Tres momentos de ayer para mañana
Por: Guillermo Castro Herrera

Mi generación comprendió a Fidel desde nuestra América, en el puño y letra de Juan Gelman. Veníamos de un mundo conservador de clase media, en el que se agotaba ya la movilidad social ascendente que había nutrido las ilusiones de nuestros padres y abuelos en la década de 1950, y se hacía sentir de múltiples maneras el desgaste de la cultura del bienestar autocomplaciente que fomentaba ahora el miedo al cambio social. Fue desde esa realidad, y de la experiencia de ese cambio en Cuba, que leímos el poema Fidel, que Gelman dedicara al rico y profundo vínculo moral entre el dirigente y su pueblo. (2)

Guillermo Castro Herrera*, colaborador de Prensa Latina

Gelman fue un autor de rigurosa intolerancia frente a aquella cultura que se agotaba, y lo fue además en nombre de la que buscaba forma nueva de expresión desde la revolución que nacía en Cuba para nuestra América. Escribía de un modo que encajaba de manera inédita con aquella visión martiana que advertía que en esta América no había “batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.” Y Gelman era, en verdad, el hombre natural que vencía “a los letrados artificiales.” (3)

Para alcanzar esa victoria, Gelman violó de intento las normas de valoración y de expresión de aquellos letrados. Y lo hizo desde aquellas primeras líneas que pusieron el elogio en su propia perspectiva: “dirán exactamente de fidel / gran conductor el que incendió la historia etcétera / pero el pueblo lo llama el caballo y es cierto”. El apodo tan bien ganado se explicaba en la acción del apodado: “fidel montó sobre fidel un día / se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte / pero más todavía contra el polvo del alma”, que entonces nos agobiaba a los jóvenes que éramos.

Y de allí pasaba el poema, como una espiral ardiente, a la reiteración y la ampliación de su sentido: “la Historia parlará de sus hechos gloriosos / prefiero recordarlo en el rincón del día / en que miró su tierra y dijo soy la tierra / en que miró su pueblo y dijo soy el pueblo / y abolió sus dolores sus sombras sus olvidos / y solo contra el mundo levantó en una estaca / su propio corazón el único que tuvo”. Con eso abrió paso el poema al sentido final de su hechura: “fidel es un país / yo lo vi con oleajes de rostros en su rostro / la Historia arreglará sus cuentas allá ella / pero lo vi cuando subía gente por sus hubiéramos / buenas noches Historia / agranda tus portones / entramos con fidel con el caballo.”

Aún pasarían siete años antes de ver yo a Fidel en su persona. La primera fue en octubre de 1968, en el ingenio La Demajagua, cuando se conmemoró el primer centenario de la guerra de independencia de Cuba, que devendría después en la primera – y triunfante – guerra de liberación nacional en nuestra América. De aquel momento queda en la memoria de quien llegaba al lugar desde un país cuyo pueblo luchaba por convertirse en nación, el modo en que el discurso encaraba ese problema.

Quizás para muchos la nación o la patria ha sido algo así como un fenómeno natural, quizás para muchos la nación cubana y la conciencia de nacionalidad existieron siempre, quizás muchos pocas veces se han detenido a pensar cómo fue precisamente que se gestó la nación cubana y cómo se gestó nuestra conciencia de pueblo y cómo se gestó nuestra conciencia revolucionaria.

Hace 100 años no existía esa conciencia, hace 100 años no existía la nacionalidad cubana, hace 100 años no existía un pueblo con pleno sentido de un interés común y de un destino común. Nuestro pueblo hace 100 años era una masa abigarrada constituida, en primer término, por los ciudadanos de la potencia colonial que nos dominaba; una masa enorme también de ciudadanos nacidos en este país, algunos descendientes directos de los españoles, otros descendientes más remotos, de los cuales algunos se inclinaban a favor del poder colonial y otros eran alérgicos a aquel poder; una masa considerable de esclavos, traídos de manera criminal a nuestra tierra para explotarlos despiadadamente cuando ya los explotadores habían aniquilado virtualmente la primitiva población aborigen de nuestro país.

Y al exponer el proceso a través del cual esa masa abigarrada se había convertido en una nación a través de su lucha de un siglo por su independencia política y su liberación nacional, se revelaba cómo el presente es el momento en que el pasado construye el futuro mediante la acción de los sectores más conscientes de cada sociedad.

La tercera ocasión fue en el patio del Cuartel Moncada, en julio de 1973, en la conmemoración del XX Aniversario de aquella acción armada de la que José Martí fue el autor intelectual, al decir del propio Fidel en el juicio en que fue acusado de encabezarla. Y allí también tuvo la poesía un lugar destacado, al concluir el discurso con un poema del dirigente revolucionario Rubén Martínez Villena (1899-1934), que en 1933 había tenido un papel clave en el derrocamiento del dictador Gerardo Machado:

«Hace falta una carga para matar bribones, / para acabar la obra de las revoluciones, / para vengar los muertos que padecen ultraje, / para limpiar la costra tenaz del coloniaje, / para no hacer inútil, en humillante suerte, / el esfuerzo y el hambre, y la herida y la muerte; / para que la República se mantenga de sí, / para cumplir el sueño de mármol de Martí; / para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos, / la patria que los padres le ganaron de pie…».

Y concluyó diciendo: “Desde aquí te decimos, Rubén: el 26 de Julio fue la carga que tú pedías”.

Pero quizás el encuentro de efecto más duradero fue el segundo. Ocurrió durante una parada inesperada del tren que llevaba de vuelta a Santiago de Cuba a los estudiantes de la Universidad de Oriente que habíamos participado durante varias semanas en la zafra azucarera de 1970, que se propuso alcanzar la producción de diez millones de toneladas de azúcar, pero no lo logró. La noticia ya era conocida, y ya se había emitido la decisión de convertir aquel revés en una victoriosa recuperación económica.

Lo que no conocíamos era que el tren se había detenido porque Fidel deseaba informarles directamente a los universitarios sobre el camino a seguir. Lo hizo desde una modesta tarima, a viva voz, con serenidad y sincero deseo de ser entendido y comprendido. Lo hizo, en breve, como ningún otro directivo estatal lo hubiera hecho en aquella etapa de la historia de nuestra América, y como muy pocos lo han hecho desde entonces. Y si, en efecto, yo estuve allí entonces, fui parte de aquel instante, y a Fidel lo recuerdo como lo dijo Gelman: “con oleajes de rostros en su rostro”, y puedo decir con él, también, “buenas noches Historia / agranda tus portones / entramos con fidel con el caballo.”

(Alto Boquete, Panamá, 11 de agosto de 2022).

(1) “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. VI: 17.

(2) Del poemario Gotán, Ediciones La rosa blindada, Buenos Aires, 1962. Contenido en Pesar todo (Antología). La Habana, Fondo Editorial de Casa de las Américas. Pág.51

(3) “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI: 17.

*Guillermo Castro Herrera (Panamá,04/09/50) Doctor en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993-1995. Maestría en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, 1977-1979. Licenciado en Letras, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, 1968-1973. Fundación Ciudad del Saber, Panamá: Vicepresidente de Investigación y Formación, 2013 a la fecha. rmh/gch

Tomado de: https://www.prensa-latina.cu

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