Respeto al Maestro en el aniversario 125 de su caída en combate.

Este 19 de mayo se cumple el aniversario 125 de la caída en Combate en Dos Ríos de José Martí. Aunque este hecho significó una irreparable pérdida para las fuerzas independentistas, el ideario martiano y su ejemplo continuó guiando a los cubanos en sus batallas por la libertad y justicia plenas y aún son bases fundamentales de la Revolución Cubana.

Para recordar esta efemérides, el Centro de Estudios Martianos pondrá a disposición del público, en su página oficial de Facebook (https://www.facebook.com/portaljosemarti), una serie de materiales audiovisuales donde se abordan temas de interés relacionados con el hecho histórico como por ejemplo el destino de los objetos que llevaba Martí consigo el día de su caída en combate, las peculiaridades del enfrentamiento y las condiciones en que se encontraba el Héroe Nacional en ese momento; así como de la única canción que compuso junto a un emigrado y que fuera interpretada en aquellos días y versionada en la actualidad por diversos trovadores, entre otras. También se disponibilizarán obras audiovisuales que exploran otras zonas de la vida y la obra de Martí, como su relación con España durante su segunda deportación.

De igual manera, el Centro de Estudio Martianos convoca a documentar el tributo que, desde casa, podamos hacer a José Martí en esta fecha. Se pueden enviar fotografías, dibujos, ilustraciones, podcast, donde se evidencie nuestro homenaje a José Martí, al correo centrodestudiosmartianos@gmail.com.

Vale destacar que continúan disponibles para su descarga gratuita más de 30 títulos, así como los 29 tomos de las Obras Completas de José Martí, publicadas por la Edición Crítica del CEM, entre otras publicaciones de gran valor.

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Denuncian en Francia silencio de EE.UU. en ataque a embajada de Cuba

El catedrático francés Paul Estrade calificó hoy de silencio cómplice la actuación del gobierno estadounidense a una semana del ataque con arma de fuego contra la embajada de Cuba en Washington DC.
En declaraciones a Prensa Latina, el historiador y profesor emérito de la Universidad de París 8 cuestionó que a estas alturas el presidente del país donde ocurrió la grave agresión (Donald Trump) no lamentara los hechos y señalara que la justicia los investiga.
‘¿Estará en guerra Estados Unidos con Cuba como lo está con Venezuela? Sí, sabemos que lo está, porque el bloqueo es una medida de guerra y Trump ha decidido reforzarlo sin la menor piedad’, advirtió el especialista en América Latina y reconocido estudioso de la vida y la obra del Héroe Nacional cubano, José Martí, ligado a la solidaridad con la isla durante más de cinco décadas.
Alrededor de 30 disparos fueron realizados en la madrugada del jueves pasado contra la sede diplomática de la mayor de las Antillas en la capital norteamericana, donde las autoridades detuvieron en la escena al responsable, un ciudadano de origen cubano residente en Texas, identificado como Alexander Alazo.
Estrade insistió en las dudas que deja la ausencia de una condena oficial a un acto con clara intención de matar, el cual por fortuna no dejó víctimas, solo daños en la fachada de la embajada, por el impacto de proyectiles de un fusil de asalto.
De acuerdo con el doctor en Letras y Ciencias Humanas, también repudiables resultan la continuidad del bloqueo impuesto a Cuba desde hace 60 años y la política agresiva de Washington, en momentos en los que la pandemia de la Covid-19 afecta a la humanidad. ‘Pero si a los amigos de Cuba les es imposible hoy manifestar en la calle su repudio a las continuas amenazas dirigidas contra un pueblo y un Estado soberanos, dignos y pacíficos; les es posible, y su conciencia cívica se los dicta, levantar la voz para gritar como en tiempos de Playa Girón, pero ajustados a la actualidad: Cuba Sí, Trump No’, concluyó.

Tomado de: https://www.prensa-latina.cu

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Más balas criminales contra José Martí

Al publicar, hace poco más de dos años, “Balas ominosas contra José Martí”, acerca de una abyección cinematográfica vertida como bilis cerduna sobre el héroe, no preveía que pronto volverían a lanzarse contra él proyectiles no solo metafóricos, sino también físicos, como los que truncaron su vida el 19 de mayo de 1895, pero no impidieron que su legado continúe más vivo cada día. En el reciente ataque de que fue objeto la Embajada de Cuba en Washington, un disparo impactó la estatua que le rinde tributo a Martí como símbolo esencial de su patria, y —más allá de lo alegórico— se corroboró que los actos con que se quiere asesinar a esta nación van contra el héroe que le ilumina el camino, y están condenados al fracaso.

El presente artículo concierne principalmente a falsificaciones del pensamiento de Martí hechas a base de citas falsas. Uno de los más frecuentes recursos usados con ese fin ha consistido en descontextualizar e interpretar tendenciosamente su valoración del británico Herbert Spencer. Tal procedimiento lo han refutado varios autores, entre ellos este articulista, quien lo trató en el breve ensayo “Luces de José Martí para el socialismo”, aparecido originalmente, como “Balas ominosas…”, en Cubarte.

Otros artículos, más recientes, los ha centrado en citas que de modo fraudulento se le atribuyen al héroe: “¿Cómo citar a José Martí?” y “Falsificaciones en torno a José Martí”, publicados en La Jiribilla y, al igual que los anteriores, localizables en las redes. Las falsas atribuciones a Martí, y los tratamientos espurios de sus textos, han sido básicamente obra de la desvergüenza de quienes los han cometido. Pero pueden hallar aliados en la desprevención y el desconocimiento.

Aunque no se abunda ahora en ejemplos de tergiversación ya vistos en aquellos textos, vale reiterar que para ella se ha buscado asidero frecuentemente en manejos tendenciosos de su apreciación de Spencer, en quien neoliberales y anticomunistas hallan pábulo. Eso se ha visto en estos días de encono anticubano en las redes, cuando se han tensado hasta lo nauseabundo los ataques contra la Revolución cubana por personeros y servidores del imperialismo.

Obsecuentes voceros del mandamás estadounidense —que quieren mostrarse más imperialistas que el amo— no solo se oponen al socialismo, lo que podría ser una opción para el debate. Apoyan al gobierno que trata de asfixiar a Cuba, y encarnan de ese modo la actitud apátrida que tanto repudió Martí a lo largo de su vida, al tiempo que subrayan el papel que el proyecto socialista tiene como garantía de la vida de Cuba como nación.

El mencionado repudio fue factual e ideológicamente orgánico en quien, siendo niño, juró lavar con su vida el crimen de la esclavitud en un sentido profundo, liberador y crecientemente polisémico. Por ello pagó presidio político en plena adolescencia, y murió en combate cuando contaba 42 años.

Los apátridas de hoy retoman falsas citas del héroe que se han venido utilizando, y fabrican otras. A menudo lectores familiarizados con la escritura de Martí, con su estilo y su espíritu, y con los caminos de su tarea política y su entorno, podrán ponerlas en duda o apreciar que son apócrifas o han sido descontextualizadas. Una de ellas ha reaparecido en estos días, impresa sobre una imagen en que se ve a Martí con pose declamatoria, como portador de una rabia que es propia de los enemigos de Cuba y su Revolución, y —como es usual en tales casos— sin la menor pista que señale la fuente.

Se reitera así la actitud de los más encarnizados adversarios del socialismo, que no rehúyen reafirmarse como ignorantes —ni se descarta que lo sean— con tal de dar riendas sueltas a su odio contra el digno patriotismo y los ideales socialistas. La antes aludida cita de Martí se halla en “Un voyage à Venezuela”, texto estimado como de agosto de 1881, fecha de su regreso de aquel país a Nueva York.

Escrito en francés, lengua que Martí usó en textos que se traducirían al inglés para publicarse en los Estados Unidos —lo que no se sabe que haya ocurrido con ese en particular, que no está terminado—, recoge observaciones acerca de la realidad latinoamericana. Se lee en las páginas 137-168 del tomo 19 de sus Obras completas publicadas entre 1963 y 1966, varias veces reimpresas, y de la página 117 a la 153 del tomo 13 de Obras completas. Edición crítica, proyecto en marcha. En ambas al original en francés le sigue la traducción al español, obra de los editores: “Un viaje a Venezuela”, que por razones prácticas será el texto aquí citado.

