En el tercer aniversario de la Sociedad Cultural José Martí

Por Cintio Vitier

En las palabras que tuve el honor de pronunciar durante el acto de fundación de la Sociedad Cultural José Martí, el 20 de octubre de 1995, conmovido por mis inolvidables experiencias de diputado bayamés e hijo adoptivo de la gloriosa ciudad que fue capaz de erigirse “con muros de fuego, en el corazón mismo de la noche”, preguntaba: “¿Cómo hablar de una cultura que no sea de lo que llamamos nuestro ‘interior’, a veces sin bastante conciencia de lo que la misma palabra tan elocuentemente dice? ¿Qué otra cosa mejor puede ser la cultura nacional sino la expresión de la intimidad del país, esa intimidad que empezó, tan material como espiritualmente, con los sabores de la patria, con los sabores de la tierra?

Poco después aquellas palabras se completaban a sí mismas recordando que “nuestra historia, nuestra cultura, es también un arranque de la casona paterna al universo” y se atrevían a advertir “Sin dejar por ello de mimarla en sus rincones más queridos, no localicemos excesivamente nuestra historia, que pertenece al universo, como nosotros a ella”. Releyendo hoy el Artículo 4 de los Estatutos de la Sociedad cuyo tercer aniversario celebramos, se me hace evidente la dialéctica martiana que a sus fundadores, socios y amigos espontáneamente nos reúne en torno a un lema tácito que se puede explicitar en dos palabras: autoctonía y universalidad. Séame permitido en esta ocasión, reconociendo siempre lo inseparable de ambos términos, subrayar la importancia en nuestros días del segundo.

Anticipándose a calificaciones posteriores como las de países marginales, subdesarrollados o del Tercer Mundo, en su artículo de 1888 sobre José María Heredia, escribió Martí:

“Ni por los países en que vivió, y lo infeliz de su raza en aquel tiempo, podía Heredia, grande por lo sincero, tratar los asuntos complejos y de universal interés, vedados por el azar del nacimiento a quien viene al mundo donde sólo llega de lejos, perdido y confuso, el fragor de sus olas. Porque es el dolor de los cubanos, y de todos los hispanoamericanos que aunque hereden por el estudio y aquilaten con su talento natural las esperanzas e ideas del universo, como es muy otro el que se mueve bajo sus pies que el que llevan en la cabeza, no tienen ambiente ni raíces ni derecho propio para opinar en las cosas que más les conmueven e interesan, y parecen ridículos e intrusos si, de un país rudimentario, pretenden entrarse con gran voz por los asuntos de la humanidad, que son las primeras letras como nosotros, sino en toda su animación y fuerza. Es como ir coronado de rayos calzado con borceguíes. Este es de veras un dolor mortal y un motivo de tristeza infinita. A Heredia le sobraron alientos y le faltó mundo.”

Percibimos en estas palabras un tono demasiado íntimo, demasiado entrañable, para no ser también irreprimiblemente confesional. Diez años después, en aquel nefasto 98 que ahora conmemoramos y cuya posibilidad fue angustiosamente prevista por Martí, la injerencia norteamericana obligó a Cuba a pasar de la colonia a la neocolonia, agravándose con los tintes de simulacro republicano su condición marginal. El nuevo imperio nos invitada a viajar en el furgón de cola del tren de una modernidad opuesta por la base al proyecto de nuestros fundadores, de Varela a Martí. Ese proyecto ponía el progreso únicamente al servicio de la justicia, y la justicia entre los hombres incluía desde luego la justicia entre los pueblos. Confluían en ese proyecto las esencias originales del cristianismo y las tendencias más nobles del Siglo de las Luces. Era un proyecto nacional con raíces universales. Al asumirlo Martí como centro de su lucha anticolonialista y de su visión antiimperialista, legaba a la República, por falaz y mediatizada que fuera, un germen de futura liberación que sólo sería auténtica si llegaba a situarnos, por pleno derecho y con todos los riesgos del caso, en la corriente central de la historia moderna. Esto implicaba, en muy desventajosas circunstancias para nosotros, el choque inevitable de dos concepciones de la modernidad: la imperialista o neocolonialista, y la martiana. Después de los primeros deslumbramientos ante la magnitud de su genio, a partir de los años 20 empezamos a percibir, en nuestra primera generación de marxistas, la difícil resurrección histórica y política de Martí. Difícil y lenta, pagada siempre con la sangre más generosa de nuestra juventud, pero a la larga incontrastable por una sencilla razón: porque de ella depende nuestro ser o no ser con la personalidad que nos corresponde por nuestros sacrificios y nuestra creación cultural, en el polifónico universo humano.

