N. Y., 11 de agosto [1882]

N. Y., 11 de agosto [1882]

Mi hermano queridísimo.-

Va para años que no ve V. letra mía: y, sin embargo, no tiene mi alma compañero más activo, ni confidente más amado que V.- Todo se lo consulto, y no hago cosa ni escribo palabra sin pensar en si le sería agradable si la viese. Y cuente de veras con que si algo mío creyera yo que habría de desagradar a V.-no lo haría de fijo. Pero no se me ocurre nada, ni pongo en planta nada, que no vaya seguro, si obra de actividad, de su aplauso;-si pecado, porque soy pecador, por humano,-de su indulgencia. Este comercio me es dulce. Este agradecimiento de mi alma a V. que me la quiere, me es sabroso. Su casa es un hogar para mi espíritu. Todos los días me siento a su mesa, sin ocurrírseme que V. puede estar, por mi silencio aparente, enojado conmigo; ni que me recibiría V. fríamente. Y me parece que tengo derecho a V.,-por el que doy a V. constante y crecientemente sobre mí.-No es que me acuerde de V. en marcada hora del día. Es que sé que V. consolaría mis tristezas, si las viera de cerca, y aún siento que las consuela con su afecto lejano: y es debilidad humana, o acaso fortaleza, pensar en lo que redime del dolor al punto en que el dolor se sufre. Por eso estoy pensando constantemente en V.-como viajero fatigado en puerto, y desterrado en patria, y amante de dama que le engaña en aquella que no le engañó cuando él la amaba. Alguna vez he de decir en verso todas estas cosas, porque en verso están bien, y son verso ellas mismas. Ahora no,-porque estoy lleno de penas, y todo iría empapado de lágrimas.-Y yo tengo odio a las obras que entristecen y acobardan. Fortalecer y agrandar vías es la faena del que escribe. Jeremías se quejó tan bien, que no valen quejas después de las suyas.-Por eso no escribo-ni a mi madre, ni a Vd., ni para mí mismo,-porque pensar en las penas quita fuerza para sufrirlas, y ni podría escribirle sin contárselas, porque me parecería deslealtad, ni escribirle para contárselas, por aborrecimiento a querellas femeniles, o por miedo de que mis pesares creciesen, con hablarle de ellos.-Y a más, porque desde hace dos años tengo un favor que pedirle, que no le voy a pedir ahora porque si fuese a pedírselo, no le escribiría-y como el caso me era útil, y aun urgente, y como sin querer, le hablaba de él en las cartas que le escribía, me ha parecido mal reempezar a escribirle con ocasión de necesidad mía, y he dejado sin enviar; y están ahora ante mí, cuantas cartas le he escrito. En una le hacía cuenta de mi vida de estos años, y le explicaba por qué razón de prudencia social no había ido a refugiarme en México, mi tierra carísima: en otra le pedía consejo sobre una clase de versos rebeldes y extraños que suelo hacer ahora, no por propósito de mente, sino porque así, sueltos y encabritados-y ¡quiera Dios que tan airosos!-como los caballos del desierto, me salen del alma;-y en todas vaciaba en Vd. el alma entera. Su espíritu sereno por todas partes me fortifica y acompaña.-

Otra le escribí, que tampoco fue, cuando me sacaron el Ismaelillo de las manos, y lo pusieron en prensa. En un estante tengo amontonada hace meses toda la edición;-porque como la vida no me ha dado hasta ahora ocasión suficiente para mostrar que soy poeta en actos, tengo miedo de que, por ir mis versos a ser conocidos antes que mis acciones, vayan las gentes a creer que sólo soy, como tantos otros, poeta en versos.-Y porque estoy todo avergonzado de mi libro, y aunque vi todo eso que él cuenta en el aire, me parecen ahora cantos mancos de aprendiz de musa, y en cada letra veo una culpa. Con lo que verá Vd. que no escondo el libro por modestia, sino por soberbia.-

Y en todas esas cartas iban filiales iras mías por la avaricia sórdida, artera, temible y visible con que este pueblo mira a México: ¡cuántas veces, por no parecer intruso o que quería ganar fama fácil, he dejado la pluma ardiente que me vibraba como lanza de pelea en la mano!

Pero ahora supe, por carta del fidelísimo Heberto, que Ocaranza ha muerto. Salió a los labios, en versos que le envío, todo el amor dormido en mi alma. Mi hermana, y V., y su casa, y su tierra llenan esos versos en que no se habla de ellos. –Y ¡es tan raro ya que yo los haga! Estos no los hice yo, sino que vinieron hechos. Que padecí-no he de decírselo: me pareció que me robaban algo mío, y me revolví contra el ladrón: Ya no vive tan buena criatura, que amó lo que yo amo: me queda al menos el consuelo de honrarlo.-Yo no me doy cuenta de si valen algo, o nada valen, y son desborde monstruoso de la fantasía, y no construcción sana, los versos que le mando. Como los escribí, interrumpiendo un trabajo premioso que me llevaba ya ocupado, y con el cerebro inflamado, días y noches,-en el punto mismo en que recibí la carta de Heberto-se los envío. Si le parecen bien, publíquelos. Si no-agradézcame el amor con que los hice, y regáñeme por mi obra ruin.-¡Cuánta bondad y grandeza se llevó el que ha muerto! ¡Qué recado tan bello acerca de V. me mandó con mi amigo Bonalde! ¡Con qué triste ternura miro ahora aquel bosquejo suyo del bosque de Chapultepec, que ha ido paseando por una y otras tierras mi fidelidad, y el mérito del más original, atrevido y elegante de los pintores mexicanos!-¿Qué habrá sido, Mercado, de aquel bosquejo de cuerpo entero de mi hermosa Ana que una vez vi en su cuarto? ¿A qué manos irá a dar, si no es a las de V., en que sea tan bien estimado como en las mías? Dígame qué es del cuadro, y si podría yo tenerlo. ¡Qué regalo para mis ojos, si pudiera yo ver constantemente ante ellos aquella esbelta y amante figura! Me parecería que entraba en posesión de gran riqueza.

Ya va apresuradamente dicho, en mi mesa de empleado de comercio-que es profesión nueva en que entro, por no dar en la vil del desterrado sin ocupación, y ayudar a la amarga de cultivador de letras españolas-lo que de más importancia tenía hoy que decirle.-A Lola-que aún me acaricia el perfume de aquellas florecitas de San Juan que me enviaba su mano piadosa a mi cuarto de enfermo.-A Manuel, que es de seguro un niño hidalgo, un abrazo apretado. Y a la gentil Luisa, y a sus hermanitas, un beso en la mano.-A Vd. -toda el alma de su hermano

J. MARTÍ

¿A qué decirle que hable de mí a Peón, y a Sánchez Solís?- y a cuantos no me hayan olvidado?

Mi dirección:

J. M.

324 Classon Av.-

Brooklyn

L. I.-

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