Reciben  destacados miembros de la Sociedad Cultural José Martí sello conmemorativo 30 aniversario

En una emotiva ceremonia celebrada en el Museo Provincial La Periquera de Holguín, cuatro destacados miembros de la Sociedad Cultural José Martí (SCJM) recibieron el sello conmemorativo 30 aniversario de esta organización, en reconocimiento a su invaluable labor en la difusión del legado del Héroe Nacional de Cuba.

Los galardonados con esta distinción Xiomara Garzón Montes de Oca, María Julia Guerra Ávila, Eliel Gómez Martínez y Carolina Gutiérrez Marroquín, ejemplifican el trabajo constante y silencioso que desde las comunidades, las aulas y las instituciones culturales mantiene viva la obra martiana.

En nombre de los reconocidos, Xiomara Garzón Montes de Oca expresó que recibir este sello no es un punto de llegada, sino un estímulo para redoblar los esfuerzos en la enseñanza del pensamiento martiano, sobre todo, entre las nuevas generaciones.

La a SCJM nació el 20 de octubre de 1995 por iniciativa de un grupo de prestigiosos intelectuales cubanos y que, concebida como una organización no gubernamental y sin fines de lucro, tiene como misión promover el estudio y la difusión del pensamiento y la obra del Apóstol dentro y fuera del país.

Esa vocación fundacional se mantiene intacta en la provincia, donde la filial,que cuenta con 62 clubes y más de 600 miembros, visibiliza la red de esfuerzos colectivos que, desde Holguín, continúa tejiendo la vigencia de José Martí como faro ético y político de la nación cubana.

Tomado de: https://www.radioangulo.cu/

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Soberanía de Nuestra América, argumentos martianos

La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, un texto de denuncia al permanente sistema de colonización de los Estados Unidos contra países pobres del mundo, publicado por José Martí en La Revista Ilustrada de Nueva York, en 1891, guió el panel “Nuestra América en el ojo del águila” del Centro de Estudios Martianos este jueves, 23 de abril.

Los panelistas, Marlene Vázquez Pérez y Laura Rodríguez de la Cruz, directora y subdirectora del CEM, respectivamente, y Oriol Marrero (Centro de Investigaciones de Política Internacional) retomaron las líneas de pensamiento expuestas en ese artículo escrito al calor de la Conferencia Monetaria Internacional Americana (CMIA, Washington, 1891), en el que Martí participara como representante de la República Oriental del Uruguay, en defensa de Nuestra América.

A la vuelta de 135 años, el discurso martiano acentúa el valor y la vigencia de sus argumentos y, de alguna manera, pareciera estar hablando de hoy, ante el asedio del más reciente presidente norteamericano, quien –como subrayara Marrero en su intervención– desde que inició mandato ha logrado un peligroso récord de ataques (cada 53 días) contra diversas regiones del mundo.

De aquel contexto político y económico al que entonces respondió Martí a finales del siglo xix, comentaron los panelistas e instaron al estudio de este y todos sus textos como valiosas herramientas en defensa de la soberanía de las repúblicas de Nuestra América en contra de doctrinas que, de manera solapada o abierta, implantan el sojuzgamiento como práctica: “Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve”, fueron en aquel entonces, entre otras, las tesis martianas de profunda actualidad.

© PJM

 

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Los indestructibles lazos entre Costa Rica y Cuba

La presencia de José Martí en dos oportunidades en momentos clave, en los que buscaba por diversos medios la independencia de su amada Cuba, la estadía en el país de Flor Crombet y de los hermanos Antonio y José Maceo, así como el intercambio cultural y político por más de 100 años, tras establecerse de manera formal relaciones en 1907, hacen que la decisión del gobierno de turno, abierta e incondicionalmente a los pies del imprevisible Donald Trump y, por ende, al imperio norteamericano, no tenga la fortaleza para romper los lazos que unen a las dos naciones.

Marlene Vázquez, directora del Centro de Estudios Martianos, fue una de las primeras voces en alzarse en contra de la medida, que recoge ecos de aquella otra que se diera el 10 de septiembre de 1961, cuando, por presiones de Estados Unidos, encontró en la débil y genuflexa Organización de Estados Americanos (OEA) el terreno fértil para llamar a la ruptura con el pueblo cubano.

Para Vázquez, el elemento que une a Cuba y Costa Rica pasa por la figura excelsa del apóstol cubano: “Las dos visitas de José Martí a ese territorio (1893 y 1894) dejaron una huella perdurable en el imaginario costarricense, al punto de que se le rinde homenaje como si fuese uno de los próceres de esa tierra”.

Esa instalación en el imaginario martiano en un sector de la población costarricense pervive actualmente, aunque la cultura oficial haya tendido a relegar la presencia martiana a una nota marginal, situación que contrasta con la realidad.

“El 6 de julio de 1893, en compañía de Pío Víquez, visitó el hogar de la familia García Monge, e impresionó de tal modo al niño Joaquín, que este dedicaría su vida a la difusión y estudio de los ideales martianos y al servicio de la cultura nuestroamericana. El intercambio entre Cuba y Costa Rica, que había alcanzado un punto cenital en el siglo XIX, debido a la ya aludida presencia martiana, pero sobre todo al establecimiento de una nutrida emigración en la zona de Guanacaste y en otras regiones del país centroamericano, continuaría por otros cauces en el siglo XX. García Monge sería el propiciador, por excelencia, de ese diálogo intercultural, con su revista Repertorio Americano (1919-1958), de miras continentales y proyección universal. En sus páginas la obra de Martí y la cultura cubana en general fueron presencia asidua”.

En efecto, el establecimiento en Costa Rica de Crombet y los Maceo permitiría fortalecer el arraigo de lo cubano en el país y, de paso, evidenciaría el compromiso que en su oportunidad asumió esta nación centroamericana con la independencia de Cuba, aunque fuera de manera solapada para evitar desencuentros con España, como recientemente lo puntualizaba en un artículo el exministro de Cultura (90-94) Arnoldo Mora.