En la realidad de las tierras sudamericanas concentra Martí ese artículo o crónica de viaje, con observaciones que alimentarían su creciente conocimiento de nuestra América. Y ese conocimiento —para el que su estancia en Venezuela entre enero y julio de 1881 fue una escala de temprana maduración, simbólica y objetivamente vinculada con la cuna de Simón Bolívar— cimentó su visión de estas tierras, y algo que sus citadores fraudulentos evaden como el diablo a la cruz: le permitió calar en las diferencias de origen, historia, cultura, necesidades y destino de estos pueblos con respecto a los Estados Unidos, y en el peligro que la voracidad de esa nación representaba para ellos.

Su visión del tema la ratificó y la profundizó a lo largo de su existencia, y de modo testamentario la sintetizó el día antes de su muerte, cuando en su carta póstuma a Manuel Mercado —en la que afirmó, y parece necesario refrescárselo a algunos: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”— fue rotundo al plantear lo que entendía como su deber: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Pero sería iluso aspirar a que los lacayos de la agresiva potencia reconocieran esa dimensión del legado del Apóstol que ellos putativa y factualmente profanan.

En lo relativo a la cita aludida de “Un viaje a Venezuela”, lo de menos son algunos detalles que pudieran considerarse frutos de una traducción determinada o imprecisiones de la copia. Lo grave es la descontextualización con que se le altera el sentido. Martí escribió: “Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, nada tienen que curar en la selva del Amazonas, donde aún se adoran divinidades salvajes”, y los falsificadores lo truncan de una manera que le castra la idea: “Las soluciones socialistas, salidas de los males europeos, no tienen nada que curar en las selvas del Amazonas”. Y punto.

Eso equivale a tomar un texto que diga: “La penicilina no sirve para nada que no sea combatir los elementos patógenos contra los cuales puede actuar”, y reducirlo a esta poda: “La penicilina no sirve para nada”. Cabría detenerse en los motivos que tendría Martí para las valoraciones que en aquella cita expresa con respecto a las tierras que ve representadas en “la selva del Amazonas”, y a las creencias de esos pueblos. Son juicios que, para entenderlos de veras, han de ubicarse en el contexto del manuscrito citado, y en el conjunto de la obra del autor. Pero nada detiene los embustes de citadores aviesos, para quienes no hay razones que valgan si se oponen a sus propósitos.

Mucho mayor peso tendría reclamarles que, además de no mutilar el texto como han hecho, tengan en cuenta la evolución del pensamiento de Martí. No se trata de presentarlo como el ideólogo socialista que no fue ni tenía por qué ser en cumplimiento de su tarea de organizar un frente de liberación nacional y la guerra necesaria para alcanzar ese fin. Tampoco hay fundamento que avale calificarlo como el ideólogo antisocialista que no fue.

Leída recta y honradamente, su valoración de Spencer, escrita en 1884, no da argumentos para ello, lo que no impide a los falsificadores fabricarlos. Menos aún los da si se lee en diálogo con la carta que diez años después le escribió a su amigo y compañero de ideas y metas Fermín Valdés Domínguez, a quien entonces le expresa criterios que enemigos del socialismo han descontextualizado para usarlos contra “la idea socialista”. Eluden, por ejemplo, que entre las motivaciones de la carta se halla el interés de Martí por la celebración ese año, en La Habana, de una efeméride especialmente significativa para el tema: “Muy bueno, pues, lo del 1° de Mayo.—Y aguardo tu relato, ansioso”.

Martí señala: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras” —precisión relevante esta última, y que algunos citadores suprimen—, refiriéndose a “las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas” y a “la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”. Pero frente a esos peligros, que pueden acosar a los ideales socialistas en cualquier parte, y también a otros proyectos, Martí aporta señales de profundas implicaciones que los manipuladores escamotean.

Es un deber insoslayable tener en cuenta lo que, en términos concluyentes, le dice a un amigo cercano en quien se han visto proclividades socialistas por su identificación con los pobres de la tierra, con quienes él, Martí, echaba su suerte. Que tales proclividades fueran de signo utópico no les resta valor, dada la significación de la utopía para la decencia en general, y, en particular, por el peso del socialismo utópico en el desarrollo de las posiciones más radicalmente justicieras.

No hay que entrar en mucha abstracción para apreciar el rumbo de las conclusiones plasmadas por Martí en la carta glosada. La escribió un año antes de su caída en combate contra el colonialismo español y el imperialismo estadounidense y, por tanto, contra los autonomistas y anexionistas que, ancestros de los actuales apátridas, buscaban recibir beneficios de la emergente potencia imperialista “en premio de su oficio de celestinos”, como se lee en otra carta suya citada, que en la víspera de su muerte dirigió a Manuel Mercado.

A Fermín, su amigo desde la niñez, le dice en 1894 al calor de lo expresado en torno a peligros de la idea socialista mal asumida, y a la legitimidad de la lucha por la justicia social: “Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquel, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo”. Y no se queda ahí, sino que añade: “Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana”.

No guía al presente texto la ingenuidad o torpeza de pretender dialogar con quienes están incapacitados para el diálogo y el razonamiento, y solo entienden de insultos. Se escribe para personas decentes, conocedoras o no conocedoras de Martí, simpatizantes o no simpatizantes de la Revolución cubana, afines al socialismo o adversarios de este, pero que, dada su decencia, no deben aceptar como de Martí ningún texto que no sea probadamente suyo. Esas personas merecen que se les apoye en la búsqueda de la claridad necesaria para no ser arrastradas a engaños de ninguna clase.

Solo falsificando a Martí pueden los enemigos de la Revolución cubana buscar en él brasas para cocinar una sardina enferma de la peor intoxicación: el odio mezclado con una inmoralidad que acude incluso a fabricar citas y tergiversar textos reales. También en eso están condenados al fracaso. José Martí no cabe en actos ni verbalizaciones carentes de ética ni en el servicio lacayuno al imperialismo que intenta apoderarse de Cuba, y de toda nuestra América. Impedir que eso ocurriera estaba en la médula del proyecto revolucionario que Martí abrazaba al caer en combate, y su ejemplo sigue y seguirá siendo guiador para la inmensa mayoría de su pueblo.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

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Novelar Centroamérica: la otra experiencia de Miguel Calderón

La novela Muertos que nunca mueren[1] del narrador costarricense Miguel Calderón Fernández nos trae de vuelta a un grupo de significativas personalidades de la historia de la ciudad de Pérez Zeledón, de Costa Rica, de Centroamérica y del Caribe. Pero nos regresa a esas figuras, ahora como personajes literarios, lo que permite al autor hacer una recreación de cada una de sus historias de vida.

Asistimos a un acercamiento único a sus biografías, a numerosas de las anécdotas y sucesos que hicieron de ellos, precisamente, grandes figuras, es decir, decisiones importantes que tomaron en momentos precisos, la eticidad de su conducta, la dedicación absoluta a una causa o los conflictos propios de un ser humano en situaciones límites.

Miguel Calderón Fernández es profesor de la Universidad Nacional de Costa Rica y trovador por vocación y convicción. Ya conocemos de su autoría la novela La Mansión (2018), que recrea la estancia de Antonio Maceo en Nicoya y los volúmenes de relatos Cuentos de la Bonga (2014) y Cuentos para un final (2019).

Muertos que nunca mueren nos acerca a los héroes y, a su vez, aproxima los héroes al lector. Se acortan las distancias que a veces existen entre los grandes íconos de la historia de nuestros países y los ciudadanos del siglo XXI. Esos grandes artífices de la historia aquí aparecen dialogando. Es que pertenecen a una familia. Ellos también son esposos, padres, hijos, hermanos. Integran un núcleo social que también participa de la guerra estando lejos o cerca y es que la novela brinda numerosas y complejas historias personales y familiares más allá de las batallas.

Predomina en el relato una instancia en tercera persona omnisciente que presenta los diferentes personajes que sucesivamente aparecen en la acción. Estos, a su vez, se convierten en narradores que van contando cada una de sus historias de vida que casi todas son significativas por pequeñas que pudieran ser porque cada individuo que participa en una guerra tiene grandes anécdotas que contar. El general Tigerino, por ejemplo, es el personaje a través del cual se estructura la acción dramática. Va narrando a sus compañeros de lucha todas las hazañas bélicas en las que participó él o las grandes personalidades de la historia centroamericana que conoció.

Sobresale a lo largo de toda la narración Centroamérica asumida como una sola patria, como un solo país, como una misma causa, como un mismo destino. Nicaragua, Honduras, El Salvador, Costa Rica son espacios por donde transitan las anécdotas que se narran en la voz de los personajes. Las fronteras político-administrativas correspondientes a los diferentes países se desdibujan. Los personajes nacen en un país y mueren luchando por la independencia del vecino o sienten la necesidad de alistarse a las tropas que van a libertar al país hermano.

