Guatemala, 6 de julio 1878

Guatemala, 6 de julio 1878

Hermano mío.–

Llevo en el corazón su última carta: era tal como yo la necesitaba en los amargos días que estoy pasando. Problemas de conciencia, de esperanza, de porvenir,–todo contribuía a hacer de mi situación una de las más difíciles de mi vida.–Aquí, los que yo creía mis mayores derechos han sido mis graves sentencias.–Tuve que dejar lo que me habían dado, porque el pan no vale que se le amase con la propia vergüenza.–Hubo por mí un verdadero partido, y me complace que espontáneamente por mí hicieron mucho más de lo que en esta tierra, de pronto y para un ánimo puro incomprensible, se acostumbra hacer por nadie.–Figúrese V. eso que los franceses llaman égout:– tendrá V. idea de los hombres y cosas reinantes. Los que creen como el Gobierno, aunque esto no es cuestión de creencia, son lacayos: los que quisieran morder la mano que los azota, más que la besan, la lamen.–Toda verdad común es una osadía: toda institución democrática elemental, propaganda demagógica.–Y no porque yo la haya intentado,–aunque se previó tal vez, conociéndome mal, que la intentaría. Pero entre estos hombres, de extraordinaria pequeñez, cuanto revela vigor, personalidad, austeridad, energía, parece crimen.–He despertado injustificables temores, tenacísimas oposiciones, persecución increíble.–No tuve el año pasado, lleno de Carmen, y de fe en mí y en los demás, y de amor a la resolución de tanto problema esencial q. en estas infelices tierras asoma,–no tuve tiempo para conocer más que a los que me acariciaban y mentían.–Al volver hallé, en lo general, desatada la tiranía; en lo que a mí tocaba, visible la ira.–¿Provocada con qué? Con mis discursos generales; con mi cátedra de Historia de la Filosofía; con el libro que V. conoce, y que no vale, no de veras, el amoroso celo con que V. me lo cuidó.–Trocado esto, con más rapidez desde los asuntos de noviembre, en una gran hacienda, donde todo obedece al látigo de un caprichoso mayoral,– yo decidí irme.–¿A dónde?–A Cuba, me decían mis deberes de familia, mi hijo que me va a nacer, las lágrimas de Carmen, y la perspicacia de su noble padre.– A todas partes menos a Cuba, me decían la lógica histórica de los sucesos, mis aficiones libérrimas, el doloroso placer con que me he habituado a saborear mis amarguras, mi absoluta creencia,–fundada en la naturaleza de los hombres–de que era imposible la extinción de la guerra en Cuba.–Y, sin embargo, la guerra se ha extinguido; la naturaleza ha sido mentira, y una incomprensible traición ha podido más que tanta vejación terrible, que tanta inolvidable injuria!–Transido de dolor, apenas sé lo que me digo.–¿He de decir a V. cuánto propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad?–¿No ha de llegar nunca para mí el momento de que yo me produzca en las circunstancias favorables,–árbitras caprichosas de la fama y suerte de los hombres?–No a ser mártir pueril;–a trabajar para los míos, y a fortificarme para la lucha voy a Cuba.–Me ganará el más impaciente, no el más ardiente.–Y me ganará en tiempo: no en fuerza y en arrojo.–

Ayer mismo, sobre los ruegos de Carmen que lloraba, sobre lo que mi madre llora sin decírmelo, sobre mi palabra misma–empeñada al generoso Zayas,–me resistía a todo intento de ir a Cuba, y tenía firmemente decidido ir al Perú.–Ya me esperaban, y preparaban acogida.–Ahora, amigo mío, los fundamentos de mi esperanza se han venido a tierra. Ahogo mi vehemencia; escucho a mi prudencia,–y me pliego nuevamente a las necesidades de los demás.–Las cartas que me escriba en adelante, envíelas a Fermín:– allá iré a leerlas.–

¡Creen que vuelvo a mi patria! Mi patria está en tanta fosa abierta, en tanta gloria acabada, en tanto honor perdido y vendido. Ya yo no tengo patria:–hasta que la conquiste.–Voy a una tierra extraña, donde no me conocen; y donde, desde que me sospechen, me temerán.–Brillar allí me avergonzaría.–Pero ¿podré vivir del modo oscuro que, por largo tiempo, ansío? Tendré que ahogar en mí, para vivir en aparente calma, y matador sosiego, toda gran inspiración, toda amorosa exaltación, todo noble instinto.–Vd. conoce mi pasión por la justicia, mi ardor contra la infamia, y la violación más nimia del derecho; mi amor de enamorado por la gloria y el brillo de América:–¿cómo podré dar rienda a todos estos sentimientos naturales, en mí tan dominantes y tan vivos? ¿cómo podré vivir con todas estas águilas encerradas en el corazón?–Temo, amigo mío, que su aleteo me mate.–Temo perder mis fuerzas en este terrible combate silencioso.–¿Quién nació en un momento más difícil, rodeado de circunstancias más amargas?