“La patria de Juanito Mora fue  para los próceres cubanos su propia patria. Varias fueron las figuras destacadas que encontraron en Costa Rica un rincón fraterno; por lo que, agradecidos, nos compensaron con sus invaluables aportes”.

Aunque en el horizonte y por el desgaste que acarrea el fluir del tiempo las líneas entre Costa Rica y Cuba para algunos parezcan difusas, dado que hubo un amplio período con relaciones rotas (1961-2009), lo cultural y lo histórico se ha mantenido como una conexión indestructible en dos pueblos que venían de un tronco común: su liberación de la España imperialista y el abrazar el pensamiento, cada cual con sus matices, del libertador Simón Bolívar.

En ese sentido, en los lazos que han unido a ambos territorios, Vázquez ahonda en su artículo publicado en www.josemarti.cu: “Todo lo que puedo escribir desde el punto de vista histórico y literario palidece ante la emoción experimentada en octubre de 2013, cuando visité Costa Rica por primera vez, invitada como conferencista al encuentro internacional de Cátedras Martianas, en la Universidad de Costa Rica (UCR), sede del Pacífico. Me fue dado encontrarme con personas desconocidas, que me abrazaron espontáneamente porque llevaban en sus venas sangre cubana. Descendían de Flor Crombet, de los Maceo, de los Milanés, de Bayamo, o de los Odio, de Santiago de Cuba, y de otros que ahora no recuerdo, aunque los apellidos se hubieran perdido en la marea de la genealogía familiar.

Al visitar Nicoya, donde estuvo establecido Maceo con un nutrido grupo de cubanos emigrados, se repitió lo que ya había vivido en San José y en Puntarenas. Y la emoción creció aún más al entrar a la escuela, y encontrarme, en la dirección, con dos retratos enormes y hermosos, de Martí y de Maceo, dando la bienvenida a los visitantes”.

La historia de a pie. La que no figura en los libros oficiales de los Ministerios de Relaciones Exteriores, como el de Costa Rica, se ve aquí contrastada con un testimonio vivo de lo que significa el encuentro que a lo largo de la historia han mantenido cubanos y costarricenses, sobreponiéndose a los mandatos del gigante de las siete leguas, que también retratara Martí en Nuestra América.

Vázquez, como un sector valeroso de la población costarricense, sabe que entre la política oficial, dada a entreguismos temporales y sumisa a intereses ideológicos trumpianos, y a lazos establecidos a lo largo del tiempo, con la solidaridad de por medio, por ser dos pueblos de nuestra América, hay un ancla entre Costa Rica y Cuba que sostendrá la relación por encima de las mezquindades de turno.

Así lo resume Vázquez desde el Centro de Estudios Martianos: “Entonces, no es posible echar por tierra lazos de hermandad y recuerdos entrañables que han pasado de una generación a otra: perviven y se concretan en proyectos contemporáneos. Pasarán estos años oscuros de aislamiento, de neofascismo, de rupturas y posiciones lacayunas, pero no decaerán el afecto y la solidaridad entre nuestros pueblos. Están a salvo en toda esa historia compartida”.

Raíces profundas

El escritor y periodista Armando Vargas, autor de Idearium Maceísta y de La huella imborrable, este último sobre las dos visitas de Martí a Costa Rica, hizo un repaso, a petición del Semanario UNIVERSIDAD, de pasajes significativos entre cubanos y costarricenses.

“Nuestra nación ha recibido, a lo largo de los siglos, vitales influencias cubanas”, recordó, al tiempo que destacaba hechos significativos.

“Un gobernador habanero, Tomás de Acosta, introdujo el café a la entonces provincia española de Costa Rica. De la isla llegó el primer manual de caficultura, reeditado por la Imprenta La Paz (1834). El café transformó la más pobre colonia en una república viable”.

En el ámbito educativo, también, se hizo sentir la influencia cubana en Costa Rica: “El periodista y educador cubano Tomás M. Muñoz fundó el semanario ‘La Unión’ (1858) y estableció colegios en Cartago y San José: dirigió el San Luis Gonzaga (1885-1889)”.

Acontecimientos que ocurrieron en la isla tuvieron sus repercusiones en el territorio nacional, con el advenimiento de la migración procedente de la principal isla del Caribe, lo cual se aprecia en numerosos apellidos como lo precisa Vargas.

“Más de un centenar de familias cubanas se arraigaron en el Valle Central, a partir del estallido de la Revolución Cespedista por la independencia (1868-1878): Acosta, Agüero, Boix, Boza, Calleja, Calzada, Céspedes, Duque, Espinal, González, Granados, Martin —hoy Martén—, Mendiola, Miranda, Olivares, Pérez, Pochet, Prado, Renaud, Revilla, Rosabal, Santiesteban, Valiente, Varona, etc. Fue el comienzo de una inmigración que continúa”.

La idea fascista, que excluye al diferente, al extranjero, que no responde al molde que se ha establecido desde el poder, de nuevo, se contrapone a lo que dictan las realidades de los pueblos, que reclaman aquello que invocaba el poeta Jorge Debravo sobre la necesidad de prescindir de las falsas fronteras de los Estados como mecanismos de marginalidad del otro.

Vargas ejemplifica, con lujo de detalles, la relevancia de personalidades cubanas en el país: “El general Manuel Quesada Loynaz, primer jefe militar de la Revolución Cespedista —suegro de ‘Magón’ —, murió en puerto Limón y su tumba está en el camposanto de la capital. La familia Odio, originaria de Palma Soriano, ha dado al país un presidente de la República, un presidente de la Corte Suprema de Justicia y un arzobispo de San José.