A diferencia de otros textos en que las hazañas bélicas son protagonizadas únicamente por los personajes masculinos, en esta novela la voz femenina sale del anonimato y narra la tragedia de la guerra desde su horizonte. Es que cuando un integrante de la familia marcha a una contienda, toda la familia, de alguna manera, también marcha a la guerra o está en función de este acontecimiento por la constante incertidumbre o angustia por la llegada en cualquier momento de un mensaje, muchas veces fatal.

El narrador expresa que: “las mujeres son las madres de las revoluciones”[2] y es que cuando los hombres van a cumplir estas misiones, ellas asumen todo el radio de acción de la familia, se crecen, se multiplican desde la retaguardia. Y si el esposo muere ―como le ocurre a personajes de la novela― tienen que asumir la responsabilidad total del hogar desempeñándose en cualquier labor que pueda brindar el sustento de sus hijos sin importar si son tradicionalmente destinadas a un sexo u otro, desde ayudar en hospitales de pueblos hasta arriar mulas para llevar mercancías o el correo a zonas de difícil acceso. La mujer centroamericana aparece imponiéndose a una realidad que todavía sobrevive en la región.

En el discurso de la novela diferentes voces narrativas femeninas narran lo espantoso de las guerras. Si son etapas duras y complejas para los hombres, resultan doblemente difíciles para las mujeres que son víctimas de violaciones, maltratos, secuestros, no solo en tiempos de guerra. Sus historias están llenas de matices. Son dramáticos recuentos; pero a su vez, expresan una actitud elevada para superar las adversidades. Constituyen experiencias muy atractivas desde el punto de vista narrativo y humano.

El conflicto de las migraciones es otro de los ejes que se desliza en la acción dramática, pues la guerra es una de las causas de las migraciones forzadas: un fenómeno de actual preocupación en la región y numerosas zonas del planeta. Si un miembro de la familia emigra es una sensación parecida a cuando marcha hacia una guerra: nunca se sabe cuál será el destino que le asecha. Detrás queda una familia entre la incertidumbre y la espera, entre la ausencia y la pérdida. Son espacios en los que se pierde la dinámica familiar, a veces, para siempre. La novela brinda, en este sentido, un amplio prisma de personajes en situaciones límites.

La narración se detiene en numerosas ocasiones en la descripción pormenorizada de diferentes acciones combativas. Enfatiza en el arrojo y la valentía de sus líderes y combatientes; pero no aparece aquí la acción por la acción misma, sino para que reflexionemos de la mano del narrador sobre la guerra y sus nefastas consecuencias para el individuo, la familia, los pueblos, las ciudades, la sociedad.

La lectura de la novela constituye, a su vez, un viaje por la geografía de Costa Rica y la posibilidad de descubrir zonas selváticas profundas con la fauna característica de la región. Es también un recorrido por las costumbres propias de los pueblos originarios del continente hasta referencias más contemporáneas en una síntesis del espacio novelesco que permite narrar acontecimientos ocurridos en el siglo XIX con otros acaecidos en el XX.

Es un prisma de anécdotas de numerosas personalidades notables de la historia centroamericana: esos “Hombres que no deben morir” o lo que es lo mismo: “Muertos que nunca mueren” porque dejan un legado extraordinario de entrega a su pueblo.

[1][1]Miguel Calderón Fernández: Muertos que nunca mueren. Editorial de la Universidad Nacional, Costa Rica, 2018.

[2] Ob. cit., p. 55.

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Los trabajadores en Martí, 1875 – 1890

El movimiento obrero norteamericano tuvo un importante papel en la formación política de Martí. Por un lado, le llevó a tomar conciencia del papel indispensable de los trabajadores asalariados en cualquier proceso de desarrollo político para la transformación social. Por otro, confirmó su convicción sobre el papel decisivo de la educación y a organización de los trabajadores para el cumplimiento de esa tarea. 

“Lo que acontece en la América española no puede verse como un hecho aislado, sino como una enérgica, madura y casi simultánea decisión de entrar de una vez con brío en este magnífico concierto de pueblos triunfantes y trabajadores, en que empieza a parecer menos velado el Cielo y viles los ociosos. Se está en un alba, y como en los umbrales de una vida luminosa. Se esparce tal claridad por sobre la Tierra, que parece que van todos los hombres coronados de astros.”

José Martí, 1883[1]

Suele decirse que José Martí – hijo de una Hispanoamérica atrasada, cuyas élites de fines del siglo XIX veían al moderno sistema mundial como un campo de batalla entre la civilización y la barbarie -, vino a entrar en contacto con las luchas de la clase obrera durante su exilio en Estados Unidos entre 1881 y 1895. Eso no es del todo cierto. Durante su exilio de juventud en España en entre 1871 y 1875, Martí había recibido una formación liberal democrática que, si bien lo llevaba a rechazar el ejemplo de la Comuna de París en 1871, lo interesó también en los problemas de los trabajadores.

Así, en 1875 -cuando pasó al exilio en México – Martí saludó a las primeras organizaciones del movimiento obrero en ese país desde su columna en la Revista Universal, vinculada a la joven intelectualidad liberal democrática mexicana. “Es hermoso fenómeno” dijo entonces “el que se observa ahora en las clases obreras. Por su propia fuerza se levantan de la abyección descuidada al trabajo redentor e inteligente: eran antes instrumentos trabajadores: ahora son hombres que se conocen y se estiman.”

Y agregaba: “Porque se estiman, adelantan. Porque se mueven en una esfera estrecha, quieren ensancharla. Porque empiezan a tener conciencia de sí mismos, están justamente enorgullecidos de adelanto que en cada uno de ellos se verifica.” Así, decía,

nuestros obreros se levantan de masa guiada a clase consciente: saben ahora lo que son, y de ellos mismos les viene la influencia salvadora. Un concepto ha bastado para la transformación: el concepto de la personalidad propia. Se han adivinado hombres: trabajan para serlo. El estímulo los mantiene; los ocupa el trabajo; la honradez los salvará.”[2]

Esto tiene especial importancia para comprender la influencia de las luchas obreras en Estados Unidos de la década de 1880 en la visión del mundo y la práctica política de Martí, a la luz de su llamado a que se injertara “en nuestras repúblicas el mundo, “pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.[3] Martí, en efecto, escribe en todo momento para Cuba desde nuestra América, entendiendo que la suya era “en todas partes época de reenquiciamiento y de remolde.” [4]  El lugar a ser labrado para su América en una época tal es el tema mayor de su obra y, en este caso, Estados Unidos es su asunto.

En esa clave cabe leer su percepción del significado del movimiento obrero ascendente en Estados Unidos, en 1882: “En esta tierra” dijo, “se han de decidir, aunque parezca prematura profecía, las leyes nuevas que han de gobernar al hombre que hace la labor y al que con ella mercadea.  En este colosal teatro llegará a su fin el colosal problema. Aquí, donde los trabajadores son fuertes, lucharán y vencerán los trabajadores.” Y añadía:

Los problemas se retardan, mas no se desvanecen. Negarnos a resolver un problema de cuya resolución nos pueden venir males, no es más que dejar cosecha de males a nuestros hijos. Debemos vivir en nuestros tempos, batallar en ellos, decir lo cierto bravamente, desamar el bienestar impuro, y vivir virilmente, para gozar con fruición y reposo el beneficio de la muerte. En otras tierras se libran peleas de raza y batallas políticas.  En esta se libra la batalla social tremenda.[5]

A la admiración por la lucha de los trabajadores por sus derechos esenciales, se agregó en Martí la admiración por el trabajo mismo en una sociedad moderna, que en aquella época desplegaba capacidades de innovación tecnológica sin precedentes. Pero en Martí, el aprecio de la criatura acompañaba siempre al respeto entusiasta por el trabajo creador:

Ver una máquina – decía – llena de orgullo; orgullo de ser igual en forma a quien la hizo. Se busca instintivamente con los ojos a los trabajadores, para estrecharles la mano. ¡Qué hermosos conquistadores, estos de manos callosas, tez bronceada y espaldas fornidas!  Tienen los contornos, la manera de mirar, y la de reposar, de los antiguos héroes.[6]

Ese escribir para nuestra América acompaña al encuentro de Martí con Karl Marx en el seno del movimiento obrero norteamericano que, en estados como Nueva York, contaba con un gran número de inmigrantes europeos. Así, quien criticara la conducta de los revolucionarios de la Comuna en 1871, podía decir 12 años después que los obreros de Nueva York rendían en Marx, recién fallecido, a quien había estudiado “los modos de asentar el mundo sobre nuevas bases,” y despertado “a los dormidos”, para enseñarles “el modo de echar a tierra los puntales rotos”. Y agregaba enseguida que Marx “anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa.”

