Sobre los Cuadernos Martianos

Por Cintio Vitier

Como todos sabemos, pero nunca es ocioso recordarlo, las primeras semillas de la pedagogía cubana las sembraron en y desde el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana el presbítero José Agustín Caballero y el padre Félix Varela. Al primero debemos, como base de su método filosófico “electivo”, el rechazo del criterio de autoridad en materias intelectuales, que será fundamento de la pedagogía vareliana y culminará en el “ser y pensar por sí” del creador del Partido Revolucionario Cubano. En consonancia con este principio, Varela subrayó la importancia de “enseñar al hombre a pensar desde sus primeros años, o mejor dicho, quitarle los obstáculos de que piense”, que será, en esencia, lo mismo afirmado por Martí en su epocal Prólogo al Poema del Niágara de Juan Antonio Pérez Bonalde: “No bien nace, ya están en pie, junto a su cuna, con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los padres, los sistemas políticos. Y lo atan, y lo enfajan; y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado”. Y no embridado el hombre por sí mismo, lo que según veremos fue doctrina martiana, sino con brida impuesta y ciegamente aceptada. En cuanto a los niños dijo Varela: “Si conducimos a un niño por los pasos que la naturaleza indica, veremos que sus primeras ideas no son numerosas; pero sí tan exactas como las del filósofo más profundo. Hablemos en el lenguaje de los niños, y ellos nos entenderán”. Este fue el principio pedagógico de La Edad de Oro, porque “los niños –advirtió su autor– saben más de lo que parece”. Y José de la Luz sentenció, asombrosamente para su época y quizás también para la nuestra, desde el punto de vista educacional: “Más respeto se debe a los niños que a los ancianos”.

La primera semilla fue, pues, el respeto y estímulo a la soberanía de la inteligencia mayor o menor de cada educando, lo que es inseparable de la originalidad de cada persona de cualquier edad: “la marca propia” –que apreció Martí en los adultos de La Liga– “donde el maestro, como sobre la luz, no osa poner la mano”. Y esa luz no está hecha sólo de inteligencia, sino también de sensibilidad. Fue quizás el Maestro del Colegio del Salvador, de cuya memorable fundación se están cumpliendo los 150 años, quien puso mayor énfasis en la educación de los sentimientos. Por eso dijo: “La instrucción primaria no significa nada respecto a la moralidad de un pueblo, cuando no se aplica directamente a la disciplina de los sentimientos y afecciones del alma, no menos que al cultivo de las facultades mentales”. Y no sólo puso en práctica esa pedagogía del alma, sino que quiso “fundar una escuela filosófica en nuestro país, un plantel de ideas y sentimientos, y de método: escuela de virtudes [“no hay patria sin virtud”, dijo Varela], de pensamientos y de acciones; no de expectantes ni eruditos, sino de activos y pensadores”. Y si subraya la palabra “método” es porque en el suyo introdujo dos originalidades: la de enseñar la Física antes que la Lógica, siguiendo el apotegma vareliano de que “las reglas son el término de nuestras investigaciones, y no pueden ser el principio de ellas”; y porque el método que prefirió en la formación espiritual, en la concientización ética y patriótica de sus alumnos, fue el de la prédica informal, el de sus famosas pláticas de los sábados. Así llegó, según palabras que Martí recogió de Juan Peoli, a la aspiración de “lo más difícil, que es hacer hombres”, culmen de la pedagogía cubana, que lo mejor de nuestro magisterio, aún en los peores tiempos de la seudorrepública, nunca perdió de vista. Y es por ello, y por su preciosa fidelidad martiana, que la desvalida escuelita pública anterior al triunfo revolucionario merece hoy nuestro tributo.

La tradición que he intentado resumir, y que me fue transmitida por mi padre, uno de sus más puros herederos, estaba en el impulso que me llevó en agosto de 1994, ante sucesos tan indignantes como dolorosos, a poner en obra el proyecto esbozado un año atrás, en encuentro con los investigadores del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas del Ministerio de Educación. Era el proyecto de los Cuadernos Martianos, cuya pequeña historia he contado más de una vez y especialmente en mis palabras al VIII Congreso de los Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte. También he reiterado, siguiendo siempre los principios educacionales y pedagógicos de Varela, Luz y Martí, las ideas que conforman la Guía para los maestros de las aulas martianas, en la que se apela sobre todo a la creatividad de los docentes, la espontaneidad de los alumnos, la atmósfera conversacional, amena, emotiva y reflexiva, la formación ética y estética integral, la inseparabilidad de los valores patrióticos y los valores íntimos, la soberanía de la inteligencia y el cultivo de los sentimientos, el “ser por sí” pero no “para sí”, la realización de la persona “con todos, y para el bien de todos”.