Tres parientes y colaboradores de Carlos Manuel de Céspedes —el padre de la patria cubana— introdujeron el positivismo de Comte y de Littré en Costa Rica, verdadero marco ideológico del orden cafetalero. El profesor de filosofía José María Céspedes Orellano, el jurista Jorge Carlos Milanés Céspedes y el pedagogo Ramón Céspedes Fornaris fueron la vanguardia de un vigoroso foco seminal Cespedista. Don Ramón fue el maestro del presidente Rafael Iglesias”.

En esta vigorosa lista de acontecimientos que han marcado la historia entre los dos países, Vargas resalta el inmenso aporte intelectual de Antonio Zambrana.

“El constitucionalista y revolucionario cubano Antonio Zambrana fue, por tres décadas, nuestro guía intelectual, genuino padre y maestro de la democracia y del republicanismo. Reconocido como mentor por Cleto González Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno y la ‘Generación del Olimpo’. Nada menos que Mario Sancho le dijo a él: ‘Maestro, después del sol sois vos quien ha alumbrado más en Costa Rica’”.

Y de Maceo, en el que Vargas ha profundizado a través de sus investigaciones, acota lo significativo que fue la expedición que salió de Costa Rica para apoyar la independencia cubana.

“El héroe de la independencia cubana, general Antonio Maceo, vivió entre nosotros de 1891 a 1895, junto con un centenar de ‘mambises’. Fundó La Mansión de Maceo, distrito segundo de Nicoya. De aquí, partió la primera expedición armada que hizo posible la Revolución de Martí (1895-1898). Fue beneficiado por la política de solidaridad internacional del presidente José Joaquín Rodríguez. Cuando la Municipalidad de San José develizó en 1941 el busto suyo,  el representante de Cuba en Centroamérica dijo que “Antonio Maceo será el punto de contacto imperecedero entre las repúblicas de Costa Rica y Cuba”.

Los lazos, no obstante, no acaban ahí, sino que todavía se pueden invocar acontecimientos que se ubican por encima de cualquier política circunstancial del gobernante del momento, como el caso de Chaves, que abraza a ojos cerrados el neofascismo promovido por Trump, quien ha roto el orden internacional en nombre de la política del petróleo y los drones que bombardean hospitales y escuelas en Oriente Medio.

“La influencia jurídica cubana es significativa: del ‘Código de Bustamante’ a la Constitución de 1940, referente del proyecto de la Constitución de 1949.

A través de las décadas, son miles los compatriotas que han estudiado las más diversas profesiones en la isla.  Los matrimonios cubano-costarricenses se cuentan por cientos y la prole ‘cubatica’ asciende a millares”.

Incluso, en referentes culturales del país más específicos, subsiste la influencia cubana, no siempre identificada o reconocida.

“Ya se sabe que la ‘Patriótica Costarricense’ es el poema ‘A Cuba’ de Pedro Santacilia. Lo que no se ha dicho aún es que el ‘Corrido a Pepe Figueres’… es una melodía cubana, pero eso será otro día”.

Y todo lo anterior se hila con sutileza con la visita de Martí al país, mientras preparaba la guerra que buscaba liberar a su isla del yugo español.

“José Martí, vindicador de nuestra patria, nos visitó dos veces y dejó huella imborrable. Nos definió como ‘industriosísima colmena’ y, seducido por la pródiga naturaleza, nos llamó ‘república esmeralda’. En la Conferencia Internacional Americana (Washington, 1890), escribió: ‘Costa Rica se levanta y dice: pequeño es mi país, pero, pequeño como es, hemos hecho más, si bien se mira, que los Estados Unidos’”.

En medio de ruptura

Por su parte, Mora recordó, en declaraciones para este reportaje, cómo en medio de la ruptura diplomática a mediados de la década del 70 se restablecieron vínculos con la Cuba liderada por Fidel Castro a nivel consular.

“Dichas relaciones datan de 1975, cuando el entonces presidente Daniel Oduber estableció relaciones diplomáticas a nivel consular, con el Gobierno revolucionario de Cuba presidido por Fidel Castro. Por su parte, el Gobierno cubano decidió crear en 1975, en San José, un Centro Cultural, con el fin de difundir la verdad de lo que en realidad era esa revolución y así desmentir la campaña difamatoria e infamante que los medios comerciales venían impulsando por presión y financiamiento del gobierno imperial norteamericano”.

En este contexto, Mora asumió un rol principal en ese ejercicio puente entre Costa Rica y Cuba: “Los partidos de izquierda e incluso de sectores progresistas del propio partido gobernante me designaron presidente de ese centro. En condición de tal, viajé a Cuba  ese año y el siguiente, lo que me permitió conocer toda la isla, provincia por provincia. Dejé la presidencia en 1976, pero seguí colaborando activamente. Tuvimos mucha aceptación en todo el país”.

Ya en tiempos más recientes, los vínculos con Cuba se estrecharon, una vez más, por encima de las consideraciones estrictamente formales.

“Desde entonces, mis relaciones con la Cuba revolucionaria han sido asiduas. Como ministro de Cultura viajé a Cuba en enero de 1995 y estuve una semana, donde firmé un acuerdo con el gobierno de La Habana para traer técnicos deportivos y asesores en cultura popular. Vinieron tanto en deportes como en cultura. A los primeros los designé para que asesoraran comités deportivos de las municipalidades que me lo solicitaron; pero, como eran muchas las solicitudes y no podía complacerlos a todos, sólo asigné un experto cubano a aquellas municipalidades que mostraron tener una buena organización, de modo que aprovecharan esa oportunidad al máximo. El resultado fue excelente, tanto que esas delegaciones deportivas lograron ocupar altos lugares en los juegos nacionales”.

Cuba, que ha sido pionera latinoamericana en ballet, dio su aporte en este campo a la cultura nacional: “También fundé el ballet juvenil del Ministerio de Cultura con una pareja de bailarines discípulos de la legendaria Alicia Alonso”.

Tal fue la compenetración de Mora con la causa y la cultura de la isla, que en su oportunidad le hicieron un reconocimiento: “El gobierno revolucionario me condecoró con la distinción de la Medalla a la Amistad con el pueblo de Cuba”.