Con todo, lo que retrata de cuerpo entero a Martí en su honestidad intelectual y su compromiso social y político, es el cierre de su reflexión: Marx, dice,

no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien.  Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”[7]

Desde esa perspectiva, el movimiento obrero norteamericano tuvo un importante papel en la formación política de Martí. Por un lado, le llevó a tomar conciencia del papel indispensable de los trabajadores asalariados en cualquier proceso de desarrollo político para la transformación social. Por otro, confirmó su convicción sobre el papel decisivo de la educación y a organización de los trabajadores para el cumplimiento de esa tarea.

Al respecto pudo afirmar, en 1883, la importancia decisiva de “la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia,” la cual debía ser atendida por una educación aún “no intentada apenas por los hombres”, que revelara a los trabajadores “los secretos de sus pasiones, los elementos de sus males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia inteligente.[8] Y, en 1885, resaltaba que el poder de las organizaciones de trabajadores radicaba en que “nacen directamente de sus propios problemas.  No es el socialismo europeo que se trasplanta. No es ni siquiera un socialismo americano que nace.”[9]

Vendrían aún otros años de aprendizaje. Los peligros de corrupción del reformismo, y del sectarismo y la violencia del anarquismo para el desarrollo político del movimiento obrero se le harían evidentes a Martí en el ascenso de la lucha de clases entre 1885 y 1886. De esos años le vendría también una comprensión más profunda del alcance de la lucha de los trabajadores y las trabajadoras, a través del ejemplo de dirigentes como Lucy González Parsons, esposa de uno de los mártires de Chicago, y de la sevicia de los explotadores.

Transformada en conocimiento la experiencia así injertada en el tronco de nuestras repúblicas, reforzaría la convicción martiana de que el gobierno de la sociedad “es la misión más alta del ser humano, y sólo debe fiarse a quien ame a los hombres y entienda su naturaleza”[10], pues -diría en 1890 –

Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de medicina, según falte este u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint Simon, Ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan del cuerpo.”[11]

Tal su aprendizaje. Tal, en curso aún, nuestro camino.

Panamá, 1 de mayo de 2020

[1] “Respeto a nuestra América”. La América, Nueva York, agosto de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI: 24.

[2] “Revista Universal”. México, 10 de julio de 1875. Ibid, VI: 265.

[3] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Ibid., VI, 18.

[4] 1975, IX, 325 “Carta de los Estados Unidos”. La Nación, 13 de septiembre de 1882.

[5] 1975, IX, 277-278: “Carta de Nueva York”. La Opinión Nacional, Caracas, 31 de marzo de 1882.

[6] 1975, VIII, 352: “La Exposición de Material de Ferrocarriles de Chicago”. La América, Nueva York, septiembre de 1883.

[7] 1975, IX, 388: “Carta de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de 1883.

[8] 1975, V, 101 – 102: “Prólogo” a Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares. La América, Nueva York, octubre de 1883.

[9] “El problema industrial en los Estados Unidos”. La Nación, Buenos Aires, 23 de octubre de 1885. Ibid. X: 308.

[10] “Grandes motines de obreros”. La Nación, Buenos Aires, 26 de junio de 1886. X: 448-449.

[11] 1975, XII, 378. “Desde el Hudson”. La Nación, Buenos Aires, 23 de enero de 1890.

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La pasión martiana de los Carbonell (Segunda parte)

La devoción de Néstor Leonello Carbonell por el Apóstol José Martí se ha extendido a sus descendientes por tres generaciones. De manera sucinta, en esta última parte del artículo se expondrán –según el orden cronológico de sus nacimientos− elementos demostrativos del apego de siete de estos hombres y mujeres al rescate, publicación y promoción de la obra martiana y la huella trascendente, aunque poco conocida y valorada en la actualidad, que legaron a la historia cultural cubana.

  1. Eligio Carbonell y Malta (Sancti Spiritus, 9 de septiembre de 1867–La Habana, 5 de agosto de 1899)

El primogénito de Néstor Leonello se destacó como miembro activo del club Ignacio Agramonte donde fungía como Secretario. Fue el autor de la propuesta de invitar a Martí a Tampa en noviembre de 1891, frente a la de otros miembros de la institución que proponían a Manuel Sanguily.

Eligio no solo atendió a Martí en Tampa durante su primera estancia, sino que al partir hacia su primera visita a Cayo Hueso (25 de diciembre de 1891−6 de enero de 1892) encabezó la pequeña guardia tampeña que lo acompañaría. Allí, mientras el Maestro yacía ingresado con  broncolaringitis aguda, él y sus hombres permanecieron protegiéndolo.

Durante ese viaje al Cayo tuvo el honor de participar, en representación del Club Ignacio Agramonte, en la famosa Reunión del Hotel Duval (4 de enero de 1892), donde  fueron presentadas por Martí las Bases y los Estatutos Secretos del PRC a los representantes de las principales agrupaciones de revolucionarios cubanos en La Florida, quienes las analizaron y aprobaron.

Al retornar a New York, enfermo del pulmón y herido en el alma por la conocida carta ofensiva e injusta de Enrique Collazo y otros, Martí escribe al joven para agradecerle su defensa inmediata y todas las atenciones que le dispensara:

Mi muy querido Eligio:

 

Si no fuera este New York tan inhumano y triste, aquí lo quisiera tener a la cabecera de mi enfermedad, que continúa, para poner en un largo apretón de manos el cariño agradecido con que leí su carta. Quiérame, que esta tierra rinde, y no es perdida en ella la semilla. Pocas criaturas conozco de un corazón tan límpido como el de Vd., y no quisiera yo mejor fortuna que la de tener siempre  su juicio y su afecto a mi lado.[1]

 

Durante la misión en Cayo Hueso, Eligio logró crear el Club Ignacio Agramonte No 2 con emigrados de aquella localidad, primero de varios con ese nombre que fundaría posteriormente. El tercero lo constituyó con patriotas de Jacksonville, adonde viajó, en unión de su joven amigo José Gómez Santoyo, Tesorero del Club Ignacio Agramonte, a mediados de 1892. El cuarto lo constituyó en Filadelfia, pero aún no se han determinado los detalles de los hechos.

En prueba de su afecto imperecedero, El Maestro le obsequió una foto suya con la siguiente dedicatoria:

A Eligio Carbonell-

que pasa por el mundo con alma de hermano, y tiene uno en un hombre que solo ama la virtud, su

José Martí.

Tampa, 7 julio, 1892[2]

 

De Eligio a Martí se conoce una misiva enviada desde Jacksonville, el 4 de julio de 1892,[3] pero por las respuestas del Delegado se aprecia que hubo otras de Eligio desde enero de ese año.

Por desgracia, este joven talentoso, valiente y capaz, al que Martí quisiera tanto, fallecería en La Habana el 5 de agosto de 1899, pocos meses después de regresar a su tierra natal, víctima de la fiebre amarilla.

  1. Natividad Carbonell y Malta (Talita) (Sancti Spiritus, 1870-La Habana, 13 de marzo de 1960)

Talita era hija del primer matrimonio de Néstor Leonelo, al igual que Eligio. Junto a su esposo, el veterano pinareño Ceferino Antonio Cañizares y Velasco, y otros emigrados, levantaron en las proximidades de Ocala el barrio que denominaron Martí City. Talita fue fundadora y Vice–presidenta del club femenino Hijas de la Patria[4] de esa localidad, donde su esposo Ceferino lideraba la emigración como presidente-fundador de la más importante de sus instituciones patrióticas cubanas: el Club Político Cubano de Ocala.

Martí la tenía en alta estima desde que la conoció en 1891. Prueba de ello son los cariñosos saludos que siempre le enviaba en cartas a su esposo, como estos: “A esa luz de su casa dígamele que no olvido el cariño de sus  ojos, ni su café hospitalario” y “[…] un beso en la mano a su ejemplar Natividad”. [5]

  • José Manuel Carbonell y Rivero (Alquízar el 3 de julio de 1880-La Habana, 20 de marzo de 1968)

Abogado, poeta, historiador, orador y diplomático, presidente-fundador de la Academia Nacional de Artes y Letras (1910) y miembro de varias corporaciones académicas. Siendo niño fue llevado a Estados Unidos, por sus padres; Néstor Leonelo Carbonell y Eloísa Rivero y Brito. Tampa fue el lugar donde fue educado, se inició como periodista y escritor, mostró su espíritu revolucionario y se volvió discípulo fiel de José Martí.