En esta ocasión quiero hacer otras observaciones y proponer un ejemplo. Cuando finalmente emprendí la tarea de componer el volumen que es culminación de los Cuadernos, titulado Martí en la Universidad, comprendí que muchos textos, por no decir todos, de los seleccionados para los niveles de primaria, secundaria básica y preuniversitario, se echarían de menos en el mencionado volumen. Por eso lo hago preceder de los sumarios de los Cuadernos y aconsejo que estos figuren en las bibliotecas universitarias. Análogas razones me hacen pensar en la conveniencia de que en cada nivel los maestros tengan a su alcance, también, los otros dos Cuadernos. Ninguno de ellos debe considerarse como material exclusivo de un nivel escolar. Todos pueden manejarse libremente por los maestros según el tema que escojan en cada sesión. Imaginemos, por ejemplo, que ese tema sea el origen y el sentido de nuestra consigna nacional de “Patria o muerte”. Quizás para explicarlos sea útil recorrer los siguientes pasos.

En carta de enero de 1892 a su amigo Ángel Peláez escribió Martí: “Por dos hombres temblé y lloré al saber de su muerte, sin conocerlos, sin conocer un ápice de su vida: por Don José de la Luz y por Lincoln”. A lo que añade, siempre minucioso en sus valoraciones morales: “Por Lincoln, que merece el llanto, aun cuando luego supe que le quiso oír al intrigante Butter el consejo de echar sobre ‘el basurero de Cuba’ toda la hez y el odio que quedó viviente de la guerra contra el Sur”. No impidió esa tentación que “el leñador de ojos piadosos” mereciera el llanto de Martí niño, y nos congratula y apena saber que, a raíz de la conmemoración en la Sierra Maestra del 26 de julio de 1960, un novelista norteamericano, Julián Mayfield, dijera: “Lincoln se sentiría a gusto en las calles de La Habana, pero sería un extranjero en Washington D.C.”

La habaneras calles se habían cubierto de luto cubano, por primera vez, durante el multitudinario entierro del Maestro del Salvador en junio de 1862, y seguramente fue en aquella ocasión cuando el niño Martí “tembló y lloró” por su muerte. El Colegio San Pablo, de quien iba a ser su maestro, Mendive, seguiría las huellas del Colegio del Salvador. Y a medida que Martí fue conociendo la vida y la obra de Luz, su devoción aumentaría hasta hacer de él los más entrañables elogios que salieron de su pluma, los que aparecen en el Cuaderno II.

El Cuaderno I comienza con la primera carta que Martí dirige a su madre el 23 de octubre de aquel mismo año, desde Caimito de la Hanábana, donde ayudaba como amanuense a su padre, quien entonces era Capitán Juez Pedáneo de aquella zona sur de la provincia de Matanzas. Allí leemos: “Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos”. Sus nueve prístinos años oyen por primera vez los cantos de los “sencillos labradores”, que le recordarán a doña Leonor desde España y serán la semilla de sus Versos sencillos; por primera vez disfruta de la naturaleza cubana cantada por Heredia, desde la cariñosa altura del caballo enfrenado. Aprende, sin conceptualizarla aún, esa lección: el freno de las pasiones, propias y ajenas, es necesario para “marchar bonito”, que es lo que después va a llamar “decoro”, la eticidad hermosa y natural. “Freno y caldera”, dirá también, necesitan las revoluciones. Y a la “genial belleza” del campo cubano, del campo herediano, debe corresponder el “genio de la moderación y de la luz” que nuestro paisaje inspira.

La otra lección de aquella estancia en la Hanábana será la vivencia atroz, desgarradora, del contraste, a su vez delatado por Heredia, entre “las bellezas del físico mundo” y “los horrores del mundo moral”. Martí a sus nueve años vio todo el horror de la esclavitud. Esa experiencia rompió la paz infantil de su primera carta hasta llegar al poema XXX de Versos sencillos, por ello incluido también en el Cuaderno I:

El rayo surca, sangriento,
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento
Los negros por el portón.El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos:
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.

Rojo, como en el desierto,
Salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto,
Colgado a un seibo del monte.

Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
Y, al pie del muerto, juró
Lavar con su sangre el crimen!

Heredia pintó el contraste del mundo moral y el mundo físico. Martí concibe una especie de contaminación entre ambos. La naturaleza aciclonada parece contagiarse de la indignación humana. Cuando ya Martí había caído en combate, Manuel Sanguily, al final de su discurso “Céspedes y Martí”, pronunciado en Nueva York el 10 de octubre de 1895, exclamó: “Yo soy cubano: y rueden los cielos si no ha de triunfar en mi patria la justicia”. Sanguily había escuchado las últimas palabras de José de la Luz a sus alumnos, en diciembre del 61, cuando exclamó:

“Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral.”

