Don Miguel Peña

Honrar, honra. Hubo, ha setenta años, sucesos tales en esta ilustre tierra, que solo en atención a que la polvareda que los ejércitos levantan en su marcha elévase tan alta cuanto son ellos numerosos, pueden aún los que abrieron la gloriosa vía estar oscurecidos por el polvo del camino. Mas no a los ojos de los que en él andamos. Valencia erige hoy una estatua al doctor Peña; pues hoy paga Valencia lo que debe.

Aquel lidiador audaz, que así movía la espada como la pluma, sin que la pluma fuera más extraña a sus manos que la espada; aquel tribuno apuesto que supo, de los paños de la casaca colonial, corta y estrecha, hacer túnica y toga; aquel héroe colérico, sentidor de lo grande, amador de lo propio, mirado siempre como igual y como enemigo terrible por los héroes; aquel que con su amor ayudó a fundar pueblos, y con su rencor a volcarlos; aquel en quien la pasión no perdió nunca los estribos del juicio, pero en quien, sobre los estribos del juicio, no dejó nunca de erguirse, implacable y ardiente, la pasión; el que rivalizó en pujanza con los grandes, y venció en astucia a los pequeños; el que, por una vez que sacó provecho desusado de las arcas públicas, trabajó siempre con fogoso empeño en defensa y provecho de la patria; el que llevaba a los Senados, inquietos y encendidos, en aquellos tiempos de hervor y de batalla, un bravo corazón americano y el arma con que había de defenderlo;–merece presidir, en aposento de bronce, los destinos de la ciudad que él supo hacer tumba de realistas, fortaleza de derechos y cuna de republicanos.

Era Peña hombre entero y erguido, ni medrado ni rico de cuerpo, importante de suyo, y gallardo, con esa gallardía que viene de la alteza del espíritu, y da singular realce a lo vulgar, y disimula o trueca en bello lo mezquino.

Era de cara enjuta, aunque maciza; de ojos claros y vivos, llenos de empuje y de poder de examen; de boca fina, como de hombre agudo; de frente alzada en cúpula, cual frente de letrado, azotada a menudo por un guedejo de cabellos lacios, signo seguro de hombre indómito. Limpio de barba llevaba el rostro; ceñía a su talle, grave casaca de elevado cuello, de entre cuyas solapas anchurosas rebosaba, sobre el chaleco de enhiestos costados, la rizada pechera, aquí y allí prendida con perlas lujosas.

Bullía en las aulas, en la primera década del siglo, señalado por su palabra risueña y flagelante, y expedientes fáciles, y ciencia de Ordenanzas y Novísimas,1 el que había de fatigar caballos, defender murallas, vestir disfraces, conmover congresos, apasionar ciudades, desatar y enfrenar iras y presidir a hombres ilustres. Gastados, más que por los propios pesares, por los ajenos; hijos de casas donde, con los vaivenes de los tiempos, son huéspedes de turno el fausto y la penuria, y ora se bebe en copa de Bohemia, ora no hay licor de que llenar la copa; nacidos en el lomo de un corcel frenético; mecidos, más que en cuna, en olas de la mar, son los hombres ahora a los veinticinco años, gigantillos cansados, jefes tal vez de familia numerosa, pálidos de alma y pálidos de cuerpo. Mas por entonces causó asombro que a los veintiséis de sus años agitados, fuera Peña, con merma de sus fuerzas, por lo excesivo del trabajo, Abogado Relator de la Excma. Audiencia Española.

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