En Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1890
10 de octubre de 1890

Cubanos:

Otros llegarán sin temor a la pira donde humean, como citando sea la hecatombe, nuestros héroes: yo tiemblo avergonzado: tiemblo de admiración, de pesar y de impaciencia. Me parece que veo cruzar, pasando lista, una sombra colérica y sublime, la sombra de la estrella en el sombrero; y mi deber, mientras me queden pies, el deber de todos nosotros, mientras nos queden pies, es ponernos en pie, y decir: «¡presente!»

¿Ni qué falta por decir, ni qué soldado falta en la lista de esta noche? Lo que ha de asombrar a los descreídos, si saben algo de ¡as flaquezas humanas, y lo que han de tomar como anuncio y lección, es que, en esta época sin gloria y sin triunfo, nos queden tantos como nos quedan: porque el hombre acude a la fortuna, como el mendigo ad sol, y esquiva el sacrificio oscuro y la sombra del silencio; aunque el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber; y ése es el verdadero hombre, el único hombre práctico, cuyo sueño de hoy será la ley de mañana, porque el que haya puesto los ojos en las entrañas universales, y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, aro una sola excepción, está del lado del deber. Y si falla, es que el debes no se entendió con toda pureza, sino con la liga de las pasiones menores, o no se ejercitó con desinterés y eficacia.

¿Qué falta por decir, aquí donde el discurso es la ejemplar concurrencia; donde están juntos, brazo a brazo, sin que ni para un látigo quede hueco entre el hombro de uno y el del otro, los que en la patria trabajadora de mañana, en un pueblo de nuestro continente y de nuestro siglo, han de defenderse y de crear, han de vivir y fundar juntos; donde el guerrero imberbe devora con los ojos al que echó la barba peleando, y la mujer infatigable, domando el miedo amoroso de su corazón, viene, en angustia heroica, a oír con cariño, a alentar con su presencia, a coronar con su aplauso a los que, con el ejemplo de ayer y con la palabra de hoy, aconsejan la muerte, y la empresa de donde no es fácil volver, al hijo a quien un decreto superior a la vida manda seguir, por ley del mundo y no por la de la venganza, la senda donde cayó el padre? Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden. ¿Y qué es lo que dicen estos hombres tenaces, estos discursos salidos de las entrañas, este estrado donde están juntas la ley y la milicia, y el cubano del Cayo con el cubano neoyorquino, y la gente de Lares con la gente de Yara, y un niño, que no supo dónde se iba a sentar, y se sentó al pie de nuestra bandera? A nuestra patria, de lo más hondo y decoroso de nuestra alma, enviamos de aquí este unánime mensaje: «¡Patria, más querida mientras más infeliz, y más bella, mil veces, a nuestros ojos, mientras más débil y abandonada, tu semilla dio fruto; las frentes que besaste te son fieles; la sangre de los padres corre por las venas de los hijos; el acero centellea y el viva retumba en la palabra de tus jóvenes: los niños, enamorados del rayo, oyen envidiosos el cuento inmortal; en el descanso ponemos a tu espada empuñadura de razón; de toda la tierra tus hijos y tus amigos te empiezan a tender las manos!»

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