Italia. Pobre Venecia

CARTAS DE NUEVA YORK EXPRESAMENTE ESCRITAS PARA LA OPINIÓN NACIONAL

Italia.–Maravillas vienesas.–Fiesta de colores.–Banquete imperial.–Noche de gala.–Cortesanía y diplomacia.–¡Pobre Venecia!

Nueva York, noviembre 12 de 1881

Señor Director:

Ya están de vuelta en su hogar regio los monarcas de Italia; al lado de sus esbeltos hijos está ya la amable reina, y a sus placeres de caza se ha dado de nuevo el severo Humberto. ¡Cuánta fiesta hubo en Viena! ¡Cuánto comentario excitó la visita! No veía Rusia con buenos ojos la entrevista: tomó Alemania la visita a Austria como cumplimiento a ella, a par que a Francisco José: los eslavófilos rusos que todo lo quieren para la raza eslava, han alzado gran grita ante la triple alianza de que se juzgaban amenazados, de Alemania, Austria e Italia. A punto ha estado de pedir su pasaporte al Emperador de Austria el conde Robilaut, embajador italiano en Viena, azuzado por los irrespetuosos comentarios. Mas el gobierno austríaco ha enviado circular a las naciones de Europa en explicación de la visita de los monarcas italianos, nacida sólo, a lo que Austria afirma, de la conveniencia de apretar los lazos de amistad entre vecinos, en cuyos dominios se oyen aún gritos de guerra que compelen a los gobernantes a definir, en ahorro de complicaciones venideras, sus propósitos reales. Para restaurar su crédito, y satisfacer al partido de Italia irredimida, que aún clama en Italia por Trieste, ha hecho, según el sentir de un alto político húngaro, Humberto su visita a Francisco José. Jubilosos parecen con la acogida del Rey en tierra austríaca los italianos; y curiosos y atentos, mas con menor grado de entusiasmo, parecieron los vieneses. Y del Ministerio italiano se dice que partió la demanda de esta plática de reyes.

Viena, durante la visita del marcial Humberto y la poética Margarita, desplegó sus más lujosas galas. Tiene Viena hermosísimos monumentos; con el de la Gran Ópera de París rivaliza su Teatro de la Ópera; no hay en Europa paseo más bello que el grandioso Prater; deslumbra el Graben con sus ricas tiendas; son las casas privadas valiosos museos; las salas de cerveza casas para ejércitos. Y la estación del ferrocarril es de oriental belleza. Con ricas alfombras de terciopelo rojo estaban tapizadas la suntuosa escalinata y anchas salas. Tres mil personas del alto mundo acudieron, luciendo resplandecientes uniformes y mágicos vestidos, a la recepción de los jóvenes reyes. Allí estaban juntas en un haz, las banderas que tantas veces lucharon frente a frente en históricos combates. Allí daba guardia un batallón de infantería del regimiento fundado por Guillermo I, emperador de Alemania y rey de Prusia. Asoman los monarcas: él, con su rostro enfermizo, realzado por espesísimo bigote, su mirada fiera, su continente huraño y altivo; ella, con su dulce rostro, en que ayudan a la expresión de la alta frente los puros ojos, virgíneo óvalo y plácida sonrisa. Luce el esposo el verde y blanco uniforme de Italia, y lleva en el bruñido casco luengas plumas. En abrigo de muy ricas pieles va envuelta la esposa. Besa el Emperador la mano de la dama y abraza repetidamente al Rey. Con los monarcas viene el caballero Mancini, de penetrantes ojos e imponente apostura; y el caballero Depretis, primer Ministro de Humberto, a quien la etiqueta de la Orden de la Anunciación que le decora le autoriza a llamarle primo. De 1848 acá se ha sentado Depretis sin intervalo en el Parlamento italiano. Y así desaparecen en la apiñada muchedumbre, llevando del brazo el marcial Emperador a la reina amable, y andando a la par, seguidos de grandes dignatarios, el Rey de Italia y el Príncipe heredero de Austria.

Hubo al día siguiente magna revista. Tiene Viena atléticos hombres y voluptuosas damas. Aquellos hacen gala de fuerza y destreza, y ora guían con desembarazo ocho caballos en las amplias avenidas del Prater, ora juguetean, como con caña ligera, con el bastón de hierro, forrado de fino hule, que usan allí como constante apoyo los jóvenes elegantes. En la explanada de Schmeiz, donde doscientos años hace el valeroso Sobieski ganó a los turcos colosal batalla, aglomerábanse en brillante arreo, veinte mil soldados. Cabalgaban en brutos arrogantes, diestros caballeros, y en ricos carruajes ostentaban su graciosa hermosura las damas vienesas. Allá viene un jinete, vestido de blanco y pálido azul: es el Príncipe de Thürn y Taxis, que perdió parte del rostro en la batalla de Solferino. El general Philiporith le acompaña, que perdió un brazo en la batalla de Novara. Plumas verdes ondean en las cimas de los cascos que llevan sus gallardos oficiales, de oscuro azul vestidos. De trenza de oro están cubiertos, y gorras de rojas plumas lucen los húsares húngaros. Mas ya llega el Emperador, cuyo alto casco envuelven plumas verdes. De general italiano viste a su lado Humberto, y de su casco marcial cuelgan gigantescas plumas. Tocan las bandas de Austria la marcha militar de Italia. Sigue al carruaje regio y lucido escuadrón de robustos granaderos. Tras ruda faena, monta al fin en un brioso caballo, asustado de las plumas gigantescas, el monarca de Italia. Ya está en el campo, en bellos carruajes, la familia real. ¡Con qué gracia saluda Margarita! ¡Qué bien le está su manto de piel de foca! ¡Con qué cariñoso movimiento ondea su pañuelo en respuesta a los víctores ardorosos con que la muchedumbre la saluda, a ella y a la Emperatriz! Ya va en marcha el cortejo de Reyes: al pasar ante cada regimiento, rompe la orquesta militar en aires italianos. Detiénese, luego de terminada la revista, y comienza el pintoresco desfile. Únense los coroneles de los cuerpos que pasan al cortejo imperial. Admira a Humberto la lozana apariencia de la infantería de Hungría. Deleita a la Emperatriz el clamor de admiración que arrancan los apuestos jinetes húngaros. Saludan Francisco José y Humberto las banderas destrozadas de la ruidosa artillería. Allá van los Uchatins lucientes, los Taegers de Austria, los Ulanos polacos. Fue, a pesar del recio frío y la áspera mañana, una fiesta de colores. Banquete regio, plática de amistad, conciertos de ministros de ambas monarquías, y noche de fiesta musical precedieron al agitado día de caza con que obsequió el príncipe heredero al rey italiano, que es cazador grande. Setecientas liebres cayeron en la magnífica batida. La modesta Margarita, en tanto, en sencillo vestido, compraba en las tiendas del Graben memorias de viaje; estudiaba las famosas galerías del museo Belvedere, y visitaba la sala de trabajo del gran pintor austríaco, de europea y justa fama, Hans Makart, excelentísimo pintor de historia.

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