Trabajadores franceses

De un hermoso vapor de la Compañía Trasatlántica desembarcaban pocos días hace en New York unos cuantos hombres de faz abierta y franca, cabellera abundante y rebelde, y manos fuertes y rojas. Daban idea de novedad e ímpetu. Parecían alegres invasores, que no dañan donde invaden. Era la comisión de trabajadores franceses que el municipio de París, celoso de la supremacía artística e industrial de su ciudad, envía a estudiar en la Exposición de Boston, y en los talleres de Norte-América, el estado, ventajas y modos de fabricación de los productos americanos.

París, pueblo industrial, envía a sus trabajadores a examinar en los pueblos extranjeros las industrias rivales: así la América del Sur, comarca agrícola, debiera enviar sus cultivadores a aprender el cultivo agrícola en las comarcas en que está perfeccionado.

El municipio de París hace con eso cosa que llena de regocijo a los amigos de Francia. Por harto generosa parece Francia imprudente: pero los que la estudian bien, saben que es prudente,–que la cordura y un supremo buen sentido van en ella a la par de ese hermosísimo desinterés humano, con que viene de viejo dando sin miedo y sin vacilación su sangre por devolver el hombre a sí.–Ningún pueblo reúne en tanto grado las condiciones ideales a las prácticas.–Ninguno goza tanto, ni trabaja más.–Ninguno piensa más ni produce más belleza.

Pues estos trabajadores que sin pompa ni anuncio, y como quien hace viaje natural, vienen a estudiar prudentemente los detalles y adelantos de las manufacturas rivales, ¿no son lo que ha dado en llamarse, con generalización pueril y ligera–como si el buen sentido no fuera de dominio universal,–una «concepción sajona»? ¡Líbrenos el que libra, de los pueblos hemipléjicos, que sólo de un lado se desarrollan, y del otro quedan atáxicos! No hay pueblo en la tierra que tenga el monopolio de una virtud humana:–pero hay un estado político que tiene el monopolio de todas las virtudes:–la libertad ilustrada: no aquella libertad que es entendida por el predominio violento de la clase pobre vencida sobre la clase rica un tiempo vencedora–que ya se sabe que esa es nueva y temible tiranía;–no la libertad nominal y proclamaria, que en ciertos labios parece–y son por desdicha los que más la vociferan–lo que la cruz de Jesús bueno en los estandartes inquisitoriales;–sino aquella libertad en las costumbres y las leyes, que de la competencia y equilibrio de derechos vive; que trae de suyo el respeto general como garantía mutua; que libra su mantenimiento a ese supremo e infalible director de la naturaleza humana: el instinto de conservación amenazado.

Tal estado político, sí hay que envidiar; y por él, y no por ninguna especial virtud de raza, brillan como pueblo magno los Estados Unidos,–que por la ignorancia y falta de espiritualidad de sus masas a veces se opacan.

Pero actividad, pero brío, pero perspicacia y cordura mercantil, sutil ingenio y elegante gracia, pero estrategia financiera, pero amor febril al trabajo–los tienen en grado igual, cuando no en grado mayor, latinos que sajones.–¡Cuándo vendrán de Sur América comisiones como esa francesa!

La América. Nueva York, noviembre de 1883.

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