Azcárate

Nicolás Azcárate ha muerto. Ha muerto el amigo, el periodista, el organizador. el orador. Expira, en la silla estrecha de un empleo español, el cubano cuya nativa majestad vino a parecer como apocada y oscura, por el vano empeño de acomodar su carácter pródigo y rebelde a una nación rapaz, despótica y traicionera. Vive infeliz, y como fuera de gas el hombre que no obedece plenamente el mandato de su naturaleza, ni emplea íntegra, sin miedo y sin demora, la suma de energía y entendimiento de que es depositario. Son nulas, y deshonrosas a veces, las capacidades del hombre, cuando no las usa en servicio del pueblo que se las caldea y alimenta. Ni dañinas ni nulas fueron las de Azcárate, que con el fuego del corazón, fuente única de la grandeza, lavó cuanto error, sincero u obligatorio, pudo nacer del desacuerdo entre su concepto teórico y tímido de la vida cubana, y la nacionalidad de Cuba, suficiente y briosa, y en los comienzos fea y revuelta, como las entrañas y las raíces. Lágrimas ásperas lloró Azcárate en vida, muy a solas, y quien las vio correr, y sabe que su pasión por la libertad nunca fue menos que la que tuvo por las pompas del mundo, ni encubrirá con falsía inútil las deficiencias del cubano indeciso, ni le negará la rosa de oro que la patria debe poner sobre su sepultura.

De lo saliente de su vida, no hay cubano que no sepa: de sus brillantes estudios, de sus altivas defensas, de su indignado y magnífico abolicionismo, de su confianza y laboriosidad inútiles en la Junta de Información en Madrid, de sus servicios grandes y burlados en bolsa e inteligencia e influjo a la democracia española, de la misión de España que paró en la muerte alevosa de Juan Clemente Zenea; de su censurable vuelta a Cuba, durante los años sagrados de la revolución, por la mar misma que se rompe contra la fortaleza donde le asesinaron al amigo, del destierro con que España ingrata recordó al incauto cubano que jamás se amó bajo ella impunemente en América la libertad, de su trabajo fecundo de periodista y de letrado en México, del calor e indulgencia con que a su vuelta a la Habana congregó a todo el pensamiento del país en el Liceo de Guanabacoa, sofocado a poco en sus manos por la Capitanía General, del cariño literario y continua nobleza de sus años últimos, que vinieron a ser en lo político, por soberbia postrera y dolorosa, como el tibio aunque leal acomodo del remate de su existencia al error que se la había consumido y estancado.

El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha suprema de la humildad, La personalidad individual sólo es gloriosa, y útil a su poseedor, cuando se acomoda a la persona pública. El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa. Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella. Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir, y luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí. El hombre debe realizar su naturaleza. Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a fuerza de concesiones inmorales, una vulgar fortuna. Ni de vanidad ni de egoísmo fue culpable Azcárate, sino de aquella ceguera que suele ir con la mucha individualidad, por donde el hombre, de puro mirar en sí, y sentirse hervir la sangre, no ve afuera cuanto puede, ni entiende que sea su tiempo diverso de como se ve él, que es para sí la realidad suprema. Aquel estudiante humilde, que por su mérito y bravura entraba de señor en lo más altanero de la sociedad vencida; aquel abogado hercúleo, que de una tronada de la voz ponía a firmarle la sentencia justa a los jueces simoníacos, o echaba a la madre negra en brazos del hijo a quien le querían arrebatar; aquel habanero satisfecho, que del tocador de la esposa acaudalada salía a dar libertad, en su bufete de losas de mármol, a cientos de esclavos; aquel ingenuo triunfador, a quien una burla ruda había de castigarle en su primera tentativa pública la fe excesiva en su persona, no vio como natural en su pueblo, a la hora de la rebelión, lo que para él no lo era; ni supo salirse de sí, y ponerse en los demás, que es el don esencial, y el deber continuo, de los hombres patrios. Y en el aturdimiento de aquel golpe ha vivido Azcárate y murió. Aquel hijo favorecido de la naturaleza, de armazón robusta, de energía elocuente, de natural feliz y pomposo, cayó, en cuanto a su pueblo, en el error de creer que la política, que es el modo de conducir en la concordia de la justicia para el bienestar total los elementos diversos, estaba en un país de yerros seculares y hábitos de perezoso señorío en la lucha literaria y superficial de los elementos privilegiados de la población. De este sueño se despierta en el destierro imprevisto, en la guerra desordenada, o en el cadalso. Al reaparecer en Cuba el problema, halla a Azcárate muerto.

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