La inmigración en los Estados Unidos y en Hispanoamérica

Aviso a México

Corre por estos diarios norteamericanos desde hace un mes un consejo a nuestras tierras que faz a faz ha de llamarse insidioso, por la razón porque se da, y es la de que la inmigración italiana conviene singularmente a nuestros pueblos. Conviene, pero no de todas partes de Italia, ni de la clase que viene ahora a los Estados Unidos. A México sobre todo le dan el consejo, porque es el vertidero más cercano. ¡Oh, México sería muy feliz con los inmigrantes italianos! ¡Excelentes, los inmigrantes italianos! Y se hacen lenguas, –atiéndase a esto bien– de la ventaja que es para un país el allegar elementos de población que le sean afines, y puedan mezclarse con la masa común por el hábito del clima, las semejanzas mentales, y la analogía de los antecedentes. La caridad de estos diarios es mucha, mucha. Grande es el celo que están mostrando estos días porque nuestra tierras, y México sobre todo, acojan con júbilo a los italianos que ellos desdeñan. Sépase, pues; porque, por el ansia de lo que se llama progreso, y suele no ser más que inconsiderada novedad, podría tomarse en serio por algún demógrafo novel este consejo torvo e interesado.

La tendencia a restringir la inmigración viene siendo mucha en los Estados Unidos, sobre todo desde que, con la ayuda de cierta parte de los inmigrantes, prosperan más de lo que conviene las ideas de violenta reforma social, ya porque los recién venidos, al amparo de una libertad mayor, dan expresión vehemente a sus largos rencores y esperanzas vanas, ya porque, espoleados a la vez por el ejemplo afuera y el malestar propio, meditan los obreros norteamericanos más de lo que place a una sociedad mantenida aún, por más que fuesen los injertos políticos, sobre tradiciones y privilegios. Y antes de cortar el mal, que es la inquietud obrera, por la raíz de donde viene, por las causas que producen la escasez de trabajo y la injusticia en la distribución de sus rendimientos, se vuelven contra las masas con causas y razones aparentes. Por esto deciden que la inmigración es ya excesiva, y ha de irse reprimiendo: que está entrando en la República demasiada levadura anárquica: que el descontento y amenazas provenientes de ser el trabajo menos que los que vienen a buscarlo, aumentarán mientras más vengan: que es preciso ir cerrando las puertas a los inmigrantes, y exigirles de catorce a veintiún años de residencia, antes de darles voto en los asuntos públicos: que debe salvarse a tiempo lo que queda de esta República semipatricia y de genuinos americanos. Pero lo que crea esta nueva filosofía social no es el justo amor a la pureza de las instituciones patrias, sino el miedo de los ricos a que se les vengan encima las turbas desesperadas, –y el miedo de los pobres a verse sin trabajo. De esos dos elementos, y de unos cuantos yankees hoscos que ven lo extranjero con ojos torcidos, se compone el nuevo American Party, que era una nada ayer, y hoy tiene junta su Convención, con más de doscientos delegados de Estados diversos, en la misma ciudad de Washington.

Pero con ser los Estados treinta y ocho, y los delegados doscientos, setenta y ocho de ellos pertenecen a un solo Estado: el de Nueva York. Y es que a esas razones generales contra la inmigración se agrega en Nueva York una ley local, que es el predominio irlandés en las cosas políticas; y la necesidad que en virtud de él tiene la prensa, vendida a los partidos o medrosa de ofenderlos, de halagar hasta en sus ridiculeces y odios, a los que, en sí o en sus hijos dominan la ciudad, y aun el Estado.

Y como el irlandés es en su tierra muy mísero e infeliz, se ase como un caracol al bienestar que encuentra aquí al venir, y con toda su pasión aborrece al italiano que viene a disputarle el jornal que le dan –por barrer calles, acotar rieles, empedrar caminos, y cavar acueductos– aquellos otros irlandeses o hijos de ellos ya endiosados, y hasta en la apariencia de su cuerpo semejantes a las divinidades primitivas, por lo pomposo de la persona, lo lleno de joyas y lo fanático del culto.

Este odio del irlandés al italiano es mayor por lo mismo que ambas inmigraciones, se parecen en lo ruin de sus empleos y en lo mezquino de sus hábitos, porque si el italiano vive por pobreza en cuartuchos fétidos, apilados, maridos y mujeres, hermanos y hermanas, padres e hijas; si de un cazolón comen veinte a la vez, encuclillados en la sombra, los hombres febriles, las mujeres con los recién nacidos, como gusanos, colgándoles del pecho; si hay por Mulberry Bend y por Mott Street covachas de napolitanos que parecen haces de huesos vivos, con todo el fósforo en la calentura de los ojos, –el irlandés no le lleva mucha ventaja, metidos con su parentela en casuchas hediondas, sin más flor que la col, bebiendo a tinas los fondos turbios de los cuñetes de cerveza, sin amistad más íntima que el chivo y el puerco. De ahí crecen, pero así son en la raíz. Y como el irlandés, en virtud de lo muy oprimido que lo tienen, es despótico, y ve aquí de señores a los suyos, que eran poco menos que siervos en su tierra, ya se cree señor él en cuanto llega de Irlanda, y ve todo este país como su patio, y a los que buscan trabajo acá, los ve como a los puercos del corral vecino, que se entran sin derecho a comerle sus coles. El número, que es el voto, es irlandés en Nueva York.

Sin el voto irlandés, nadie puede vencer en Nueva York.

Irlandeses son los policías, los alcaldes municipales, muchos representantes a la Asamblea y Senado del Estado: los empleos de cuenta de esos que rinden de diez a ochenta mil pesos al año, son de irlandeses o de hijos de ellos, que siguen creyéndose en el país como de conquista, y tratando a la República como venida al mundo para mantener en principados y canongías a los emigrados de Irlanda.

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