Cuando estalló la Guerra de Independencia, con apenas quince años, se unió a una de las expediciones que partieron de los Estados Unidos, combatió en el campo insurrecto y alcanzó el grado de teniente del Ejército Libertador. Más tarde regresó a Tampa y se consagró a la propaganda revolucionaria para lo que fundó y editó la revista El expedicionario, y contribuyó en otros periódicos.

Al final de la guerra regresó a Cuba, estudió bachillerato en el Instituto de Pinar del Río y obtuvo un doctorado en Leyes Civiles en la universidad. Pronto empezó a destacarse como poeta y orador público. Cuando se constituyó la república, José Manuel y su íntimo amigo José María Collantes organizaron la primera gran celebración en honor de Martí, que fue presidida por Estrada Palma. El discurso de Carbonell fue el punto culminante de la ocasión.

Desde joven compuso poesías, recitó y publicó poemas de amplia aprobación popular. Con su firma, o mediante seudónimos, colaboró en El Fígaro,  Heraldo de Cuba, La Nación, La Lucha, La Discusión, Azul y Rojo y publicó tres libros de ensayos literarios. Junto con su hermano Néstor y Félix Callejas fundaron la revista Letras. En el campo de la educación ocupó puestos relevantes a nivel nacional y en la provincia de La Habana.

Tuvo una activa vida pública, siempre involucrado en proyectos culturales tales como como el del Ateneo de La Habana y las academias: Nacional de Artes y Letras −donde dirigió sus Anales−, Cubana de la Lengua, Historia de Cuba y varias del entorno latinoamericano. Cultivó exitosamente la oratoria académica.

Como diplomático representó a Cuba en la Cuarta Conferencia Panamericana (Buenos Aires, 1910), la coronación del rey Jorge V (London, 1911) y fue embajador en México. En 1922 pronunció su famoso discurso “Frente a la América Imperialista, la América de Bolívar”. Su aporte científico principal fueron los 18 tomos de la monumental enciclopedia Evolución de la cultura cubana (1608-1927) (La Habana, 1928), antología de escritos en prosa y verso.

Entre su bibliografía sobre Martí sobresalen: “Gonzalo de Quesada” (1916)  y el “Discurso pronunciado el 24 de febrero de 1953 para conmemorar el Centenario Natal de José Martí”. Según Juan José Remos, sirvió de “hermano mayor” y guía a la primera generación republicana.

  1. Néstor Carbonell y Rivero (Alquízar, 1883- La Habana, 1966)

Escritor, historiador, abogado y diplomático. En 1888 emigra hacia los Estados Unidos donde cursa la primera enseñanza con su padre. En Tampa conoce a Martí y se vuelve su eterno admirador. Regresa a Cuba en 1899, aprueba el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río e ingresa en la Universidad de la Habana donde obtiene el título de Doctor en Derecho Público.

Fue embajador de Cuba en Argentina y Perú, ministro en Argentina, Chile y Colombia, y director de la Oficina Panamericana de la Secretaria de Estado. Perteneció a las academias de: Artes y Letras, Cubana de la Lengua, Historia de Cuba y varias instituciones científicas latinoamericanas del más alto nivel. Cultivó la oratoria académica y colaboró en diferentes publicaciones de la época como El Mundo y La Unión Española.

Como escritor publicó artículos de crítica literaria y obras de carácter historiográfico en colaboración con su amigo Emeterio Santovenia. Fundó las revistas Letras y Don Pepe −esta última infantil− y las ediciones Biblioteca Cubana. Sus discursos y conferencias aparecieron en publicaciones de la época.

Fue de los primeros en difundir el ideario de José Martí, labor que continuó durante cuatro décadas. Al partir Gonzalo de Quesada al exterior por sus obligaciones diplomáticas, Néstor quedó como el principal promotor en la Isla de los textos martianos, su vida y obra.

La bibliografía martiana que produjo es amplia y significativa e incluyó los libros:

  • Martí: su vida y su obra. I (1911).
  • Martí; su vida y su obra. El poeta. II (1913).
  • Próceres. Ensayos biográficos (1919).
  • Martí: su vida y su obra (1923).
  • José Martí: apóstol, héroe y mártir (1933).
  • Un capítulo de la autobiografía de Martí (1946).
  • Martí: sus últimos días (1950).
  • Martí: carne y espíritu. T. 1 y 2 (1952), y
  • Tampa: cuna del Partido Revolucionario Cubano (1957).

A estos se suman otros dedicados a próceres directamente relacionados con la obra martiana tales como: Elogio del Coronel Fernando Figueredo Socarrás (1935)  y Elogio del Sr. Gerardo Castellanos García (1957).

  1. Miguel Ángel Carbonell y Rivero (Tampa, 11 de mayo de 1894-La Habana, 10 de julio de 1967)

Ensayista, historiador, orador, periodista y diplomático. Escribió para Heraldo de Cuba, El Universal, Letras y La Libertad y La Nación. Representó a Cuba en República Dominicana, Haití, Guatemala y México y viajó por casi todo el mundo. Perteneció a numerosas asociaciones y sociedades científicas cubanas y extranjeras, participó en numerosos congresos internacionales y fue huésped de honor de gobiernos y universidades, de las que recibió varias condecoraciones.

Publicó los libros: Evocando al Maestro (1919), El peligro del Águila (1922) –de carácter antimperialista−, Los Parias, La Ruta del Fundador, Sembradores y propulsadores, Hombres de Nuestra América, Las generaciones literarias, Billiken, La literatura como factor de acercamiento entre los pueblos hispanoamericanos; así como los compendios de discursos Palabras de apoteosis y En el pórtico; el discurso: “El Americanismo de Bolívar” y el ensayo, “La farsa proteccionista”, sobre la política internacional en el hemisferio. Elaboró las monografías históricas: El Ideal Político de los Libertadores –con la que colaboró en Historia de la Nación Cubana− y Cuba en sus luchas por la Independencia. Hizo estudios de crítica literaria sobre Dulce María Loynaz, José de la Luz león y Orestes Ferrara y biográficos sobre Antonio Maceo, Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez y Carlos Manuel de Céspedes.

En su bibliografía sobre el Maestro se cuentan: Evocando al maestro (1919), La ruta del fundador (1920) y Presencia de Martí en la guerra, discurso leído por en la sesión solemne de la Academia de la Historia de Cuba celebrada el día 27 de enero de 1958, en vísperas del centenario martiano.

  1. María Gómez Carbonell (La Habana, 29 de junio de 1903Miami, 24 de mayo de 1988).

Escritora, pedagoga, política y feminista. Hija de Candelaria Carbonell Rivero (Talita) y José Gómez Santoyo, desde muy joven se dedicó a cultivar la escritura. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana en 1924, una de las primeras mujeres en lograrlo en dicha carrera. De su vida universitaria fueron célebres sus conferencias sobre “El Mío Cid”, “William Shakespeare”, “Simón Bolívar, cumbre de América” y “La Lírica de Martí”. Obtuvo el Premio Extraordinario de la Fundación Piedad Zenea con su obra “Juan Clemente Zenea”. Escribió versos,  cuentos y una novela.

En 1925 fundó el colegio de primera y segunda enseñanza “Néstor Leonello Carbonell”, donde impartió Literatura, Gramática e Historia. En el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana ejerció cátedras interinas de Lógica y Cívica. Fundó la Alianza Nacional Feminista de la que fue presidenta y en la que desempeñó una amplia actividad. Impartió numerosas conferencias y discursos sobre los derechos de la mujer.

En marzo de 1934 formó parte del Consejo de Estado, siendo la primera mujer que ocupó un alto cargo de gobierno en Cuba. En la Secretaría de Educación fue Jefa de las Escuelas Regionales y de Comercio. Electa Representante a la Cámara (1936) y Senadora (1940 y 1954), pronunció más de 160 discursos durante su etapa de congresista. Ministra sin cartera en el gobierno del dictador Fulgencio Batista (1958), abandonó el país en 1959, inmediatamente después del triunfo de la Revolución. En Miami continuó desarrollando una intensa labor pedagógica y cultural hasta una edad avanzada.

  • Oscar Ferrer Carbonell (La Habana, 1945)

Periodista, escritor e historiador. Como digno nieto de Miguel Ángel, bisnieto de Néstor Leonello y sobrino de José Manuel y Néstor, ha continuado la obra cultural de la familia en los tiempos actuales. Sus libros: Néstor Leonello Carbonell, como el grito del águila (2005) –Premio Biografía y Memorias, 2004− y La Academia (2014), dedicado a la historia de la Academia Nacional de Artes y Letras, tan ligada a sus ilustres antecesores, constituyen aportes trascendentes a la historiografía cultural cubana.

