi, suscrito por José Martí y Máximo Gómez en 1895, y cuyo aniversario 115 estamos conmemorando, y La historia me absolverá de Fidel Castro en 1953.

En cuanto al Manifiesto de Montecristi permítase me apuntar lo siguiente:

Desde las primeras líneas se destaca que el propósito inmediato de la revolución iniciada casi 30 años antes en Yara era el “saneamiento y emancipación del país para el bien de América y del mundo". Este objetivo, de interés universal, aparece como lo más sustantivo del ideario martiano y está presente a lo largo del texto que suscribió con Gómez. En dicho texto se plantea asimismo que:

La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se han de cruzar, en plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno el heroísmo juicioso que las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y e/ equilibrio aun vacilante del mundo.

Más adelante se subraya:

La revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de ideas de interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y el apoyo de los pueblos por su rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil.

Tal interés se fundamenta y enlaza con los propósitos que se exponen en los estatutos de Partido Revolucionario Cubano de Martí, de "Auxiliar y apoyar la independencia de Puerto Rico" y además, como se recoge en el propio Manifiesto, alcanzar y asegurar unas Antillas libres, que a su vez, garanticen y protejan a una América libre.

La pregunta que debemos hacernos es por qué Martí quería una Cuba libre, unas Antillas libres y una América libre. Lo expresó de una manera tan diáfana que no debería dar lugar a dudas o confusiones. En su artículo con motivo de la conmemoración del segundo aniversario del Partido Revolucionario Cubano, publicado en 1894, señaló:

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, -mero fortín de la Roma americana; -y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora - serían en el continente la garantía del equilibrio, de la independencia pare América española aun amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles hallar más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

Se observa aquí como el Apóstol no pretendía agudizar el conflicto, al que calificó de innecesario, entre la América mestiza y la América sajona. Martí hubiera preferido buscar una solución al conflicto que no condujera a un antagonismo feroz. Pretendía que surgieran unas Antillas libres para servir a los pueblos de nuestra América, e incluso, al propio pueblo de los Estados Unidos que según expresa, "hallará en el desarrollo de su territorio más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores". Y aspiraba, como queda dicho, a garantizar de esta forma, el equilibro del mundo.

En el propio "Manifiesto de Montecristi", Gómez y Martí agregan:

Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral de América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.

En cuanto a La Historia me absolverá podemos afirmar que ese alegato confirma la continuidad histórica de la única revolución que ha existido en nuestro país, la iniciada el 10 de octubre de 1868, con la proclamación de independencia del país por Carlos Manuel de Céspedes, continuada el 24 de febrero de 1895, y reiniciada por Fidel con la heroica gesta del Moncada. En él se reivindicó el ideal de independencia o muerte de nuestros mambises y sentó las bases para la consigna que la generación del centenario exaltaría a primer plano: Libertad o muerte.

La historia me absolverá constituye también un alegato jurídico que conjuga la lucha contra el régimen ilegal de Batista con la defensa de la Constitución de 1940, cuyo aniversario 70 también se conmemora este año. Se apoya textualmente para la aplicación de las medidas revolucionarias más importantes en preceptos de la Constitución de 1940 y en especial en el que validaba la resistencia nacional frente a las violaciones de la misma. Esta Constitución y su aplicación consecuente están insertadas en la historia filosófica y social de nuestro país y forma parte, además, de la mejor y más depurada tradición cultural universal. Permite estudiar la dialéctica de cómo las ideas cubanas se orientaron hacia el socialismo a partir de los mismos orígenes de la nueva etapa revolucionaria iniciada entonces. Sin proclamarse como tal, de hecho sentaba las bases para orientar la sociedad cubanas hacia ese objetivo superior.

A partir de estas consideraciones podemos extraer algunas enseñanzas para el presente y el porvenir. La existencia y fortaleza de la nación cubana ha estado siempre fundamentada en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural y Fidel Castro que al evitar que “el Apóstol muriera en el año de su centenario” (1953) –como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país-- hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la patria.

En la presente centuria, la perdurabilidad y fortaleza de la nación tendrá, como garantía decisiva, la unidad alcanzada la cual se nutre de las ideas y sentimientos que sucesivas generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura. Nuestra tarea consiste en interpretar y actualizar el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y mucho más complejo que el actual.

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