Salvador Cisneros

SALVADOR CISNEROS

No había en las visitas cubanas, que eran ya su único mundo, caballero más cortés, ni de recuerdos más plácidos y melancólicos. En los álbumes de las muchas casas de su amistad era su ofrenda la más fina y florida, y de su Camagüey, de señorío trabajador, fue siempre la imagen con que loaba el hogar y la niñez. De maestro pasó por el mundo, y no cayó en pedante. Llevó cana la cabeza por muchos años, pero nunca baja; defendió una vez la libertad en Cuba, y jamás volvió a vivir en esclavitud, ni a ver en ella a los demás con indiferencia, o con rabio envidia, que viene de apetecer secretamente con el deseo el oprobio que en alto se condena por el puntillo de la fama. Aún viven, aún habrán renovado la promesa al borde de su fosa porque no basta vivir en el destierro para curarle a la patria la desventura los que con él, en tiempo de hombres, conspiraron al lado de Gaspar Betancourt. Ellos dieron con el remedio de la deshonra de todos, que ha sido siempre el sacrificio de algunos. Creyó en aquella primera masonería de Cuba, de hijos del muérdago inmortal, jurados a extinguir la servidumbre, ajena o propia, de la faz y de las entrañas de la tierra: que importa poco que las cosas se quiten de la faz, si siguen en las entrañas. Fue de los que, cuando nacían de las africanas los hijos esclavos, jamás se reunían a hablar de su libertad sin sacar libre a un hijo: que es la nobleza criolla por donde será Cuba más feliz, y vivirá en más paz, que el Norte egoísta e injusto. A España lo desterraron, que es útil camino, para aprender de raíz cómo no hay nada que esperar de allá: que no cabe un pueblo nuevo de América en una capa de cesante, ni en un bonete grasoso y verdusco, ni en el coche de Rosa la torera, ni en la chistera de un parisiense de peluche, ni en la vaina de un sable. Y en el destierro de New York, después de la dignidad de su alzamiento, vivió Salvador Cisneros conforme a ella, y orgulloso de ella. Tenía al morir ochenta y cuatro años.

UN CAMAGÜEYANO

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