Sus textos parten de acuciosas investigaciones y el empleo de la vasta papelería familiar, así como a la difusión de imágenes y documentos que permiten comprender mejor las circunstancias en que se desarrollaron los acontecimientos que narra. En estas obras la presencia martiana es permanente y se reafirma que la pasión de los Carbonell por el gran cubano continúa viva a más de un siglo de iniciada.

[1] Nueva York, enero de 1892, OC. T1, pág. 287.

[2] Foto original de José Martí  con dedicatoria de José Martí a Eligio Carbonell.  Tampa, 07-07-1892. Quesada, Gonzalo de: Iconografía Martiana, Editorial Letras Cubanas, 1985, p. 46.

[3] Destinatario José Martí, Casa Editorial Abril, 2005, p. 229.

[4] “Las cubanas de Ocala”. Patria, 14-1-1893. T2, 202.

[5] Respectivamente en: “Cartas a Ceferino Cañizares”, Nueva York, agosto de 1892 y Nueva York, febrero de 1893. Epistolario, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, T3, pp. 180 y 246.

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La pasión martiana de los Carbonell (Primera parte)

José Martí solía despertar una profunda empatía en casi todos los que lo conocían, muchas veces rayana en devoción. A su conocida labor apostólica, se unían su estampa de héroe romántico y la palabra arrebatadora. El verbo martiano, apasionado y poético, llegaría a cautivar no solo al entusiasta público cubano, sino también a otros latinoamericanos, estadounidenses, italianos, judíos, y aún españoles, que tuvieron el placer de escucharlo tanto en público como en coloquios privados.[1]

No obstante, a nivel de toda una familia, la devoción por Martí pocas veces alcanzó ribetes tan altos como la que le tributaron los miembros de la estirpe de los Carbonell. Esta no solo incluyó a sus contemporáneos −quienes se consagraron entre los primeros a la preservación y difusión de la vida y obra del líder− sino también a los descendientes. Desde que lo conocieron en Tampa se le entregaron en cuerpo y alma, pero sus desvelos martianos continuaron tras su regreso a Cuba, tanto en la Ocupación Militar como en la República, y aún continúan en el siglo XXI. Valga esta dupla de artículos seriados como sincero homenaje a este linaje de seculares admiradores de Martí.

La primera parte abordará la génesis de estas relaciones, al centrarse en los contactos entre Martí y el patriarca de esta familia: el prócer Néstor Leonelo Carbonell y Figueroa (Sancti Spiritus, 1846-La Habana, 1923), uno de los iniciadores de la Guerra Grande en Las Villas y figura distinguida de la revolución en La Florida. [2]

A nombre del club Ignacio Agramonte −institución que fundara en Ibor City, el 10 de mayo de 1891−, Néstor L. asumió la trascendental iniciativa de invitar a Martí para visitar Tampa, en noviembre de 1891, y hablar a los patriotas de esa localidad floridana. Desde entonces fue un ferviente admirador, amigo y colaborador del Apóstol.

Sobre los pormenores de aquella primera visita se ha escrito mucho y bien, a partir de los textos escritos por José Martí y Néstor Leonello.[3] Al llegar Martí a la ciudad, a la 1.00 am del 26 de noviembre de 1891, bajo lluvia espesa y constante, era el espirituano quien encabezaba la multitudinaria bienvenida en el andén de la terminal.

Al día siguiente, Martí recorre la Tampa cubana con Néstor Leonelo y otros líderes locales, almuerza con la familia Carbonell y conoce a Eloísa y la numerosa prole. En esta ya destacaban los jóvenes Eligio y Natividad (Talita), del primer matrimonio de Néstor L., quienes se convertirían en cercanos colaboradores del Maestro en la labor del PRC en La Florida y aún más allá.

Ese día, se efectúa una reunión del club Ignacio Agramonte donde se decide el regalo a Martí de una pluma y un tintero que le entregaría la niña Candita Carbonell. Asimismo se aprueba la proposición de Eligio de nombrar al invitado como presidente del club, sin que otro pudiera ocupar el cargo salvo por razones muy atendibles.

En la noche se realiza un gran acto en el Liceo Cubano donde hablan Néstor Leonelo y Ramón Rivero, se presentan números de canto, música y poesía y Martí pronuncia su extraordinario discurso “Con todos y para el bien de todos”. Al siguiente día, se reúne con los plenos del club Ignacio Agramonte y la Liga Patriótica Cubana y esa noche, en la velada de recordación de los sucesos del 27 de noviembre, pronuncia su no menos famoso discurso “Los pinos nuevos”. Posteriormente, el acucioso Néstor Leonelo recogió ambos alegatos en un folleto titulado Por Cuba y para Cuba. Dos Discursos. Con todos, para el bien de todos y Los pinos nuevos, que se imprimió en Tampa y se hizo llegar al resto de las emigraciones y a la Isla.

El 28 de noviembre, se efectuó un gran banquete de despedida a Martí en el Liceo Cubano donde la emigración tampeña aprobó las Resoluciones, redactadas por Martí y un grupo de patriotas locales. En esa ocasión, la niña Candita Carbonell le entrega una pluma y un tintero como recuerdo de la comunidad, y el Apóstol pronuncia un discurso conmovedor. Cuatro mil compatriotas, encabezados por Néstor Leonelo y los miembros del club Ignacio Agramonte, desfilaron con banderas, antorchas y banda de música y le dieron una despedida multitudinaria en el paradero de Tampa.

A partir de entonces, Néstor Leonello rompería muchas lanzas en defensa de Martí ante sus enemigos, de dentro y de fuera, que lo acosaban en su brega patriótica.[4] Por todo ello, cuando Martí pronuncia su célebre “Oración de Tampa y Cayo Hueso” las referencias al primero de los Carbonell son varias y sentidas:

¿Y aquel convite de Tampa primero, que fue de veras como el grito del águila? (…) La madrugada iba ya a ser ¡bien lo recuerdo! cuando el tren que llevaba a un hombre invencible, porque no lo ha abandonado jamás la fe en la virtud de su país, arribó, bajo lluvia tenaz, a la estación donde le dio la mano, como si le diera el alma, un amigo nuevo y ya inolvidable  que descansó junto al arroyo al lado de Gutiérrez, que oyó a Joaquín Palma en las veladas de la selva, que montó a caballo al lado de Castillo.[5]

El 1 de marzo de 1892, la Junta del Club Ignacio Agramonte, bajo la dirección de Néstor Leonello, aprobó a José Martí y Benjamín Guerra como candidatos a Delegado y Tesorero del PRC respectivamente. Asimismo, enterados de la próxima salida del periódico de Martí, Patria, acordaron proponerlo como órgano oficial del Partido Revolucionario Cubano.

Al efectuarse la primera elección general del PRC, el 8 de abril de 1892, participaron los 24 clubes patrióticos que ya habían aprobado los documentos constitutivos del PRC. En Tampa votaron los clubes Liga Patriótica Cubana e Ignacio Agramonte y no fue de extrañar que, en las elecciones para conformar el Cuerpo de Consejo del PRC, fuera electo como primer presidente, por su prestigio revolucionario, el viejo e incansable luchador Néstor Leonelo Carbonell.

Cuando se acercaba la hora de reiniciar el combate, el veterano se preparó para volver a la guerra, pero Martí lo desautorizó y le orientó que debía permanecer en Tampa cumpliendo tareas del Partido.  Tras la muerte del Apóstol, el recuerdo del jefe y amigo continuó vivo en su memoria y se empeñó por conservarlo. Así, en las inciertas circunstancias de inminente intervención de los EEUU en Cuba y creciente aburguesamiento de la dirección revolucionaria, formó parte del grupo de  emigrados radicales de La Florida que trataron de crear mecanismos para sostener el plan martiano de república, por el cual tantos habían caído y realizado los mayores sacrificios.

En ese orden,  el 10 de julio  de 1897, intenta constituir una Sociedad de estudios políticos, históricos y económicos con el fin de ir preparando al pueblo cubano para hacer realidad los principios de libertad, igualdad y fraternidad. No existe evidencia de que la institución hubiera llegado a funcionar. El 31 de diciembre de 1898, sin recursos y llenos de dudas ante la paradójica situación, pero dispuestos a entregarse a la creación de la patria independiente, Néstor Leonelo Carbonell regresó a Cuba con sus hijos Eligio y Néstor.