Tras la cumbre “Escudo de las Américas”, realizada el 7 de marzo de 2026, en Miami, Florida, en la que Chaves participó con mandatarios representantes de la derecha latinoamericana como Javier Milei y Nayib Bukele, sobrevino la determinación de su gobierno de romper las relaciones restablecidas por Óscar Arias en 2009 con Cuba.

La historia, sin embargo, no se hace ni se escribe a partir de políticas coyunturales ni de decretos, sino que la van creando los pueblos a través de los más sutiles entramados a lo largo de amplios períodos.

Es el caso de Costa Rica y Cuba —cuyos pueblos a través de más de un siglo se han impuesto a los obstáculos políticos y se han mirado frente a frente para darse la mano y reconocerse como patrias latinoamericanas que recogen el legado de próceres como Martí, Bolívar, San Martín y Juanito Mora—, ambos han reconocido una asidero común de sueños, esperanzas y desafíos, ante la sombra imperialista que, dada la anuencia del gobierno tico de turno, busca romper los lazos indestructibles entre las dos naciones.

Tomado de: https://semanariouniversidad.com/

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PRC, Patria y novedades para narrar la Historia

La seriedad de los proyectos académicos no solo se constata en el resultado que muestra un investigador a partir de la publicación de artículos y/o libros, sino en el rigor de cada uno de los procesos previos del estudio y, ya avanzado este, durante el seguimiento crítico y periódico de asesorías y juntas científicas cuyo efecto es siempre valioso.

Una vez más fue expuesta esa verdad en la reciente sesión (jueves 16 de abril) del equipo de Investigaciones Históricas del Centro de Estudios Martianos, en la cual tres de sus integrantes, dieron fe de avances temáticos relacionados con los conocimientos adquiridos por Martí en el escenario político español y la utilidad de esa experiencia (como descarte) en relación con dos de sus obras fundacionales: el Partido Revolucionario Cubano (PRC) y su órgano oficioso, el periódico Patria, en cuya secuencia nuestro prócer iría compartiendo su ideal de república como proyecto ético en la construcción de una nueva sociedad “con todos y para el bien de todos”.

Dichos estudios –correspondientes al licenciado Luis Enrique Domínguez Vázquez y a MSc. Laura Rodríguez de la Cruz – tributan, a la vez, a la búsqueda del más atractivo modo de educar divulgando sucesos de la historia de Cuba a partir de nuevos medios, como el videojuego, explicación teórica que recayó en el licenciado Alejandro de Jesús Figueredo García. Fue un encuentro de aprendizaje y retroalimentación entre ponentes y público.

©PJM

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El Martí de José Delarra

Unas 19 piezas inspiradas en José Martí –del pintor y escultor cubano José Delarra–, enriquecen los fondos de la colección temática del Centro de Estudios Martianos, gracias a la generosa donación que hiciera, el diez de abril último, la periodista Flor de Paz, la mayor de los hijos del artista.

Desde sus inicios, la carrera de Delarra (San Antonio de los Baños, 1938-La Habana, 2003) está asociada como temática a la figura del héroe: a los once años ya había esculpido un busto de José Martí en el patio de su casa. A partir de entonces desarrolló una obra en la que destacan el Monumento al Héroe Nacional, en México y el Complejo Escultórico Ernesto Che Guevara, en Santa Clara, entre más de 130 obras monumentales y de mediano formato emplazadas en diferentes ciudades del mundo, además de una extensa colección de pintura, dibujo y grabado.

Con esta donación, que recibió Marlene Vázquez Pérez, directora de la institución, continúa creciendo –y compartiéndose con el público– la iconografía martiana del CEM, integrada por 65 piezas (esculturas, pinturas y cerámicas)– de artistas como Armando García Menocal, Juan José Sicre y Vélez, Roberto Diago Querol, Esteban Valderrama y Peña, Nelson Domínguez, Flora Fong, Alberto Lescay, Vicente Rodríguez Bonachea, Diana Balboa Hernández, Zaida del Río, Águedo Alonso), Ever Fonseca Muñoz, Eddy Abela Torrás, entre otros prestigiosos creadores.

© PJM

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Un 25 de marzo en la parábola de José Martí

De lo intensos que fueron los días de José Martí es un ejemplo el 25 de marzo de 1895, y aquí al hablar de su parábola no se apunta precisamente a ese recurso expresivo, sino a una metáfora de base geométrica. Si los inicios de esa parábola en Martí remiten a su infancia, con el juramento —plasmado años más tarde en Versos sencillos— de “Jurar con su vida el crimen” de la esclavitud, y a su adolescencia, con los textos de El Diablo Cojuelo La Patria Libre, entre otros, la interrupción la marca la carta del 18 de mayo de 1895, el día antes de su muerte en combate, a Manuel Mercado.

La suya fue una parábola trunca en curva ascendente, en un punto altísimo en sí mismo y señal de cuánto habría podido seguir ascendiendo. De ahí que el título no hable de su último 25 de marzo, sino de un 25 de marzo. A su muerte le siguieron iluminaciones perpetuadas por su pensamiento y su palabra, por una vida que fue un hecho moral.

Ese día de 1895 se acercaba el tramo final de su camino hacia la guerra que, preparada con su guía al frente del Partido Revolucionario Cubano, había estallado el anterior 24 de febrero. Para llegar a ella salió de Nueva York el 30 de enero, y nada lo haría desistir. El 9 de marzo, aún él en Montecristi junto a Gómez, el Listín Diario, dominicano, difundió que ya se encontraban en Cuba. Ante quienes —cualesquiera que fueran sus intenciones— proponían que él permaneciera en el exterior, donde podría ser “más útil” por su prestigio y por las relaciones que había cosechado, esa noticia le sirvió para argumentar que su presencia en Cuba era ineludible.

