La excomunión del padre McGlynn

Curso del conflicto católico en los Estados Unidos.–Lucha inútil de McGlynn por introducir el espíritu y prácticas de la democracia en la Iglesia americana.–Síntesis de los argumentos, discursos y escritos sobre el conflicto.–Actitud de la población católica.–Los secuaces del padre.–El día de la excomunión.–La gente acude en procesiones a oír a McGlynn, y llena dos teatros.–Extraordinaria escena en la Academia de Música.–Ovación sin ejemplo.–Entrada del padre.–Incidentes conmovedores.–Su doctrina.–Su oratoria.–Su discurso.–»¡Contigo hasta la muerte!»

Nueva York, Julio 20 de 1887

Señor Director de El Partido Liberal:

Aquel sacerdote de vida pura que estudió la Iglesia con el filial cariño que tienen por ella los irlandeses y los polacos; aquel varón de cuerpo y alma atléticos que en el goce de consolar males ajenos halló modo feliz de no sentir los propios; aquel párroco fuerte que antes que ceder de su derecho de hombre a pensar por sí en los peligros y remedios de la patria, ha consentido en que el Papa fulmine sobre él la excomunión mayor, que resbala sobre su virtud como sobre el acero una gota de agua; aquel McGlynn de bravo corazón en quien, a lo que su pueblo se degrada y pudre, vuelve a encarnarse el soberano espíritu de rebeldía y examen, a que deben los hombres su adelanto, y su oreo y saneamiento las naciones; aquel católico ardiente que ha hallado natural manera de servir con el alma de Hutten y de Zwinglio a la libertad sin que se entibien en él ni en sus feligreses el culto pintoresco y la fe activa del dogma,–ha sido al fin excomulgado por el Papa.

¿Conque el que sirve a la libertad, no puede servir a la Iglesia? ¿Conque hoy, como hace cuatro siglos, el que se niega a retractar la verdad que ve, y que la Iglesia acata donde no puede vencerla, o tiene que ser vil, y negar lo que está viendo, o en pago de haber levantado en una diócesis corrompida un templo sin mancha, es echado al estercolero, sin agua bendita ni suelo sagrado para su cadáver? ¿Conque la Iglesia se vuelve contra los pobres que la sustentan y los sacerdotes que estudian sus males, y echa el cielo en la hora de la hiel del lado de los ahítos, y arremete con ellos, como en los tiempos del anatema y la flor del Papado, contra los que no hallan bien que las cosas del mundo anden de modo que un hombre vulgar acumule sin empleo lo que bastaría a sustentar a cincuenta mil hombres? ¿Conque la Iglesia no aprende historia, no aprende libertad, no aprende economía política? ¿Conque cree que este mundo de ahora se gobierna a cuchicheos y villanías, de barragana hedionda en rey idiota, de veneno en cuchillo, de calabozo en pica, de chisme en intriga, de augurio en excomunión, de complicidad en venta, como en los tiempos de Estes, Sforzas y Gonzagas?

¡Ah, no! El mundo ha crecido. Queda aquella caballerosa condición del alma, por la que el hijo ama la fe paterna como voz que no muere, y cuerpo que no se pudre, de sus padres. Queda aquella primera marca de las aulas, que aturde el espíritu y quema en él la yerba, como quema la marca el cabello en la piel de los brutos: ¡tiene el mundo quien tiene el poder de poner sobre los niños las primeras manos! Queda, en la sordidez perpetua humana, aquel inexhausto y dócil anhelo de los corazones, altos como llanos, flojos como viriles, por un país de piedad y un mar sin ruido donde se vive sin crimen y sin odio, y halle el alma su asiento, que el ignorante busca sin saberlo, y el que conoce, con el cansancio de conocer, espera airado. Queda aquella poesía innata en el alma, más exigente mientras menos culta, y a cuya actividad involuntaria o torpe dan pueblo alado y regocijo hecho los mitos religiosos, o aquellos símbolos, enriquecidos con lo que la mente levantisca añade o forja, en los que el que mira de prisa cree ver a Dios, cuando lo que está viendo lo es de veras, porque es el hombre. Por eso, porque nacen de la esencia del alma y se fabrican naturalmente de sus elementos, perduran, entre los cultos como los salvajes, las religiones. Pero aquellos emperadores despavoridos que iban envueltos en sayales, desmelenados y descalzos, a tocar en la puerta de hierro del Pontífice prepotente, para que les sacase, como un manto de zarzas, la excomunión divina; aquellas hordas de labriegos testudos, sin más vestir que el sayo, supersticiosos y bestiales, calzados de alpargatas; aquel pueblo de ayer, crudo y espantadizo, está tomando asiento delantero, y viendo cómo limpia el templo humano de víboras y momias. De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido caiga a tierra.

¿Que se ejercita el hombre en vano? ¿Que no madura, desde Delfos hasta América? ¿Que, poseyendo razón suya, ha de pedírsela al oráculo? ¿Que cree como antes en Velledas, en Pia atnas, en Mokannas? Ya ha arrancado su velo a los profetas; ya ha visto por dentro el andamio vestido de elefante donde entraba el augur a fingir la palabra divina; ya ha desmontado a Juggernaut terrible, y visto que no era más que una armazón ventruda de madera.

Las religiones todas son iguales: puestas una sobre otra, no se llevan un codo ni una punta: se necesita ser un ignorante cabal, como salen tantos de universidades y academias, para no reconocer la identidad del mundo. Las religiones todas han nacido de las mismas raíces, han adorado las mismas imágenes, han prosperado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos vicios. Las religiones, que en su primer Estado son una necesidad de los pueblos débiles, perduran luego como anticipo, en que el hombre se goza, del bienestar final poético que confusa y tenazmente desea. Las religiones, en lo que tienen de durable y puro, son formas de la poesía que el hombre presiente; fuera de la vida, son la poesía del mundo venidero: ¡por sueños y por alas los mundos se enlazan!: giran los mundos en el espacio unidos, como un coro de doncellas, por estos lazos de alas. Por eso, la religión no muere, sino se ensancha y acrisola, se engrandece y explica con la verdad de la naturaleza y tiende a su Estado definitivo de colosal poesía. Las religiones todas, fuera de aquellas ya aventadas que en anuncio de la final religión poética han establecido la razón, tienen sus milagros, sus arúspices, sus oráculos, sus ídolos, sus Juggernaut que tunden y fulminan, hasta que, negados los fieles a creer que la palabra de Dios sea enemiga del albedrío, condiciones y virilidad que nacen con el hombre, se acercan a Juggernaut con maza en mano, le desciñen el manto, le quitan las faldas de forma de flores, le quiebran el vientre esférico, le levantan el capuz funeral, orlado de luminosa pedrería, y en vez de la palabra de Dios, a que enseguida corren a alzar templo, encuentran un tablón viejo y roído, con los pies y las manos de cartón pintado, como los gigantes de las ferias.–Así, montados en ira por la desvergüenza con que la Iglesia oficial trafica en sus derechos de hombres libres, tratan los católicos de Nueva York, maza en mano, al poder papal que excomulga en mal hora al cura virtuoso.

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