Durante la Primera Ocupación (1899-1902) apenas obtuvo trabajo como conserje del Instituto de La Habana, impartió algunas clases y escribió artículos para el periódico La lucha. En el primer gobierno republicano (1902-1906) fue miembro de la Junta Organizadora de la Biblioteca y Museos Nacionales de la Isla de Cuba y ocupó varios puestos, entre ellos el de Segundo Jefe del Archivo Nacional. Al final de ese período se ganó el odio del presidente Estrada Palma por oponerse abiertamente a sus planes reeleccionistas, lo que le valió la cesantía de su cargo.

Néstor Leonelo también condenó con firmeza la Segunda Intervención; sin embargo, en el gobierno del primer general-presidente, José Miguel Gómez (1909-1913), este lo elevó al rango de Jefe de Sección en la Secretaría de Gobernación y más tarde le confió la Jefatura del Archivo de la Presidencia de la República. En el de Alfredo Zayas (1913-1917), fue encarnizado oponente de la corrupción desatada por el deshonesto mandatario y cuando, en 1917, el presidente Mario García Menocal dio la brava electoral para elegirse, estuvo entre los que se opusieron. No obstante, a diferencia de Tomás Estrada Palma, Menocal lo respetó en su cargo.

En esos años iniciales de la república, Néstor Leonelo se entregó a la misión de divulgar la obra martiana. Junto con sus hijos, José Manuel y Néstor, fue uno de los primeros panegiristas del Apóstol en momentos en que aun era más conocido entre los exiliados retornados que entre los residentes en la isla.

Al retirarse en 1920, y en reconocimiento a sus innumerables servicios a Cuba, el congreso le aprobó a Néstor Leonelo una pensión vitalicia que sólo pudo disfrutar unos tres años, luego de trabajar hasta bien avanzada edad. Su fallecimiento, el 8 de noviembre de 1923, fue noticia nacional. “Todos en Cuba somos hoy dolientes”, aseguró entonces Enrique José Varona. Néstor Leonelo, a quien por su fabulosa memoria sus amigos apodaron La imprenta ambulante, murió tan modestamente como había vivido, y solo en esa hora final recibió el homenaje unánime de sus contemporáneos.

Su obra de rescate, promoción y revalorización del mensaje martiano halló continuidad en sus hijos y nietos. A ella dedicaremos el segundo texto de esta serie.

[1] Diego Vicente Tejera diría categóricamente: “El que no oyó a Martí en la intimidad no se da cuenta de todo el poder de fascinación que cabe en la palabra humana.”. Yo conocí a Martí  selección y prólogo Carmen Suárez León). Edit. CEM, 2012, p. 154.

[2] Néstor Leonelo Carbonell y Figueroa (Sancti Spiritus, 1846-La Habana, 1923). Jefe del alzamiento de El Jíbaro, el 6 de febrero de 1869; comandante del Ejército Libertador, poeta, periodista, librero, archivero, escribió varios libros de historia y poesías, miembro fundador de la Academia de Historia. Ver. Oscar Ferrer Carbonell: Néstor Leonelo Carbonell. Como el grito del águila. Premio Biografía y memorias 2004. Edit. de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.

[3] José Martí: “Oración de Tampa y Cayo Hueso”, New York. 17-2-1892. OC, T4, 293-306; Néstor Leonelo Carbonell Figueroa: “Martí en Tampa”, “Para la historia” y “La patria está para nosotros por encima de todo”, en Resonancias del pasado. Ed. Cit., y “La despedida”, en El Porvenir, 30-11-1891, en, Enrique Trujillo: Apuntes históricos. Propaganda y movimientos revolucionarios cubanos en los Estados Unidos desde enero de 1880 a febrero de 1895. Tipología El Porvenir, New York, 1896, pp. 74-75.

[4] La primera de estas lides fue precisamente con su amigo Enrique Trujillo quien, en diciembre de 1891, hace impugnaciones en El Porvenir a las “Resoluciones de Tampa”. Otra fue cuando su mediación el conflicto del Apóstol con Roa y Collazo a la que seguirían muchas más.

[5] “Oración de Tampa y Cayo Hueso”. New York. 17-2-1892. T4, 295.El énfasis es mío

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Martí y el socialismo

Cuando un observador ajeno se asoma a una discusión política entre cubanos queda atónito al constatar que, si bien los revolucionarios tienen a José Martí como inspirador principal, sus adversarios también lo exaltan como paradigma. Tal parece que para ambos bandos Martí es una fuente de derecho espiritual de primer orden, un cáliz divino en torno al cual se dirimen los más feroces combates ideológicos.
En este sentido, la re-interpretación constante del ideario martiano forma parte de la guerra de pensamiento que hoy afecta a toda la humanidad y a los cubanos en particular. Cuestión de fondo en este debate es si existe o no compatibilidad entre los postulados de José Martí y Karl Marx.
Los revolucionarios pensamos que existen posibilidades reales de coincidencia y similitud en varios aspectos que nos permiten ser martianos y marxistas al unísono. En cambio, otros criterios insisten en su absoluta oposición, lo cual pondría en evidencia la incongruencia de los fundamentos ideológicos de la Revolución Cubana y su orfandad teórica.
En la Isla, la primera de estas vertientes ha contado con numerosos exponentes. Aunque, a veces, los argumentos esgrimidos han sido metodológicamente incorrectos al defenderse una identidad absoluta entre ambos sistemas de ideas −y hasta un supuesto ascenso dialéctico de Martí hacia posiciones cercanas al materialismo dialéctico e histórico−. Verdaderamente, ni José Martí ni Karl Marx necesitan uno del otro para brillar con luz propia en la historia del pensamiento.
Afanarse en buscar frases aisladas fuera de contexto que expresen ideas similares entre ambos solo conduce a un acercamiento artificial y/o a una burda manipulación extra-científica. Intentar dilucidar el contenido de esta relación ha de hacerse desde la lógica interna de ambos sistemas de pensamiento, con toda honestidad y respeto por el ideario de cada uno y las verdaderas circunstancias en que fue expresado.
Exageran los que creen que Martí conoció a profundidad el ideario marxista. La perspectiva martiana sobre Karl Marx lo ubicaba como uno más entre los pensadores socialistas De hecho, no lo privilegió sobre otras concepciones sociales pro-obreras, como los anarquismos de Mijail Bakunin y Pierre-Joseph Proudhon, o el reformismo de Henry George. Incluso, por el número de veces que hace referencia a esas figuras en sus Obras Completas, no es Marx el más mencionado, sino el agrarista norteamericano Henry George, al cual dedicó varias de sus Escenas Norteamericanas.
No obstante, la conocida simpatía martiana hacia los trabajadores y sus luchas hizo posible que adoptara durante su vida actitudes pro-socialistas que se iniciaron en México y continuaron luego en los EE.UU. Tales acercamientos pueden encontrarse tanto en sus análisis de la sociedad norteamericana, como en sus declaraciones ante las comunidades de obreros cubanos de La Florida, donde los ideales anarquistas alcanzaron fuerte arraigo.
Asimismo, esa amistad sincera por los obreros condicionó sus conocidas prevenciones hacia el socialismo. Entre ellas sobresalen las que expresara a su amigo Fermín: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.
Lo cierto es que en el núcleo del pensamiento martiano hay un evidente componente filosocialista. Este se manifestó en el compromiso reiterado a los obreros emigrados de que no trabajaban para traidores y que sus sempiternos intereses y aspiraciones de justicia social y democracia política serían reconocidos y puestos en práctica en la república futura pues:
El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos, ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo solo diese por resultado la mudanza de sitio de una autoridad injusta. Se habrá de defender en la patria redimida la política popular […] y ha de levantarse […] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos.

