La América grande

La América grande

Se entrevé la América grande; se sienten las voces alegres de los trabajadores; se nota un simultáneo movimiento, como si las cajas de nuevos tambores llamasen a magnífica batalla. Salen los barcos cargados de arados: vuelven cargados de trigo. Los que antes compraban tal fruto en mercados extranjeros, hoy envían a ellos el fruto sobrante.

Se opera en silencio una revolución formidable. Sale de lo común el número de máquinas agrícolas que de los Estados Unidos están yendo, buque tras buque, a los países de la América del Sur. No sale buque que no las lleve. Buenos Aires acaba de hacer abundante provisión de maquinaria de cosechar; Uruguay no le va en zaga.

Calcúlase que Uruguay tiene por cada 500 hombres una trilladora: y en estos últimos años, estimase que han entrado en el país diecisiete mil arados de acero. De que están ocupados, no hay duda: ¡qué alba, el día que toda esa labor fecunda salga a flote! He ahí la garantía de la paz para todos nuestros pueblos: la posesión agrícola. El guerreador de oficio halla cerradas las puertas del agricultor próspero; así como en los pueblos desocupados, el agricultor sin ocupación ni porvenir se trueca en guerreador de oficio: los espíritus más ardientes y fecundos, que, puestos a trabajar la tierra, le sabrían sacar maravillosos frutos, se van al logro fácil y brillante que los combates y las contiendas políticas prometen.

Ya se espera con gozo la obra imponente de esos diecisiete mil arados de acero que rompen ahora las fértiles tierras uruguayas. La vid crece allí de manera, y da tan ricas uvas, que, con poca labor de minería, van a obtenerse sólidos y gratos vinos.

Pero el resultado primero de esa invasión magnífica de los arados, ha sido este:–el Uruguay importaba antes toda su harina de trigo de este país:–y ahora, produce en casa toda la que consume, y manda el sobrante afuera. El dinero que a otros pagaba, queda ahora en su bolsa, o le es pagado.

A los niños debiera enseñárseles a leer en esta frase:

La agricultura es la única fuente constante, cierta y enteramente pura de riqueza.

La América. Nueva York, agosto de 1883.

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