José de la Luz

Ya es mitología lo del apereza de los cubanos, y así se probó ayer, cuando unos cuantos de ellos se juntaron en Brooklyn a poner por obra una casa de escuela de cordialidad y de patria. Conservando el sábado, se dijeron unos cuatro amigos que estaría bien por un rincón cómodo de Brooklyn, un cuarto de mucha luz y estufa, abierto todas las noches de par en par, a que fueran allí los hijos todos de Cuba, y los de España que quisieran ir, a leer y a aprender. Cundió la idea, que a las pocas horas tenía ya doce fundadores; y ayer domingo, en una casa cariñosa y sencilla de lo más alto de Brooklyn, en casa de Bonifacio Quintero, se juntaron, a pesar de la mucha niebla y lluvia, los amigos de la idea, y ordenaron el programa oportuno y viril de la inauguración, que será el sábado de esta semana. Del agradecimiento de todos surgió el nombre: el cuarto de amistad y enseñanza, de calor en el invierno y de preparación y fundación, se llamará José de la Luz.

La idea va a vivir, porque no se intentará sino lo que puede hacerse, y aquello de que hay necesidad verdadera. En ostentación no se ha de gastar, sino en sillas de palo, gas y carbón. En una esquina se pondrá un estante, y todos los generosos mandarán a él libros. No habrá clases que mueran por falta de maestros o de alumnos. Los padres e hijos que no sepan letras, tendrán allí un buen maestro primario en Raimundo Ramírez, que cada día quiere ser mejor, y se pondrá de portero y cajero y secretario y alma de la casa. La gramática por reglas es cosa nula: y Agapito Losa va a enseñar en la pizarra viva el castellano sencillo y correcto, compuesto allí mismo de la idea natural de los alumnos. De inglés va a haber un maestro asiduo. Y los demás conocimientos de geografía e historia y política se englobarán en una serie de conferencias semanales, sujetas a orden y correspondencia estricta, de modo que al fin del curso quede una idea general, de las raíces, movimiento y tendencias del mundo, por esta serie de conferencias históricas: el plan será uno, y los conferenciantes varios; las más veces serán nuestros cubanos conocidos, y otras serán hermanos afamados y útiles de nuestra América: -¡no hay como echar los corazones a rodar: y queda hecho el mundo!

La inauguración será el sábado, en el número 57 de la calles de Concord, en Brookyn, al pie mismo del puente. Ramírez, el iniciador, leerá un trabajo, de cuando era maestro en el presidio de Ceuta. Losa, que tiene alma de evangelista, dirá algo sobre el ansia de los cubanos por aprender. Sánchez, criollo culto e inspirado, leerá o hablará. Gonzalo de Quesada, que será de los conferenciantes, dará allí como una muestra de lo que las conferencias van a ser. Sotero Figueroa, que conoció en vida al maestro Rafae, hablará de aquel negro sublime. Alguien dirá algo del dueño de nuestros corazones, de don José de la Luz. Y así quedará el sábado establecida la casa de aprender, con sus sillas de palo, con su estante de libros de regalo, con sus alumnos fieles y sus maestros útiles, con la estufa encendida en estas noches largas y viciosa del invierno. Seguro porvenir espera a la casa, con secretario como Agapito Losa, hombre seguro, cordial y modesto, y presidente como Justo Odorio, el médico de los pobres, el expedicionario del “Perrit” y le preso de Holguín, el laureado de las cátedras madrileñas y parisienses, el que sacrifica las pompas del mundo por gozar, sin más freno que la caridad, de la independencia de su carácter.

Pero es imposible decir adiós al tema sin recordar la casa de los Quintero, anoche, cuando la organización. El padre es un cristiano militante, que se atufa de todo abuso o servidumbre, y anda por el mundo erguido en la dignidad de su trabajo, sin más afán que el de ver libre a su patria, -libres, por su honradez y cultura, a sus conciudadanos. Los tres hijos, ansiosos de saber, le ayudan a trabajar o inventar, a mantener su club cubano, a abrir la casa nueva de educación: ¡ellos, de su salario, darán lo que se necesite! Y las mujeres de la casa, bella la anciana como una joven, enamoradas las demás de la bandera y el libro, animan, con su tierno entusiasmo, la obra de sus compañeros. Anoche, al organizar la casa nueva, había afuera mucha niebla y lluvia, y adentro estaban los Quintero, rodeados de amigos. Mano a mano y en hermandad verdadera estaban allí, confiándose sus pecados y hablando de altas cosas, obreros de la mesa y del bufete, doctos de la vida y de la humanidad, jóvenes apostólicos y calaveras arrepentidos: y el de mirada más intensa y corazón más caliente era un joven español, un asturiano. –El sábado se inaugura la casa nueva de José de la Luz, la casa de amistad y enseñanza en Brooklyn, 57 Concord.

(5 de Diciembre de 1893)

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