N.Y. 18 Nov. 87

N.Y. 18 Nov. 87
Sr. Juan Arnao
Mi amigo y señor:

Me llega su hermosa carta en un instante en que el trabajo, ni hoy ni en tres o cuatro días, me deja levantar la cabeza. En cuanto pase este huracán de quehacer me sentaré a conversar con V. largamente, con el franco gozo con que un joven que ha aprendido en la pena a ser viejo, habla a un anciano lleno de méritos a quien no ha podido corromper la vida.

Pero mientras le escribo, déjeme decirle, porque, en eso tengo placer, que, cualquiera que sea la extensión de lo que V. flama mi generosidad, que ruego a Dios no sea menos nunca, no sólo pienso yo lo mismo que Vd., y temo lo que Vd., y sé sobre los cuervos lo que Vd. sabe, sino que mi opinión actual sobre el trabajo urgente que nos cumple hacer, proviene precisamente del conocimiento de ese grave peligro, y tiene, como una de sus principales razones, el objeto de irle poniendo valla de antemano. Conque ya ve qué razón pueden tener sus dudas: ya comprende el gusto con que veo confirmadas mis previsiones por un observador tan experimentado y juicioso: ya adivina que para mi país, que es mi pasión, ni las amistades que me supone y no tengo, ni una generosidad extraviada y ciega, me harán jamás ayudar ni consentir en lo que no lleve desinteresadamente al bien y al derecho igual de todos sus hijos; con ánimo firme y grandioso.

A otros menos hechos que yo a descubrir por entre injusticias aparentes el carácter real de los hombres, podrían lastimar sus benévolas reticencias sobre mí. Pero a mí sólo me sirven para estimarlo a V. más porque dan prueba nueva de la pureza con que sirve a su patria.

Su amigo y servidor

José Martí

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