Pero hacer depender su decisión de esa notica —falsa cualquiera que fuese el origen— sería ignorar su voluntad de cumplir su deber en la guerra que él había preparado. En carta del 26 de febrero, como si hablara por el propio destinatario —quien también, al igual que otros de los principales líderes independentistas, había permanecido en la emigración para evadir la vigilancia española—, le escribió a Antonio Maceo sobre la necesidad perentoria de llegar a Cuba “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70).1

Esa era también su resolución personal. No lanzaba a otros a peligros que él mismo no estuviera dispuesto a correr, y estaba convencido de que debía cuidar la guerra desde dentro. Muy grande era lo que se decidía, y muy grandes los obstáculos —objetivos y subjetivos— que urgía vencer. No cabía quedarse lejos de la contienda.

El 25 de marzo de 1895, mientras se desplazaba por tierras caribeñas hacia Cuba, fechó varias cartas de despedida, y por lo menos el borrador de “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”, texto que se conocería como el “Manifiesto de Montecristi”.2 Rindió así tributo a la localidad dominicana donde Martí lo escribió, y a la que le cambió el nombre, Monte Christi, para la historia y la tradición revolucionaria latinoamericana.

Antes de centrarnos en ese texto, veamos aunque sea someramente las cartas, que muestran la tensión de quien se sabe en camino a lo determinante. La que dirige a Ulpiano Dellundé, médico cubano radicado en Cabo Haitiano y colaborador de la causa de su patria, le trasmite instrucciones sobre una “delicada comisión” para la cual le pide auxilio. Al final aparece la prisa, junto a su sincera cordialidad: “Solo me queda un instante para saludarle mucho y a toda su casa, en nombre del General [Gómez], y en el de su amigo agradecido que quiere oír que la salud de Vd. es buena”.

A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra les escribe ese mismo día dos cartas, o una carta en dos partes, y en la primera empieza diciéndoles: “Partimos. Toda palabra les parecería innecesaria o escasa”. En ambas —junto con indicaciones vinculadas a lo que el 10 de abril, en otra carta a los mismos destinatarios, define así: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”— concentra orientaciones prácticas sobre las fuerzas patrióticas y los recursos materiales disponibles.

A las jóvenes hermanas María y Carmen Mantilla Miyares les envía una breve carta iniciada con este aviso: “Salgo de pronto a un largo viaje, sin pluma ni tinta, ni modo de escribir en mucho tiempo”. Y hay dos cartas que requieren atención especial. Una de ellas, dirigida a su madre, puede considerarse su testamento de la ternura y el amor filial. Lo deseable sería reproducirla íntegramente, en sustitución del comentario que merece, y que no cabe hacer en poco espacio ni —como tampoco su lectura, ni su mera copia— sin que la garganta se anude y se nublen los ojos.

Pero tendremos que mal resignarnos a recordar el comienzo: “Madre mía: // Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”; y la posdata: “Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca”.

La otra carta aludida es una de respuesta al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, a quien le dice que le escribe “en el pórtico de un gran deber”, y resume los fines emancipadores con que Martí preparó una guerra y marchaba hacia ella. Tal es su alcance que se ha considerado un testamento político del autor, y solo cede en ese carácter ante la que le escribió a Manuel Mercado en la víspera del combate de Dos Ríos y la muerte se encargó de hacerla especialmente testamentaria.

En textos recientes —como la segunda parte de “José Martí y ‘lo imposible’”— el autor del presente artículo recordó lo que la carta a Henríquez y Carvajal alumbra sobre la resolución de Martí de llegar a la guerra sin la vocación suicida que algunos han querido atribuirle, y dispuesto a que únicamente la asamblea del pueblo cubano alzado en armas pudiera decidir cuál sería su lugar en la gesta. Ahora el articulista se detiene en lo que la carta abunda sobre el proyecto político sintetizado en el “Manifiesto de Montecristi”.

En esa dimensión de la carta se ubica el señalamiento por parte de Martí —en términos que recuerdan otros textos suyos, como la citada carta póstuma a Mercado— del alcance antillano y mundial de la guerra que ya había estallado: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

No es una idea nueva en él: la había expuesto en 1894, con similares palabras, en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, artículo cuyo subtítulo encarna todo un programa: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América” (III, 138-143). Al decirle al amigo dominicano: “Yo alzaré el mundo”, no expresaba vanidad que él no tenía: apuntaba a la relevancia de la obra revolucionaria a la que se entregaba.

En los términos propios de un documento público, esas ideas recorren el “Manifiesto”, que Martí, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, firmó junto a Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, ambos electos para esos cargos. Sin la posibilidad de tratar aquí el texto con el detenimiento que merece, veamos algunas de sus ideas cardinales.

En el comienzo plantea: “La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario Cubano en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo”.

Luego expresa que la guerra no era contra los españoles honrados, sino —como se lee claramente en otras páginas suyas— “contra el sistema incurable e insolente del gobierno” (II, 171) que ahogaba por igual a cubanos y a españoles, y echó por tierra las manipulaciones de quienes azuzaban el miedo al negro. Martí fue el revolucionario que se adelantó a las ciencias en el reconocimiento —lo hizo en “Nuestra América”, publicado en 1891— de la inexistencia de razas en la especie humana, y rechazó una tras otra las actitudes de quienes no estaban dispuestos a bregar por el bien de todos.

Desde sus convicciones afirmó que aquella guerra —la guerra de Martí, la llamó Gómez, quien se sumó a ella sin reservas— no se erigía precisamente sobre “la realidad ingenua de los países que conocían de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas”, sino sobre sólidas bases de realidad y pensamiento. Cuba se hallaba “en el crucero del mundo”, y debía cumplir la responsabilidad que le venía de esa ubicación, que hoy llamaríamos geopolítica.

Lo dice con absoluta claridad: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.

Tenía presentes los peligros que de ese equilibrio entonces inseguro le venían no solo a Cuba y a las Antillas en general, sino a toda nuestra América: “Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.

