Del alma de la revolución, y del deber de América en Cuba
Por: Guillermo Castro Herrera

Conferencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá
18 de mayo de 2012.
Para Fernando Martínez Heredia, parlamentario en una trinchera

Hace 51 años ya, el 9 de abril de 1961, se planteaba Ernesto Guevara la pregunta de si Cuba debía ser considerada una excepción o la vanguardia de la lucha revolucionaria en América Latina. Era una pregunta justa entonces, y lo sigue siendo hoy, aun cuando haya cambiado mucho el mundo desde entonces y, con el mundo, hayan cambiado los términos en que sea posible plantear hoy el problema.
Cabría decir hoy, por ejemplo, que Cuba ha ocupado una posición de vanguardia en el proceso de formación de la América Latina contemporánea debido a las características excepcionales de su propio proceso de formación histórica. De este modo, si en la coyuntura de los años 60 Cuba resultó finalmente excepcional, esa misma excepcionalidad desempeñó un papel de primer orden en su capacidad para enfrentar con éxito las terribles presiones de la Guerra Fría, y las del ajuste neoliberal que resultó del fin de aquel período histórico, y desempeñar un papel de excepcional trascendencia histórica en la preservación de las capacidades de lucha y solidaridad de nuestra América.
Ese papel de Cuba en América subyace en una circunstancia en que la América nuestra se ha constituido en un centro de referencia planetario para la formación de una cultura y una política nuevas, y no sorprende, en verdad, que Jean Luc Melenchon, el candidato de la izquierda en las recientes elecciones en Francia, reconozca el aporte a la construcción de la propuesta política de su movimiento de la experiencia de los pueblos de Uruguay, Argentina, Ecuador y Bolivia en el enfrentamiento a las peores consecuencias del neoliberalismo. Y este aporte, a su vez, llega a Europa a través de los espacios de participación y dialogo de movimientos como el Foro Social Mundial, nacido y forjado desde la América nuestra también.
No es el caso discutir aquí el detalle de esa excepcionalidad, aunque es indispensable recordar algunos de los rasgos que la caracterizan. El primero y más visible de ellos radica en el hecho de que fuera Cuba la última colonia española en lanzarse a la lucha por su independencia entre 1868 y 1878, cuando el resto de las repúblicas hispanoamericanas entraban de lleno a la consolidación de sus Estados liberales oligárquicos, tras el prolongado período de conflictos internos que siguió a la independencia conquistada entre 1810 y 1825.
La guerra del 68, si por un lado no logró obtener la independencia por la cual lucharon los cubanos, no sólo demostró la incapacidad de España para derrotar a los insurgentes, con los que se vio obligada a pactar. Además, y sobre todo, tuvo un impacto decisivo en la formación de la identidad nacional cubana, y en la depuración de muchos de los conflictos internos generados por la dominación colonial.
Esto ayuda a entender un segundo rasgo excepcional. En efecto, la segunda fase militar de la lucha de los cubanos por su independencia, entre 1895 y 1898, expresara ya todas las características fundamentales de una guerra de liberación nacional, esto es, de una contienda encaminada a la conquista del poder político para emprender un vasto programa de reforma social, económica y cultural, encaminado a crear en la Isla un Estado liberal de carácter democrático y no oligárquico, como habían llegado a ser los del resto de la región. Este rasgo se origina tuvo su origen en dos circunstancias puntuales.

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