Cuando yo era muy niño comencé a escribir un poema, en cuya introducción se disputaban a un hombre que acaba[ba] de nacer el Bien y el Mal:–después lloré como un niño al ver que, poco más o menos, este era el pensamiento engendrador del Fausto.–El Bien, seguro de su dominio en la conciencia, abandonaba al Mal al hombre recién nacido.–¿No parece, mi noble hermano, que el Mal ha apostado contra mí, y tiene empeño en ganar al Bien la partida?–Afortunadamente, por si desoyese a mi alma, que habla alto, tengo en México un vivo ejemplo de honradez acrisolada, y modelo de hombres.–Consiste mi dolor en tener que entrar por el real camino de la vida; en tener que sacrificar a sus necesidades,–necesidades impetuosas mías, de género más alto; en tener que sofocar tanto atrevido pensamiento, que nunca, mejor que ahora,–que entre la debilidad general causaría asombro,–debiera estallar. Ya yo imagino qué errores se cometieron, qué fuerzas podrían explotarse, de qué simultáneo modo habrían de hacerse obrar, cuánto corazón americano podría enardecerse y empeñarse en nuestra lucha. Y no es locura; no.–Libre y sin hijo, yo hubiera ahora hecho hablar de mí.–Y de un modo que me hubiera dejado contento.–Y a V. también, que tanto me quiere.–Y, en vez de esto, ¡volveré ahora como una oveja mansa a su rebaño!–¡Ahora que tenía casi terminada, con el amor y ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!– Había revelado a nuestros héroes, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros MARTI rios! Con minucioso afán, había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza:–de su eterna grandeza.– Y esta obra noble y filial de un espíritu libre, irá ahora clavada como un crimen en el fondo de un baúl!–Mucho he de padecer en una tierra donde no puede entrar semejante libro. Mucho he de padecer, y voy a ella:–esto quiere decir que entiendo mi deber, y lo cumplo, sin más quejas que estas del alma que a V. envío.–Solo los capaces de exhalarlas pueden entenderlas.–Voy a ser abogado, cultivador, maestro; un zurcidor de fórmulas, un sembrador de viandas, un inspirador de ideas confusas,–perdido en las espumas de la mar.–Voy, sin embargo.

Así agitado, no copié esta semana el prólogo al libro de Manuel,– tan anunciado ya que más me valiera no enviarlo.–Pero el próximo sábado le irá;–y con él asunto para un cuadro.–Siempre creo que él debe tener el corazón en México; pero los ojos fuera de México.–El asunto que hallé, leyendo un curioso libro, es un pequeño asunto mexicano.

Pocas veces he sentido tan viva la bondad ajena como en su última carta a que respondo. No es mi amigo que me compadece: es mi hermano que se alarma y que me llama.–Este recuerdo, en mí siempre vivo, es bastante a templar en mi espíritu las agitaciones que ahora me lo aterran.–He comprendido todos sus temores, y lo he abrazado a cada frase.–Me enorgullezco de ser querido así.–Deseo que le venga a V. mal,–en momento en que yo pueda repararlo.–Tal vez muera yo como he vivido, oscura e inútilmente; pero sin tasa tiene V. en mi alma lo que sin tasa la suya me da.– No vuelvo a México ahora, aunque sé bien el amante asilo que allí me acogería.–Pero si yo no amase a México como a una patria mía, como a patria lo amaría por ser V. su hijo y vivir V. en él.–Pronto iré a verlo.–

Lo de Sarre no tenía más que un arreglo, que me entristece y q. permito, porque no tengo absolutamente medio de evitarlo.–Pero imagino que algo me ha de producir mi sacrificio:–y me vengaré cumplidamente.–Cumplidamente. Mi delicada y amorosa Carmen, leyendo su carta, hizo–una vez más, justicia a aquel que ella cree q. es mi mejor amigo. Es estéril la cosecha; pero sembrando bien, al menos se recogen corazones.–

Ya, sin paz en el alma, le digo adiós.–Queda en mí un hombre doble–el prudente que hace lo que debe;–el pensador rebelde que se irrita.–Satisfecho de esta victoria que sobre mí mismo obtengo, la lloro con indecible amargura.–Desee para mí mejores tiempos, que sí pueden venir;–pero no me desee mejor amigo que V.–que no puede venir ya.–

Acaricie a Manuel, con quien estoy en deuda; a sus ejemplares criaturas. Anime a Ocaranza. Y a Lola dígale todas esas cosas que su generosa alma merece.–

Por mí, sufra y estímeme.

Su hermano

J. MARTÍ

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