Si tales advertencias se leen casi al final del “Manifiesto”, no es porque no les concediera la importancia que tienen, sino porque esa ubicación les proporcionaba el fundamento de todo lo que había venido argumentando. Lo hace con relativa prudencia, pero sin menguar la radicalidad de sus ideas. En la carta póstuma a Mercado escribe: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas [también se ha leído ‘para lograrlas’] han de andar ocultas”.

No se refiere a su creciente antimperialismo, que era público y notorio, sino al hecho de que, en su proyecto revolucionario, la guerra en Cuba ya era, más que para vencer al ejército español, para “impedir a tiempo” que se consumaran los planes de los Estados Unidos: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, le confiesa a Mercado.

El “Manifiesto de Montecristi” fue el primer programa público de la guerra cubana de 1895. Sustituyó los Gritos con que tradicionalmente habían empezado las contiendas independentistas en nuestra América: Dolores, en México; Lares, en Puerto Rico; Demajagua, en Cuba, aunque este se conoce como Grito de Yara, un modo de asumir como blasón el primer enfrentamiento armado con el ejército español, que tuvo lugar el 11 de octubre de 1868, tras el alzamiento del 10 en el ingenio Demajagua.

Que el “Manifiesto” ocupase el lugar de un Grito fue uno de los rasgos modernos de una guerra que no empezó en un sitio aislado, sino en numerosas localidades a la vez: para impedir la concentración de las fuerzas españolas y no dar tiempo a la intervención de las estadounidenses, lo que ocurrió en 1898, con las consecuencias conocidas.

El organizador e ideólogo de la guerra cubana murió prematuramente, y esa tragedia cuenta entre los factores que favorecieron la realización de los planes yanquis. Martí fue asimismo, de hecho —aunque no suele decirse, ni se piensa quizás—, un revolucionario estadounidense. No solo por su larga estancia en Nueva York, debido a las circunstancias de su vida de conspirador contra la Corona española, sino porque denunció las lacras de la sociedad de aquella nación, y defendió su movimiento obrero con ideas que lo ubicaron a la izquierda de sus representantes nacionales.

También o sobre todo lo fue porque su afán de salvar el equilibrio del mundo incluía sanear el honor ya entonces dudoso y lastimado de los Estados Unidos, hoy brutalmente roto, con graves implicaciones para otros países y para el propio pueblo estadounidense.

Para la patria de Martí está claro que su pueblo no tiene que ofrecerle al estadounidense cambiar para favorecerlo en su bienestar: nada hace contra él, y es el gobierno de esa potencia el que agrede y hace sufrir al pueblo cubano. La mejor contribución que puede brindarle Cuba al estadounidense es mantener la verticalidad antimperialista que Martí sembró en la conciencia de esa mayoría que merece llamarse el pueblo cubano.

Lo adelantó el propio Martí en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, como si estuviera diciéndolo hoy, y olvidarlo sería un acto de traición: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. (Imagen de portada: Fotograma de la película cubana Páginas del diario de José Martí, de José Massip).

Notas:

Las referencias con números romanos y arábigos en citas de José Martí remiten, respectivamente, al tomo y a la paginación que les corresponde en sus Obras completas editadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones.

2 Por la fiabilidad textual del Epistolario (La Habana, 1993) de José Martí, y por estar reunidas en el mismo tomo, el V, las cartas del 25 de marzo de 1895, y la póstuma dirigida a Manuel Mercado, se citan por esa fuente. El “Manifiesto de Montecristi” se halla en las Obras completas (IV, 91-101), pero allí su lectura es ardua, porque aparece mechado con las numerosas variantes o modificaciones que Martí consideró en su redacción. Se sugiere leerlo por otras ediciones, en especial algunas de las dos facsimilares (1985 y 2011) auspiciadas por el Centro de Estudios Martianos: incluyen —además de aportes complementarios—, facsímiles y transcripciones de los borradores y la versión limpia del texto como lo hizo publicar Martí.

Tomado de: https://www.cubaperiodistas.cu/

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Enaltecen patriotismo de Martí en su Vindicación de Cuba

Cada cubano, viva donde viva, debería leer cada cierto tiempo «Vindicación de Cuba», por ser un ejercicio intelectual y espiritual muy útil, del que saldría fortalecido el sentido del patriotismo, por encima de cualquier posicionamiento político o ideológico, argumentó hoy Marlene Vázquez Pérez, directora el Centro de Estudios Martianos.

Vázquez Pérez ofreció este miércoles una convincente disertación, en la sede de la Asociación Cubana de las Naciones Unidas (ACNU) sobre ese artículo, escrito por José Martí en forma de carta al director de The Evening Post, que lo publicó el 25 de marzo de 1889 en respuesta a dos trabajos ofensores, divulgados pocos días antes.

Han pasado 135 años desde los días arduos en que nació ese texto medular, cuya actualidad se ha mantenido intacta, no solo por la vehemencia, vigor estilístico y fuerza argumentativa del verbo martiano, sino porque las circunstancias que lo provocaron, amén de las variaciones históricas, siguen siendo casi las mismas, y si han variado, es para peor, recordó.

Mencionó que el primero de ellos, Do we want to Cuba? (¿Queremos a Cuba?), apareció en The Manufacturer, de Filadelfia, el 16 de marzo, y poco después lo imprimió el propio Evening, con elementos verdaderamente denigrantes para los habitantes del país caribeño, hasta el extremo de  calificar sus tentativas armadas como revueltas que no rebasaban “la dignidad de una farsa».

Un hombre como Martí, continuó, no podía ver en calma esa afrenta e inmediatamente se dispuso a responder de manera enérgica, moderada y convincente  a todas las injurias, e incluso utilizó la lengua del ofensor, para llegar al lector norteamericano medio, que entonces, como ahora, desconocía mayoritariamente lo que tenía lugar fuera de sus fronteras.