En estos tiempos en que la presencia de José Martí se acrecienta entre los cubanos a tenor con el contenido de la nueva constitución y los aires de reforma y renovación que se respiran por doquier, vale la pena acercarse nuevamente a sus ideas sobre el socialismo. Una razón demás para sentirlo, no como un héroe de épocas pasadas, sino como nuestro contemporáneo y compañero.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

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A Fina García Marruz en su cumpleaños

Fina hace de sus poemas verdaderos movimientos del alma.
Cintio Vitier

Esta mujer que acaba de cumplir sus noventa y siete, nacida en Cuba el 28 de abril de 1923, es una de la poetas mayores de la literatura en lengua castellana. Formó parte del Grupo Orígenes nucleado en torno a la Revista Orígenes y a José Lezama Lima. Su poesía que participa de lo que Roberto Fernández Retamar Trascendentalismo, ostenta también un estilo muy personal –como cada una de las poéticas de los origenistas. Ella escribe: “La poesía para mí, la viviente y la escrita, eran una sola, estaba allí donde se reunían los tres tiempos de la presencia, la nostalgia y el deseo.” Así, nos encontramos con una poesía entrañable, atada siempre a lo cotidiano, que parte de la evocación profundamente íntima de la madre, el vecino, un búcaro, un árbol o una calle y alcanza los más densos pensamientos y los recodos más intensos de la sensibilidad, descubriendo la trascendencia interminable del más familiar de los gestos, del más humilde de los tópicos.
Esas múltiples, infinitas resonancias de lo exterior vivido o soñado se despliegan en una poesía que habla coloquialmente pero con un enorme peso caritativo, de un intenso modo que hace reconocible su verso apenas comenzamos la lectura. Poseedora de una profunda cultura, tiene además una sólida producción ensayística y de investigación literaria. Reconocida estudiosa de José Martí junto a su esposo Cintio Vitier, cuya presencia en sus versos es constante.
Es profesora emérita de la Universidad de La Habana y ha recibido innumerables reconocimientos entre los que se encuentran la «Orden Alejo Carpentier» (1988), El Premio Nacional de Literatura (1990), la «Orden Félix Varela» (1995), el «Premio de Poesía Pablo Neruda» (2007) y el «Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana» (2011) y la Orden «José Martí» (2013).
Si los versos de José Martí son y se sienten como guerreros alados que van a envainar en el sol su espada de fuego, los de Fina siempre se me representan como aves que, en una escena silente, vemos atravesar el cielo con la gracia mística del vuelo que bate el aire, o mejor, que planean con su intensa complicidad, en un viaje hacia lo alto, con una serenidad que a veces condensa el sentimiento y los empapa, y los dejan al borde del grito, sin gritar jamás.
Es rara mezcla esta de espiritualidad y materialidad, los objetos navegan llenos de alma, fluyen con un temblor humano que ella sabe apresar en su lenguaje, como si construyera crónicas periodísticas de reciente actualidad pero pasadas por el interior del ser, densas de vivencia, acabada de experimentar o evocada con una actualización que nos estremece.
Elegir poemas es siempre una función aterradora, que te llena de angustia y de responsabilidades, y con esta poesía es casi criminal, porque es como si arrancaras un pedazo a un todo que es como un universo armónico, un ser vivo que necesita de todas sus partes, las más vistosas y perfectas o las más humildes. Pero después me consolé pensando en el análogo de que Martí siempre habla, ya que, al fin, cada parte refleja a todo el universo. Y además, es solo “mi antología”, nadie puede pedir “la antología” de una poeta mayor. Solo testimonio, en el umbral, sus rumores que me habitan.
La cubanía. Es la ola inicial que bate en mi cuerpo la poesía de Fina, la de esas esencias inapresables, siempre en marcha y no definibles. Es en el sentir, en la gravitación de ciertos objetos, en el conjunto de un sentimiento y un paisaje, en la conjugación de un recuerdo y el presente que hace un proyecto, de esas tangencias sutiles brota la certeza de lo cubano, esa convivencia de seres humanos que somos, nutridos de la isla, aquí o allá:

Ay Cuba, Cuba, esa musiquita ahora, de las entrañas, que conozco como un secreto que fuera mío….
“ Ay Cuba, Cuba”

Con brillo de machetes los palmares
batían su oro seco y polvoriento,
“Palmares”

Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre,
su suavidad de hierro indoblegable,
su desmoche a las plantaciones de lo secular,
su vivir, como el pájaro, en el instante.
“Su ligereza de colibrí…”

Es una poesía que va como tejiendo una red de impresiones, sucesos, objetos que apresan los instantes de la isla, su olor, su sabor, su luz, sus colores, su aire, sus interiores, su intemperie. La lengua recoge los más caros vocablos que aprendemos en la infancia y nos pasamos la vida nombrándolos sin darnos cuenta que son carne nuestra hasta que el verso los dice.
Martí. Viene de lo más recio, de lo más hondo. Y asoma por la dedicatoria, por una cita, por la evocación de la vida o de la obra, y es también una de las cuerdas sentidoras por donde el poema se expresa, una conversación entre amigos entrañables, que sopla en el fondo del verso, un reconocerse de las dos partes en el texto, en el paratexto y fuera de la escritura y hasta de todo otro texto, un reconocimiento en un guión invisible, al mismo tiempo mortal y vital. Conversión, comunión, que no ostenta la poesía de ningún otro cubano con la de José Martí.
Esa manera que ella tiene de echarse a la intemperie, sin ahorrarse nada, es hermana del modo con que Martí batallaba con el verso y con la vida. Muchos poemas van encabezados con citas de Martí o referencias a él, a manera de marcas paratextuales (Martí, Kingston, Jamaica) en su poema “El retrato” dedicado a Martí; Los tristes, ay los mágicos palmares, en que mi patria es bella todavía» en “Palmares”, y aún otras, funcionan como identificadores de esa presencia, claves, cifras que se han hecho escritura por necesidad de testimoniar con abundancia lo que habla al corazón. Tópicos martianos sobre poética, o visiones íntimas de la patria, o conjuros de esa sencillez alucinada y sabia significación.
Amar, trascender, liberar. Todos estos verbos apuntan a una religiosidad natural irradiada desde el fundamento del ser, que aspira a hacer de la poesía un camino de perfeccionamiento individual, solo a partir del cual puede salirse al mundo para emanciparlo. La liberación de los otros es primero autoliberación, preparación para el sacrificio. Como Martí, Fina cree que se debe “probar el amor”, energía última y legítima de toda revolución. Desde su catolicismo de profunda vocación social, Fina hace de la poesía un instrumento del conocer y el amar:
El mayor que sirve al más pequeño
sirve al que no lo puede acompañar.
Con las manos vacías no irá al Padre
“Hombre con niño pequeño”

El pueblo se llama Juan.
Siembra, muele maíz, aserra el tronco.
No alcanza estatua cuando muere, oscuro.
Pone el pecho a la bala en la guerrilla.
El pueblo se llama Juan, como el que dijo
«Ama, y haz lo que quieras». El lo hace todo, y ama.

“El pueblo se llama Juan”

Poesía, en fin, brotada de “esa urgencia del alma” que le reclamaba Gabriela Mistral, colocada más allá de la construcción, que supone y sobrepasa, para ir del artificio al rito, del ejercicio inevitable a la milagrosa creación.

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Con Fina en su nuevo cumpleaños

A finales de abril, el pasado martes 28, Fina Garcìa Marruz cumplió 97años de edad. Para el .Centro de Estudios Martianos es una alegría que una de sus fundadoras haya alcanzado ese aniversario y que pueda ostentar, en el conjunto de su ancha obra como poeta y ensayista, un abultado número de escritos dedicados a Martí.
Quien quiera acercarse a la obra del Maestro, tanto a sus valores literarios como a la hondura de sus ideas, no puede dejar de laborar con los textos de Fina. Juicios sagaces, originalidad analítica, poderoso razonamiento y sencilla y atractiva palabra caracterizan sus ensayos y estudios acerca de diversas temáticas de las letras y la cultura cubana. Los que se refieren a Martí desbordan amor, como todos, pero en aquellos hay una profunda afinidad con el mayor de los cubanos porque Fina no solo fue una académica distinguida dentro del campo de los estudios martianos, sino que hizo de Martí el guía de su vida, de sus sentimientos, de sus valores.
Fue, pues, martiana de estudios y también de corazón, sin dudas la mejor manera de comprenderlo y de asimilarlo como noma de conducta en la vida.
Quizás en sus poemas es donde Fina demuestra cabalmente su intimidad con Martí, su deseo de ser dìscípula suya, y su noble capacidad de entregarse a ello con pasión.
Por eso, comparto con los lectores este poema en que la autora recuerda la foto de Jamaica del Maetsro, la única de cuerpo entero, en medio de las plantas antillanas.
EL RETRATO
(Martí, Kingston, Jamaica)
Esencial, increíble,
descorre el mediodía
con mano férrea y dulce,
el miniado manglar

y sus insectos suaves,
decorados. Acerca
lo entrañable y lo fiel
como un sincero huérfano,

Penetro despaciosa
Al vals vertiginoso
De las palmas inmóviles
Al sol, de los yerbajos.

Su traje me conmueve
como una oscura música
.que no ocmprendo bien.
Toco palabra pobre.

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