José Martí es la encarnación, viva siempre, de nuestra nacionalidad y de nuestra universalidad. De él no podemos decir, después del triunfo revolucionario, como dijo él de Heredia, que “le sobraron alientos y le faltó mundo”. Ese “mundo” que nos faltaba, ese derecho a “entrarse con gran voz por los asuntos de la humanidad”, se lo gana Cuba, en los planteamientos internacionales de su máximo dirigente actual, por su fidelidad a los principios de quien dijo que “es y será guía eterno de nuestro pueblo”. Y si para ello a Martí “le sobran alientos”, qué decir de su paradigmática figura de hombre integral en que los hombres de todos los credos, razas, vocaciones y oficios pueden también reconocer al guía de un humanismo sin fronteras de espacio ni de época.

No parece necesario insistir en la calificación de Martí como uno de los Maestros fundamentales de todos los pueblos de la que él llamó “Nuestra América”. Basta recordar las cenitales páginas que le dedicó, para poner de relieve la fundadora obra americanista y caribeña, proyectada hacia el futuro, de aquel a quien Gabriela Mistral llamara “el mejor hombre de nuestra raza” y Ezequiel Martínez Estrada estimó como “uno de los espíritus más libres que ha conocido la historia, sin duda el más puro de ellos”.

Juan Marinello, a cuya esclarecida memoria dedicamos la presente Jornada de la Cultura Cubana, puntualizaba así uno de sus méritos principales: “Mientras maestros como Domingo Faustino Sarmiento y Justo Sierra, para no evocar sino a los de estatura más visible, miraban hacia el Norte como a plausible dechado, nuestro libertador denunciaba, sin atenuación ni pausa, las entrañas del monstruo en que había vivido y padecido”. A lo que añadía Marinello, en “Fuentes y raíces del pensamiento antiimperialista de José Martí”, contribución al Coloquio Internacional celebrado en mayo de 1972 en la Universidad de Burdeos, donde tuvimos el honor de acompañarlo: “Pero no son los dichos, en hombre como Martí, sino testimonio o anuncio de la acción (‘¿Qué es decir sin hacer?’), por lo que, advertida la violenta agresión, ha de convocar a cerrarle el paso con la unión militante de los agredidos. (…) Si en los comienzos de su madurez aparece la sospecha incipiente, el combate ocupa al final lo céntrico de su tarea revolucionaria”. Y refiriéndose a la última carta de Martí a Manuel Mercado concluye: “Se confirma en esa carta, en ocasión suprema, su definitivo relieve de héroe mayor de veinte pueblos atacados por el mismo enemigo”.

No menos suya que Latinoamérica fue para Martí la España del Padre Las Casas, de los comuneros, el 2 de Mayo y la defensa de Aragón, la España de Cervantes y Quevedo, de Santa Teresa y Gracián, de Velásquez y Goya, de los krausistas y la Institución Libre de Enseñanza, de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, la España por la que murió combatiendo Pablo de la Torriente Brau.