Añadió que su modo de comenzar el texto da fe de su voluntad de unir a los cubanos, independientemente de su posición política, pues todos fueron agredidos por igual: “Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter”.

En específico, reprodujo la cita de que connacionales, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos, aunque así no pensaba la mayoría: los que han peleado en la guerra, los desterrados, “los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil”, científicos, comerciantes, empresarios, maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas.

A partir de ese momento, enfatizó, Martí despliega una poderosa argumentación, basada en hechos tangibles, en nombres propios, en vínculos entrañables entre los dos pueblos, pues llega a aludir hasta a los norteamericanos que pelearon en la Guerra de los Diez Años, como Thomas Jordan o Henry Reeves, este último caído en combate.

Entre los cubanos que honraron a la patria desde la emigración, destacó en primer lugar al poeta José María Heredia, el cantor del Niágara, iniciador del romanticismo en Hispanoamérica y conspirador independentista, quien marchó al exilio porque su vida corría peligro.

Seguidamente, citó al ingeniero Aniceto García Menocal, jefe de las obras del proyectado canal por Nicaragua, figura de alto prestigio en el ámbito académico estadounidense, y de igual manera, elogió a Francisco Javier Cisneros Correa, impulsor de la navegación fluvial y el ferrocarril en Colombia, entre otros.

Llamó la atención que en esa nómina de desempeño exitoso sitúe en el sitio señero al bardo romántico, capaz de desafiar muy tempranamente al gobierno colonial y quien abandonó la seguridad económica y el triunfo intelectual por el destierro y el cumplimiento del deber.

Ello no es casual, dijo, si nos atenemos a la propia concepción que tiene Martí de la poesía, expresada en otro texto imprescindible, su semblanza del poeta estadounidense Walt Whitman: ¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?

Subrayó que su concepción de la cultura como elemento unificador de la nación, y base del patriotismo, queda aquí expuesta, y aclara sobradamente el por qué de la primacía concedida a Heredia.

A tenor con la gravedad del asunto, Martí tradujo rápidamente los artículos ofensores y su respuesta a la injuria, y ya el 3 de abril de ese propio año circulaba entre la emigración de habla hispana asentada en Nueva York el folleto Cuba y los Estados Unidos, salido de las prensas de El Avisador Hispanoamericano.

Además, lo envió de manera personalizada a varios amigos suyos, sensibles al tema de la anexión de Cuba, e incluso a partidarios de ella, como el caso de José Ignacio Rodríguez, con lo cual aspiraba  a sumar a la causa de la defensa de Cuba a todos aquellos que la amaran sinceramente, salvando las diferencias de opinión y poniendo por encima el afecto y el interés nacional.

Hoy estamos abocados al mismo dilema, aseguró Vázquez Pérez, de un lado el pueblo norteamericano y las facetas honestas de la intelectualidad progresista de aquel país, de otro, las fuerzas terribles, partidarias de la guerra, ancladas en un discurso neofascista, que pretende sojuzgar a la humanidad, especialmente a  los pueblos del Sur, a los que miran con ambición y desprecio, sostuvo.

Cabe decir, entonces, que ese texto de Martí, pensado en función de Cuba, puede ser leído hoy, con toda justicia, como Vindicación de Nuestra América, o mejor, de todos aquellos pueblos que luchan por su soberanía y en pos de un ideal de paz y  justicia social, concluyó.

Tomado de: https://www.acn.cu

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Cuba y Costa Rica: la hermandad no se quiebra por decreto

La república de Costa Rica acaba de bajar aún más el nivel de las relaciones con Cuba y ha pedido la salida del personal diplomático de la Isla. Aunque sea una actitud detestable por parte del gobierno, plegado a los Estados Unidos, ningún decreto presidencial puede dañar los vínculos de consanguinidad compartida y la historia de afecto e intercambio cultural entre las dos naciones.

Las dos visitas de José Martí a ese territorio (1893 y 1894), dejaron una huella perdurable en el imaginario costarricense, al punto de que se le rinde homenaje como si fuese uno de los próceres de esa tierra.

El cubano dejó testimonio de su gratitud por las muestras de cariño y hospitalidad que recibió, en su carta a Pío Víquez, destacado intelectual y director de El Heraldo de Costa Rica: “Solo de un modo puedo responder a esta merced grande: y es pedir a Vd. y a mis amigos de Costa Rica que me permitan servirla como hijo”.1 Asimismo, se conservan dos hermosas crónicas suyas, “La parranda” y “Un domingo en San José”, referidas a asuntos de la vida cotidiana y las festividades populares desde la mirada atenta del viajero.2

El objetivo fundamental de estos dos viajes de Martí fue reunirse con la numerosa emigración cubana asentada en el país, pues ya estaban en curso los preparativos de la Guerra necesaria.

El 6 de julio de 1893, en compañía de Pío Víquez, visitó el hogar de la familia García Monge, e impresionó de tal modo al niño Joaquín, que este dedicaría su vida a la difusión y estudio de los ideales martianos y al servicio de la cultura nuestroamericana. El intercambio entre Cuba y Costa Rica, que había alcanzado un punto cenital en el siglo xix, debido a la ya aludida presencia martiana, pero sobre todo al establecimiento de una nutrida emigración en la zona de Guanacaste y en otras regiones del país centroamericano, continuaría por otros cauces en el siglo xx. García Monge sería el propiciador, por excelencia, de ese diálogo intercultural, con su revista Repertorio Americano (1919-1958), de miras continentales y proyección universal. En sus páginas la obra de Martí y la cultura cubana en general fueron presencia asidua.

