Missisipi desbordado. San Francisco vs chinos

El Misisipi desbordado.—Guerra social.—Numerosísimas nuevas.—Un monumento roto.—«¡No han de alzarse monumentos a traidores!»—La historia del mayor André y del traidor Arnold.—Colonos aduladores.—Henry Garnet, notable orador negro.—Hermosa vida de Henry Garnet.—Corre sangre en Omaha.—Graves huelgas.—San Francisco contra los chinos.—Los Estados Unidos cierran sus puertas a los chinos.—Washington, Chicago, Boston.—El caballo de Sheridan.

Señor Director de La Opinión Nacional.

El Misisipi desbordado, aquel río hermoso que vieron, antes que ojos algunos de Europa, ojos de españoles,—arrasa e inunda aldeas, haciendas, centenas de hombres, millares de ganados. Llena de agua los valles. Trueca en mar la comarca. Y así se precipitan en los diarios las nuevas, los aniversarios, las lidias del Congreso, las noticias de muerte, los cuentos de crímenes, las narraciones de fiestas, la historia de las rebeliones imponentes que se encrespan y estallan en las ciudades vírgenes de las lejanas selvas, y que parecen ensayos tímidos de la revuelta colosal y desastrosa con que, en futuros tiempos, habrá de estremecer a esta tierra la pelea de los hombres de la labor contra los hombres del caudal. De Europa viene a este país la savia y el veneno. El trabajador que viene aquí, ya odia. Si prospera, como su rencor era alimentado por su infortunio, acalla su rencor. Mas si medra penosamente, y mientras no medra, vierte en los que le cercan el odio que le llena. De vivir exclusivamente para el laboreo de una fortuna, viene que sea desnudo y formidable el apetito de poseer, envilecedor en los hombres cultos, y tremendo en los hombres ignorantes. Vese aquí cómo los ricos se van agrupando y espaldando, y buscando gobierno para sí, que les ponga a cubierto de las demandas de los pobres. Y vese cómo los adoloridos de otras tierras, enardecidos por la dificultad que a su progreso opone el visible concierto de los ricos, azuzan las iras y avivan la mente de los pobres desasosegados. En esta tierra se han de decidir, aunque parezca prematura profecía, las leyes nuevas que han de gobernar al hombre que hace la labor y al que con ella mercadea. En este colosal teatro llegará a fin el colosal problema. Aquí, donde los trabajadores son fuertes, lucharán y vencerán los trabajadores.—Los problemas se retardan, mas no se desvanecen. Negarnos a resolver un problema de cuya resolución nos pueden venir males, no es más que dejar cosecha de males a nuestros hijos. Debemos vivir en nuestros tiempos, batallar en ellos, decir lo cierto bravamente, desamar el bienestar impuro, y vivir virilmente para gozar con fruición y reposo el beneficio de la muerte. En otras tierras se libran peleas de raza, y batallas políticas. Y en esta se librará la batalla social tremenda.

Mas de prever vengamos a ver. No tienen los ojos espacio para todo lo que salta a ellos. Ya es el guía de la raza negra que muere. Ya son mineros y ferrocarriles que se alzan en demanda de monto de sueldos. Ya son californianos avarientos, que tienen celos de los chinos sobrios, y exigen en el calor de los motines que se ponga coto a la venida de los chinos. Ya es una moza que ganaba poco con los vestidos de su sexo, y para hacer oficios de hombre, que acarrean mejor salario, y que ella hizo cumplidamente, como criado de comedores y mancebo de tienda, se embarcó vestida de hombre, por lo que fue presa, y movió curiosidad, y anda ahora libre. Ya es que esta ciudad provinciana hace gala de tener en menos que en las ciudades de Europa tienen a la Patti, como si no fuera el honrar a quien lo merece, honrarse a sí, y el negar honra a aquel a quien se la debe, quitarse honra a sí propio. Ya son guerreros que cenan, para hacer memoria de sus heridas, sus marchas y sus guerras. Ya niñas de dieciocho años que preguntan a los diarios si no será la edad suya edad buena de casarse, contra el consejo materno, a lo que uno de los diarios dice que ese de dieciocho años ha de ser afecto pueril, y celaje de primavera, y que es bueno aguardar a más, por ver si el celaje hermoso resiste al sol de estío y a las nieves del invierno, por lo cual el consejo de la madre, aunque parezca áspero a la hija, es buen consejo. Ya, todos encintados de verde, calzados con botas corpulentas, y coronados de extraños sombreros, pasean, tras de su general que va a caballo, los hijos de Irlanda, la ciudad en este día de su patrón amado San Patricio. Ya son abanicos que se exhiben; monumentos cuya demolición se trama; diarios que, en este mes de anuncios, se venden como diarios y son montes; banquete con que celebra el presidente en Washington, en mesa llena de rosas y jazmines, a los buenos y graves jueces de la Suprema Corte. O es ya séquito fantástico de gentes de circo encabezado por mozas robustas vestidas de reinas de Escocia, y por titiriteros en trajes de condes y de duques, en que a la lumbre eléctrica, que baña de luz blanda las calles, resplandecen crinajes de árabes corceles, melenas de leones, labios fangosos de chacales, colmillos de elefantes, jorobas de dromedarios, ojos de hiena.

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