Saliendo de nuestro marco lingüístico, nos place recordar, en el homenaje rendido por la UNESCO a José Martí en la noche del 19 de mayo de 1972, las siguientes palabras del ilustre hispanista francés Noël Salomón:

“El contenido de su humanismo a la vez revolucionario y moral no concierne sólo a Cuba o América Latina. José Martí nos interesa también a los europeos. Por ello lo reinvindicamos como nuestro, nuestro no por tal o cual influencia cultural que habría recibido él del “viejo mundo”, sino porque el viejo mundo lo necesita para seguir siendo joven. (…) Vocero de una humanidad sana, generosa, entusiasta, sensible, equilibrada por el ensueño, la razón y la experiencia, él puede ayudarnos a vivir con “hombría” y a no esperar. Escritor genuinamente cubano, americano entero y cabal, fue sin lugar a dudas José Martí. Pero ahora es mucho más: por haberlo sido auténtica y plenamente se ha convertido en lo que debe ser el escritor latinoamericano de hoy: en un contemporáneo de todos los hombres, que escribe y obra “con todos, y para el bien de todos.”

Así el lema de su máximo discurso fundador se abre a la dimensión planetaria que en justicia le pertenece.

Pocos años después el profesor norteamericano Phillip Foner declaró en el Centro de Estudios Martianos que nadie conoció la realidad integral de los Estados Unidos de su tiempo más profundamente que José Martí. Y que a ningún pueblo pudiera hacerle mayor bien su lectura que al pueblo norteamericano.

Durante nuestro viaje a Tokio el pasado año, Armando Hart y yo pudimos comprobar la creciente fascinación que la figura de Martí ha ejercido en el Maestro budista Daisaku Ikeda, presidente de la Soka Gakkai Internacional. De nuestro diálogo en marcha sobre Martí, que será un libro titulado El Apóstol de Cuba, me decía en su última carta: “De más está decir que el diálogo que hemos aprendido usted y yo, contiene un legado histórico para la posteridad: la insondable espiritualidad y la brillante trayectoria de José Martí”.

Son sólo algunos testimonios de las últimas décadas. La compilación de manifestaciones semejantes, provenientes de los más lejanos puntos del planeta. Ocuparía varios volúmenes. El año del Centenario de su muerte, bautizado universalmente con su nombre por la UNESCO, se conmemoró fervorosamente en todo el mundo. La solidaridad con Cuba se ha expresado también, concreta y conmovedoramente, mediante los donativos de muchos miles de ejemplares de La Edad de Oro y los Cuadernos Martianos, realizados por Vietnam, China y España. No tenemos mejor embajador en el mundo que José Martí; ni mejor anfitrión para nuestros visitantes. Los artistas y escritores encontrarán en él a un magno compañero del oficio; los periodistas, a un mentor; los cineastas, a un anticipador; los filósofos, a un pensador interminable; los educadores, a un Maestro; los políticos, un ejemplo. Los hombres todos, la imagen mayor del hombre que conocemos, el que sencillamente pudo decir con entera verdad:

“Yo vengo de todas partes
Y hacia todas partes voy.”

No dilapidemos este tesoro, que además no nos pertenece por modo exclusivo. Lo que sí nos pertenece es el deber de darlo a conocer con seriedad y eficacia. Contamos en La Habana con el conmovedor Museo Casa Natal y con el espléndido Memorial como centros de imantación para delegaciones y personalidades políticas y culturales. Ahora que ya estamos intentando cumplir en nuestro sistema educacional con la campaña de formación martiana, no abandonemos las posibilidades que están abiertas para el grandioso plan de hacer presente a Martí en el mundo, de introducirlo en la corriente de la cultura universal, a la que en esencia y por destino pertenece. No desconocemos lo mucho que en este sentido se ha hecho por ilustres especialistas. De lo que ahora se trata es de aunar esfuerzos, de concertar estrategias, de trazarnos un programa concreto para cada región del planeta. Esta sería una nueva contribución internacionalista de Cuba: la de un humanismo cargado de futuridad salvadora, frente a los desafíos del tercer milenio.

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