Carta de Nueva York [29 de marzo de 1883]

Suma de sucesos.–Honores públicos a un poeta muerto.–“¡Hogar, oh dulce hogar!”–Funerales excesivos de un pugilador.–Justicias inútiles.–Los trabajadores: sus fuerzas; sus objetos; sus caudillos; europeos y americanos.–Honores a Karl Marx, que ha muerto.–Baile de trabajadores.–De lo que se habla en el Mentidero neoyorquino.–El romántico Butler.–Esgrima de cuaresma; homilías y contrahomilías; Fray Luis de León y Jorge Sand.–Condición y puesto legítimo de la mujer en el mundo moderno; las universidades y las mujeres.–Un baile famosísimo.–Tentativa, no aplaudida, de creación de una aristocracia.–Convencionales en la tiniebla.

Nueva York, 29 de marzo [de 1883]

Señor Director de La Nación

Puestos en haz los sucesos de este mes, requerirían el brazo de un cíclope para levantarlos: allá, por una puerta luminosa, coronada de serafines de piedra, alfombrada de lirios, entran, ebrias de luz y de hermosura, del brazo de resplandecientes caballeros, damas locuaces y joyantes; allá, por una puerta ancha y sombría, que da a la calle negra, salen en alborotado montón, torcido el fieltro usado, inquieto el puño rudo, colérico el corazón y torvo el ojo, los que tienen cansado de labor ímproba el brazo jornalero, o lleno de mordente envidia el pecho mal cubierto, o de impaciente amor a los pobres el generoso espíritu. Y allá, a la luz del día, que debiera enlutarse por no verlo, trepan por sobre los árboles, cabalgan en postes de telégrafo y faroles, bordan de cabezas rapadas y de ojos siniestros las encaramadas techumbres, por ver pasar cubierto de laureles y de rosas, el cadáver de un héroe de las turbas, gran pendenciero y recio pugilador–todos esos hijos de la tiniebla, que, como los bactilios en el cuerpo humano, pululan,–ensangrentados, torvos y sedientos, en las grandes ciudades:–¡siempre al pie de los más hermosos árboles hicieron más honda cueva los gusanos! Un veintenar de miles fue al entierro del pugilador: al baile de un Vanderbilt, que es un Rothschild de esta parte de la América, un millar de galanes y de damas: y diez mil hombres de manos inquietas, burdos vestidos, sombreros irreverentes y corazones inflamados, a aplaudir a los fervorosos oradores multilingües que excitan a la guerra a los hijos del trabajo, en memoria de aquel alemán de alma sedosa y mano férrea, de Karl Marx famosísimo, cuya reciente muerte honran. Y en estos ruidos múltiples de esta ciudad, en que lo real toma ya tamaños de épico, y el grandor tiene a veces reflejos de grandeza, y el alma sustos, y la libertad abrigo,–mézclanse a esos cantos de próxima batalla, que no irá acaso teñida de sangre, porque se libra en el seno de la libertad,–los místicos, ungidos, suavísimos acordes con que, por orden reverente del municipio de Nueva York, acompaña respetuosa comitiva, en su camino a la patria sepultura, los restos, traídos de Túnez, del autor de una canción que mueve dulcemente el alma de los norteamericanos. Más solo iba el poeta que el pugilador: pero su gran cortejo es invisible. Es hermoso que una ciudad bursátil honre a un poeta.

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