Esta declaración, testamentaria y fundadora, hay que relacionarla con otras palabras de Luz:

“La introducción de negros en Cuba es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores. Pero justo es también que los miembros de la sociedad sean solidarios y mancomunados en esa deuda, cuando ninguno de ellos está exento de complicidad.”

Y Martí, en la Lectura de Steck Hall (1880): “Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos. Verteremos la sangre que hicimos verter. ¡Esta es la ley severa! Sin pertenecer a la clase esclavista, asumió la culpa colectiva, extendiéndola a las múltiples formas de “la gran pena del mundo”. Lo hizo desde niño, en la Hanábana de la carta feliz y el juramento terrible. La felicidad sólo la recobraría, con “algo como la paz de un niño”, en el regreso al campo, no de la esclavitud sino de la Revolución, según testimonio de su carta de 28 de abril de 1895, “cerca de Guantánamo”, que está en el Cuaderno III.

Y al final de aquel mismo discurso retomaría la disyuntiva tajantemente planteada por el Maestro del Salvador: “¡Antes que cejar –dijo– en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila”. Lo que fuera formulado idealmente por “el padre”, por “el silencioso fundador”, como llamara Martí a Luz, inspiraría desde su inicio el grandioso gesto de Céspedes, la gesta de los Diez Años, la gestación antiimperialista de la revolución martiana, el asalto al Cuartel Moncada, el triunfo de enero de 1959. Nuestros niños, adolescentes y jóvenes, deben conocer la tradición, los nutrientes, el sentido histórico y ético de lo que constituye nuestra consigna nacional. Deben saber por qué cuando decimos “Patria o muerte”, lo que decimos, recogiendo un legado secular, es “Independencia o muerte, Justicia o muerte”; y que no lo decimos sólo para defender nuestras conquistas sino también para hacerlas cada vez mayores.

Para eso se han puesto en nuestras escuelas, en las manos y los corazones de nuestros maestros y estudiantes, los Cuadernos Martianos: no para guardarlos ni exhibirlos, sino para contribuir a formar la conciencia de nuestros hombres y mujeres del siglo XXI. Por ello confiamos en que esta campaña, asumida no sólo por los Ministerios correspondientes y por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte, sino también por la Dirección Nacional de los Comités de Defensa de la Revolución; esta campaña inolvidablemente financiada centavo a centavo por el pueblo hasta recaudar en sólo tres meses la cantidad de 3 956 244, 34 en moneda nacional y de 337 142, 13 en divisas, hasta alcanzarse 607 000 cuadernos, uno por cada tres niños; esta campaña apoyada con generosos donativos de Vietnam, China e Islas Canarias, impulsada por la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado y valorada por Raúl Castro como de “importancia estratégica” para la resistencia de la patria, se mantenga viva, con horarios regulares y continua atención docente, en todas las escuelas de Cuba revolucionaria. Si para ello resulta indispensable, rectificando nuestros criterios iniciales, convertirla en asignatura con pruebas y calificaciones periódicas, que así sea. Es asunto que sometemos desde luego a la consideración de la dirección pedagógica de nuestro sistema educacional. A lo que no podemos resignarnos es a que, más allá de las magníficas y conmovedoras iniciativas que esta campaña ha suscitado, su fecundidad no sea masiva para nuestros escolares. Masiva y simultáneamente cualitativa. Sabemos que esto implica un difícil desafío, pero nuestra Revolución –que en tan riesgosas circunstancias empezó acometiendo la Campaña de Alfabetización– se alimenta de los más audaces desafíos. Intensifíquense los talleres sistemáticos y creativos; intensifíquense la familiaridad con la bibliografía martiana, y cultívese, junto a la formación historiográfica, la educación de la sensibilidad y la imaginación, de lo que el propio Martí, evocando sus años mozos, llamó “la fantasía maravillada”, semilla de toda actitud heroica y creadora.

La mayor lección martiana la están dando ahora mismo nuestros médicos en Centroamérica. Nuestra educación tiene que seguir inspirándose en la raíz martiana de esos ejemplos, tradición ya irrenunciable. Y paralelamente hay que afinar los modales, proponer satisfacciones íntimas superiores, estimular la apetencia por lo bello y lo bueno, desterrar lo vulgar y lo discriminatorio en toda esfera. No podemos imaginar maestro más completo, más integral que Martí, en quien ética, estética y patriotismo se compenetran para formar un solo mensaje. Los maestros a los que hoy una vez más agradecemos sus abnegados servicios y emocionalmente rendimos homenaje, tienen la hermosa responsabilidad de mantener en alto estas banderas.

(1998)

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