Algunas observaciones acerca del estudio de José Martí, y algo más

Por Cintio Vitier

Los principales aspectos a estudiar serían: Cultura científica y tecnológica, cultura filosófica, cultura religiosa, cultura artística, cultura literaria y poética, cultura económica, cultura política, ecología.

Es imposible aspirar a una cultura integral martiana sin conocer la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, y sin tener una noción general de las mitologías prehispánicas, así como del hinduismo y el budismo.

El cristianismo sin iglesia, que es el de José Martí, está formulado en las páginas 391-392 del tomo 19 de sus Obras completas.

La mayor fuerza de nuestra Revolución estará siempre en su raíz martiana. Martí no es sólo el “autor intelectual” del asalto al Moncada sino que “es y será guía eterno de nuestro pueblo”, según las palabras insustituibles de Fidel en el prólogo a la edición crítica de sus Obras completas (1983). El conocimiento de su pensamiento tiene que ser realmente integral, lo cual no significa que sus reiteradas creencias trascendentes sean obligatorias. El centro del legado martiano es el “pensar por sí”, el “ser por sí”. Pero es nuestro deber conocerlo entero, no fragmentado con reflectores previos. Quizás las apocalípticas circunstancias en que vivimos puedan aconsejar ciertas prioridades en su lectura, pero considero que su recepción integral será siempre la más útil y salvadora.

Las convicciones trascendentes de Martí están inextricablemente unidas, en él, a sus acciones históricas.

Sólo una Revolución martiana puede unir a ateos y creyentes. En realidad no se puede ser auténticamente revolucionario si no se cree en valores que nos trascienden como seres mortales.

Si todo se va a hundir en la nada, nada tiene sentido.

Si la vida de los héroes y los mártires tiene sentido más allá de la muerte, todo, el todo, tiene que tener sentido.

La llamada Teología de la Liberación no es nada tan nuevo. Lo único perennemente nuevo y siempre incumplido en el ámbito social, es el mensaje evangélico. Por algo el teólogo italiano Giulio Girardi sostiene que la derrota de nuestra Revolución sería un golpe también para el cristianismo. Este género de apreciaciones, en que coinciden Frei Betto y otros muchos hoy, sí resulta nuevo.

La realización personal es esencial para la justicia social. Que el Estado no se convierta en el “resuélvelo todo”.

La cultura no es sólo información. Es sobre todo un modo de vivir, una conducta, incluso una gestualidad, un silencio. Un modo de mirar.

Si tenemos que morir defendiendo como nos sea posible la patria, lo haremos. Cada cosa a su tiempo. En este sentido fue ejemplar la sobria información pública del Bastión 2004, sin alardes ni alarmismos.

La mayor enseñanza martiana es que cada minuto de la vida, en cualquier circunstancia, es sagrado.

Tornando a los estudios necesarios, no estaría de más en tiempos tan islámicos como los que nos toca vivir, volver los ojos, como seguramente lo haría Martí, tan amante de lo árabe, hacia la figura de Hallay (no sé si lo pronuncio bien), místico condenado a muerte en Bagdad en el 992, profundamente estudiado por el memorable ecumenista Louis Massignon (1883-1962), a su vez maestro, después de Ortega, de nuestra María Zambrano. “Hallay –dice Massignon– enseña que hemos de acercarnos a las cosas no desde nosotros mismos sino desde ellas mismas: al mundo, por ejemplo, desde una compasión transfigurante del sufrimiento del mundo”, identificando además “el Deseo con la Esencia divina”, y no ésta con la imagen de un Demiurgo. Si llegamos a ser ecuménicos de veras en lo religioso (judaísmo, cristianismo e islamismo, religiones todas de la misma raíz monoteísta, ¿no debieran ser hermanas?), lo seríamos también en política, buscando, más que la mera tolerancia, la activa fraternidad. Es tema ampliamente estudiado en páginas inéditas de Fina García Marruz. La economía, genialmente desentrañada como generadora de las políticas por Carlos Marx, es peldaño estructural del omnipresente Deseo, y Hallay también puede ayudarnos en cuanto, según Massignos, fue “intercesor escatológico” de los “pobres de la tierra”, que son hoy la mayor parte de la humanidad.

Los últimos acontecimientos, al menos en nuestro hemisferio, son muy alentadores. Ese “gigante dormido”, como también llamó Martí a Nuestra América, está indudablemente despertando frente al “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”. Díganlo, junto a Cuba precursora, Venezuela, Brasil, Argentina y ahora mismo Uruguay. Es evidente, como lo previó Neruda en su Canto al Libertador, la resurrección bolivariana de nuestros pueblos. En ella está nuestra mayor esperanza regional, pero no olvidemos que, sin la redención de toda la martiana patria que es la humanidad, no habrá paz duradera ni justicia segura.

(Centro Memorial Martin Luther King Jr. 3 de marzo de 2005)

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