Los recuerdos de un octogenario
(THE RECOLLECTIONS OF AN OCTOGENARIAN).
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POR HENRY HILL
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MEMORIAS DE LA INDEPENDENCIA.
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SAN MARTÍN, O’HIGGINS, COCHRANE, BLANCO, CARRERA.

¡Qué encanto tienen los cabellos blancos! Parece que viene de alto lo que viene de ellos. Las puerilidades mismas, están llenas de gracia en los ancianos. Se les ve como a veteranos gloriosísimos que vuelven heridos de una gran campaña. Los defectos, los delitos mismos, parece como que se funden y desaparecen en la majestad de la vejez. ¡Qué hombres, esos que han vivido ochenta años! Aun cuando hablen con voz trémula y anden con paso tardo, se les ve como a titanes. La vida llevaron a cuestas, y la sacaron a la orilla! A fuego lento se les ha ido blanqueando, como la corteza al hierro en la fragua, los cabellos.

Llegan ahora a la mesa de LA AMÉRICA, en un libro impreso para unos cuantos amigos, los “Recuerdos de un Octogenario”, un octogenario que vio el alba del siglo, y la de la Libertad, en Sur América; que vio al sol en los Andes, y a San Martín antes de Maipú, y después de Chacabuco; que conoció a Cochrane, a O’Higgins, a Carrera, a Blanco; que luego de cincuenta años de reposo propio y visión de catástrofes y maravillas en su tierra, no escribe de ellas cuando al dejar ya en manos de sus hijos y amigos el bordón florido recuerda y cuenta; sino de los hombres que vio, montes que ladeó, himnos que cantó y cosas que admiró en la época de revuelta y nacimiento de la nueva América, como si aquellos hubieran sido sucesos y hombres que con su tamaño dominasen y con su luz eclipsasen cuanto tras de ellos, en sus fatigas de trance y conatos de reacomodo, ha trabajado nuestro siglo.?Y en verdad, en verdad, fue como si de moradas profundas hubieran de súbito aparecido, descubierta la cabeza, los pies calzados de espuela de diamante, y en la mano—como porción de ella, la espada, hombres hechos de fuego que con el empuje de sus espaldas rompieron, arrastraron tras sí y cambiaron de lugar la tierra. Ahora no se ve bien: se verá luego. Los siglos se petrifican, y se hacen hombres: pero para eso es necesario que pasen siglos. Después, a gran distancia, se observan mejor su tamaño y su obra. El que vio hervir, en tacho burdo el hierro de que se hizo el primer clavo, no imaginó la fogueante y hendente locomotora?que cabalga en los montes y los lleva a rastras.

Henry Hill se llama el antiguo comerciante, misionero y cónsul de los Estados Unidos en la América del Sur, que publica ahora sus recuerdos. No escribe como un entusiasta, ni como un pretencioso, ni como un censor, sino como quien vio con buen juicio y alma sana, y a los sesenta años, esboza. Su libro no es de opiniones; ¡pobre librillo cariñoso!; sino de simples y honradas reminiscencias. No llega a doscientas páginas en octavo, pero deja ver un corazón puro, en quien larga y dichosa vida en la América del Norte no ha entibiado el amor y respeto que en su época heroica le inspiraron los héroes, naturaleza y hazañas de la naciente América del Sur.

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