La exposición de caballos

La exposición de caballos

Celebró New York, con éxito grande, la suntuosa Exhibición de caballos que en nuestro número de Octubre anunciamos. De tal manera previmos lo que en ella había de ver el público, que ya apenas nos queda cosa nueva que decir de la Exhibición.

Veinte mil personas cada día la vieron, más de $40,000 produjo. Cerca de cuatrocientos caballos entraron en las cuadras. Excepto Clydesdales, buenas bestias de tiro, allí estaban representadas todas las grandes razas.

De la mañana al alba, el Hipódromo de Madison, en que caben diez mil espectadores, rebosaba gente. Ya era que en el amplio circo paseaban en triunfal procesión, guiadas por los premiados de cada grupo, las diversas especies del hermoso bruto en cuyo honor y para cuya mejora se celebraba la fiesta;–ya que, en caballeresca competencia, una cincuentena de elegantes jinetes hacia caracolear, trotar, encabritar, pasear a sus caballos dóciles de silla, sin que hubiera jinete mejor que uno cubano, que lucía su caballo premiado, y parecía el gentil espíritu de la caballería. Ya eran las bombas de fuego, que para abrir la fiesta cada día, en desatada carrera salían, campaneando y chispeando, de su tienda en el fondo del circo, a ver cuál de ellas, tiradas por caballos poderosos, que parece que saben que van a salvar gentes, llegaba al cabo opuesto. Ya eran ejercicios de policía montada, no más experta por cierto que un vulgar escuadrón de caballería de ejército, a no ser en una suerte notable, que consiste en salir corriendo a la par de un caballo desbocado, y detenerlo o arrancar de la silla a su jinete. O ya era un centenar de caballos saltadores, que montados por audaces équites, daban tres vueltas al circo, entre las palmadas de la elegante muchedumbre, por sobre vallas, matorrales fingidos y altas cercas.

Los palcos que ceñían el circo estaban cuajados de las más notables familias neoyorquinas. Cuantos galanes tiene la ciudad, que son muy numerosos, más sin que sobresalga en ello mucho lo galán, parecían por lo asiduos en los cinco días de la fiesta, frutos de circo: y muchos lo eran. Alrededor de la arena, las más notables fábricas de Inglaterra y los Estados Unidos lucían sus más bellos carruajes y arneses.

En las caballerizas, que eran tantas que se salieron del circo e invadieron las calles a que da el Hipódromo, lucían los trotadores su cabeza grande, de ojos avisados y lucientes, sus musculosos pechos y sus ancas caídas,–y los caballos de camino su cuello largo y sus ancas redondas,–y cada especie sus mejores hijos.

Triunfaron, como triunfan siempre, y en todo, el tamaño, la elegancia y la gracia.

Por tamaño, los percherones, que parecen hechos para llevar a lomos torres y castillos: percherón había, parecido a los caballos del Automedonte de Regnault que pesaba 2 000 libras: como hemisferios de colosal albaricoque se levantaban sus macizas ancas.

Por elegancia, ¿qué caballo había de vencer sino el árabe? Dos árabes había: los dos premiados. Fueron los que el Khedive de Egipto regaló al General Grant, cuando en busca de fama que le llevase a la tercera presidencia, corría el mundo, en amistades grandes con los políticos de espada y puño. De estas dos lindas bestias, que vienen de padres casi bíblicos, uno tiene probada su nobleza por abolengo escrito de trescientos años: y el otro lleva la suya en su hermosura y arrogancia: por lo que, a pesar del abolengo, el primer premio fue del más hermoso, y no del vástago de establos viejos.?Moros son estos dos caballos árabes: corta y finísima cabeza; ojo leal, centelleante, humano; majestuosa quietud; forma pictórica. Las crines sedosas y luengas; pecho y ancas musculosos y de líneas puras; cuello corto, ancho al pecho; cañas aéreas.

Por la gracia triunfaron los ponies de Shetland. Un perro de Spitzberg es más alto que el mayor de ellos. Les chispea en los ojos relucientes, medio oculto entre las crines abundantes, una casi humana malicia. Cuando miran, ya dicen que tenderán por tierra al que intente montarlos. Eran los jocosos de la fiesta. Cuando salían juntos a la arena todos los caballos en procesión,–por donde andaban los ponies, había alboroto. Los percherones sobre todo les enojan: les muerden la crin larga, cocean entre ellos como para hacer venir a tierra aquella admirable mole viva, que pone más en relieve su pequeñez. Los hombres son como los ponies de Shetland.–Estos de la Exhibición nunca andaban al paso, sino trotando o corriendo. Eran rechonchos, crinudos, de cabecita gruesa, de pies cortos y finos. Verlos, movía a risa: parecían caballos de casa de muñecas.

Aún no se ha cerrado la Exposición, y ya los criadores se preparan, con el estímulo avivado, a ir mejorando sus brutos, de manera que sus rivales no los venzan en las Exposiciones próximas. La naturaleza humana necesita espuelas:–el mismo caballo árabe, cuando ve correr a otro en la llanura, saca de sí más bríos.

La América. Nueva York, noviembre de 1883.

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