Los indios en los Estados Unidos

Bosquejo del problema indio.–Política del presidente Cleveland con los indios.–Convención de Amigos de los Indios.–Historia y Estado de las reducciones.–Carácter del indio.–¿Qué educación debe darse al indio?

Nueva York, octubre 23 de 1885

Señor Director de La Nación

Lake Mohonk es un lindo lugar en el Estado de Nueva York. Convidan a la grandeza los bosques de Adirondack cercanos que talan sin sistema especuladores torpes:–en bosques, como en política, no es lícito derribar sino para edificar sobre las ruinas. A la serenidad invita el lago; y el río, que pasa cerca, a fecundar sin ruido e ir hacia delante, rumbo al mar:–los ríos van al mar, y al porvenir los hombres. A ese retiro pintoresco se acogieron este otoño, cuando las hojas amarillean y se enrojecen, los amigos de los indios, para tratar en paz del modo de atraerlos a una vida inteligente y pacífica en que no sean como ahora, burlados sus derechos, engañada su fe, corrompido su carácter y sus revueltas frecuentes y justas. Era de ver en aquella reunión de hombres y mujeres benévolos la ausencia de ese espíritu de teoría que afea y esteriliza, o retarda por lo menos la obra cordial de tantos reformadores, y suele enajenarlos, por la repulsión que a una mente sana inspira la falta de relación y armonía, el apoyo solícito de los ánimos moderados que serían de otra manera auxiliares eficaces de la reforma. El genio, que detona y deslumbra, no necesita desembarazarse del buen sentido que hace fecunda su vida en la tierra. Senadores, comisionados, superintendentes, compartían allí la generosa faena con periodistas entusiastas y sacerdotes protestantes. Una mujer abrió en los Estados Unidos los corazones a piedad de los negros, y nadie ayudó a libertarlos más que ella, la Beecher Stowe, la que, apasionada de la justicia, no tuvo luego miedo de deslucir con revelaciones tremendas a propósito de Byron el éxito fecundo de La cabaña del Tío Tom, lágrima que habla!

Mujer ha sido también la que con más sensatez y ternura ha trabajado año sobre año por aliviar las desdichas de los indios. Helen Hunt Jackson, de seso fuerte y alma amante; que acaba de morir, escribiendo una carta de gracias al presidente Cleveland por la determinación de este a reconocer ser de hombre y derecho a justicia en la gente india. Y en la convención de Lake Mohonk hubo gente de verba apostólica y dotes de Estado; pero la estadística cerrada, la cuenta estrecha, la implacable cifra, no fue ni de los superintendentes, ni de los comisionados, ni de los senadores,–sino de una mujer, de Alicia Fletcher, viva en el discurso, segura en el razonamiento, diestra en el debate.

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