Todo lo que puedo escribir desde el punto de vista histórico y literario palidece ante la emoción experimentada en octubre de 2013, cuando visité Costa Rica por primera vez, invitada como conferencista al encuentro internacional de Cátedras Martianas, en la Universidad de Costa Rica (UCR), sede del Pacífico. Me fue dado encontrarme con personas desconocidas, que me abrazaron espontáneamente porque llevaban en sus venas sangre cubana. Descendían de Flor Crombet, de los Maceo, de los Milanés, de Bayamo, o de los Odio, de Santiago der Cuba, y de otros que ahora no recuerdo, aunque los apellidos se hubieran perdido en la marea de la genealogía familiar.

Al visitar Nicoya, donde estuvo establecido Maceo con un nutrido grupo de cubanos emigrados, se repitió lo que ya había vivido en San José y en Puntarenas. Y la emoción creció aún más al entrar a la escuela, y encontrarme, en la dirección, con dos retratos enormes y hermosos, de Martí y de Maceo, dando la bienvenida a los visitantes.

Por esos días tuve también el privilegio de conocer a Tatiana Lobo, escritora chilena nacionalizada costarricense, que me regaló autografiada su novela El año del laberinto.3 Se trata de un libro extraordinario, que recrea la historia compartida entre nuestros dos países con las libertades que otorga la ficción, pero cuya verosimilitud nos hace sentir y palpitar con sus protagonistas. En medio de la trama novelesca y alternando con personajes literarios, entre sus páginas emergen Martí, Maceo, María Cabrales, Flor Crombet, Enrique Loynaz del Castillo, Pío Víquez y otros, retratados con maestría y llevados al lector con una prosa depurada, que se apoya, entre varios recursos literarios, en las crónicas que escribiera Víquez para El Heraldo de Costa Rica.

Conocer que en Puntarenas existe el Liceo José Martí, fundado en la década del cuarenta para favorecer a familias de escasos recursos, cuyos hijos no podían estudiar en la capital, es conmovedor. A la entrada de dicha institución hay un magnífico busto del Apóstol de Cuba, que es objeto de frecuentes homenajes. Lo mismo ocurre con el de la ciudad de Orotina.

Durante muchos años y hasta el presente, ha existido la Asociación porteña Convergencia Martiana, fundada por egresados de ese Liceo. Por encima de proyecciones ideológicas, intereses profesionales, o estatus social, sus integrantes se caracterizan por el civismo, la vocación de servicio a la comunidad y el sentido de la ética, y son difusores del legado de José Martí.

Desde hace un cuarto de siglo ha funcionado, a despecho de muchas dificultades, la Cátedra Martiana de la UCR sede del Pacífico, en Puntarenas. Su trabajo sostenido, tanto en lo académico como en la formación ciudadana de los estudiantes y profesores, ha sido y es muy meritorio, así como su impacto entre los sindicatos y trabajadores de la ciudad.

Entonces, no es posible echar por tierra lazos de hermandad y recuerdos entrañables que han pasado de una generación a otra: perviven y se concretan en proyectos contemporáneos. Pasarán estos años oscuros de aislamiento, de neofascismo, de rupturas y posiciones lacayunas, pero no decaerán el afecto y la solidaridad entre nuestros pueblos. Están a salvo en toda esa historia compartida.

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Compilación de textos sobre pensamiento martiano

El investigador italiano, Doctor en Ciencias Luciano Vasapollo, profesor eminente de la Universidad de La Sapienza, gran promotor en el mundo de la obra de José Martí, presentó (hoy, 19 de marzo-Centro de Estudios Martianos) la compilación de textos: La actualidad del pensamiento de José Martí, curaduría compartida con sus colegas Mirella Madafferi y Rita Martufi.

Además de textos de los tres autores-compiladores, el volumen incluye ensayos de Marlene Vázquez Pérez, Abel Prieto, Isabel Monal, Ramón Labañino, Eduardo Torres Cuevas, Roberto Fernández Retamar, Katia Briceño Yaselli, Francisco Domínguez, Padre Numa Molina, Alejandrina Reyes, Joan Tafalla, Adán Chávez Frías, Pedro Pablo Rodríguez López, Stefano Zamagni, Luigi Rosati, Efraín Echevarría Hernández y Viviana Vasapollo.

Dicha compilación precede un programa de esfuerzos editoriales previstos para el año 2026, junto a la salida de la revista Nuestra América, además de proyectos a concretar en 2027, en homenaje al medio siglo de fundado el Centro de Estudios Martianos.

Presentado por la doctora Marlene Vázquez Pérez, directora del CEM, Vasapollo intervino para expresar su solidaridad con el pueblo cubano en momentos tan difíciles en los que, lamentablemente, algunos gobiernos (como el de Costa Rica) rompen relaciones con Cuba, como si fuera posible borrar de un plumazo los vínculos –construidos con respeto entre ambos pueblos– y acendrados a lo largo de la historia con la estancia allí del líder cubano José Martí, venerado en Puntarenas donde, en conmemoración del año 130 de su visita, fuera declarado (2024) Huésped de honor.

Vasapollo, miembro de honor del CEM, instó a no perder la fe y mantener la firmeza y la autonomía que caracteriza al cubano, así como continuar el proceso de búsqueda de una paz digna.

©PJM

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“Vindicación de Cuba”, un texto imprescindible hoy

La Dra. Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos, impartió ––este lunes 9 de marzo– la conferencia “Vindicación de Cuba, de América, de la Humanidad” ante alumnos y profesores de la Escuela de Ballet “Fernando Alonso” (Prado 207, entre Colón y Trocadero, La Habana Vieja).

Este encuentro, coordinado por la Dirección de Formación Artística del Ministerio de Cultura, forma parte del programa de educación cívica e histórica que se imparte a los futuros bailarines y, a su vez, constituye una de las acciones esenciales en la difusión de los estudios de vida, obra y pensamiento del prócer cubano, que realizan importantes investigadores desde que fuera creado el Centro de Estudios Martianos en 1977.

La conferencia, de gran recepción en el auditorio, generó interesantes debates acerca de la actualidad de los postulados martianos en el contexto que vivimos hoy en Cuba, América Latina y el mundo.

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