Guatemala, 30 de marzo. [1878]

Guatemala, 30 de marzo. [1878]

Hermano Mercado.–

Se va por Acapulco, con prisa de llegar, un señor Escandón, y con él, porque llegue a V. más pronto, le envío esta carta.–Recibí, con la última de V.–por lo tardía más deseada que otra alguna– la injusta y amorosa carta de mi madre.– Realmente se cree que yo las he sacrificado a mi bienestar: ¡me vieran vivir, con angustias semejantes a las que pasé en México, y no pensarían de esta manera!–¿Habrá algún provecho en que nos muriéramos de pobreza todos juntos? ¿Se me abría en México algún camino? ¿Caben por el de Guatemala, en el que escasísimamente cabemos hoy dos, las dos familias que forman hoy mi casa?–Ni tienen fe en mí, ni conocen las fuerzas de mi alma que les obligan a tenerla.–Esta es una viva amargura, que no llegará nunca a ellas.–Yo trabajaré para pagar mis deudas este año, y una vez que vivamos libres de ellas, si la suerte no me es enemiga, ayudaré a los que nunca han sabido lo que tienen en mí.–Mi pobre padre, el menos penetrante de todos, es el que más justicia ha hecho a mi corazón.–La verdad es que yo he cometido un gran delito:–no nacer con alma de tendero.–Mi madre tiene grandezas, y se las estimo, y la amo–V. lo sabe–hondamente, pero no me perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad, ni mis opiniones sobre Cuba.–Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por más malo. Me aflige, pero no tuerce mi camino.–Sea por Dios.–Le escribo ahora largamente, sin que estos males del alma salgan en mi carta a luz, por un Sr. Urbano Sánchez, que desde Jamaica enviará directamente y por vía rápida, la carta a La Habana. No hace quince días le escribí largamente también, por un Sr. Callejas, que salió de aquí para Cuba. Por México le he escrito ya tres cartas.–Como me entristece mucho que ella crea que yo, que tanto sufro por la falta de sus cartas, dejo voluntariamente de escribirle,–y como yo no tengo que pedirle cuenta de sus errores de creencia respecto a mí, sino acariciarla, perdonárselos y reformárselos, escríbale V. por su parte mi situación angustiosa y mi natural constancia en escribirle.–

Voy a publicar aquí un periódico, en el que tendré que desfigurarme mucho para ponerme al nivel común.–Donde hay muchas cabezas salientes, no llama la atención una cabeza más,–pero donde hay pocas que sobresalgan, vastas llanuras sin montes, una cabeza saliente es un crimen.–Los conservadores me hacen la cruz, y están en su derecho: yo debo parecerles un diablo con levita cruzada.–Los liberales se-dicientes, que de inteligencia y corazón aquí no los hallo, se resisten a estrecharse para dar sitio en el banquete al que no es a sus ojos sino un comensal más.–No saben que los que viven del cielo comen muy poco de la tierra.–No toman de ella más que lo necesario, para vengarse de ella porque los retiene.–Se han explotado mis vehemencias, y ocultado mis prudencias: se ha pintado mi silencio como hostilidad: mi reserva como orgullo: mi pequeña ciencia como soberbia fatuidad. Es una guerra de zapa en la que yo, soldado de la luz, estoy vencido de antemano.–Pero yo lucho cuanto decorosamente puedo; a esto responde mi periódico.–Mi libro, por cuya llegada tengo vivo anhelo, me ayudará.–Recibí los cinco ejemplares de Mimiaga, que se los guardé cuidadosamente todo un mes: en ellos he visto la penetración milagrosa con que reformó V. las más importantes erratas que pude notar en el folletín.–Indudablemente, si me muero pronto, lo que no vendría mal, y antes he escrito algo digno de ser publicado, encargaré a V. de la ardua tarea.–A V. y a mi inimitable Carmen, que ella también escudriña lo que quiero decir en lo que escribo.–Veo a Carmen amante y serena, enfrente de problemas graves, que no tienen muy fácil solución.–Me consuela, y con su tranquilidad, me alienta.–Aunque tuviera que huir a pie por los bosques, ella me acompañaría.–Y no lloraría.

Covarrubias ha tenido aquí éxito.–Como al pintor Isabey, perdono a Covarrubias sus oscilaciones políticas: ¿quién observará si no a Mercurio?–Hay pocos hombres de ciencia que tengan el valor insigne del americano Caldas.– El Ministerio de Relaciones dio a Covarrubias una comida, y una sociedad «El Pensamiento» le dedicó una velada en el teatro.–Puede ser que otra sociedad «El Porvenir» le dé otra velada.–Él anda con más gravedad, como que ya es ministro; pero en su trato es, sobre todo elogio, sencillo y modesto.–Manuel Díaz está tan buen mozo como siempre: sin disputa, la belleza es un derecho.–

Aquí, por celos inexplicables del Rector de la Universidad, hombrecillo de cuerpo y alma, a quien no he hecho más mal que elogiar en un discurso mío otro discurso-lectura suyo que no merecía elogio–me he quedado siendo catedrático platónico de Historia de la Filosofía, con alumnos a quienes no se permite la entrada en clase; y sin sueldo.–En cambio, se me anuncia que se me nombrará catedrático de Ciencia de la Legislación.–Se me abriría con esto un vasto campo, y yo sembraría en él la mayor cantidad de alma posible.–Doy gratuitamente una clase de Filosofía: el mejor sueldo es la gratitud de mis discípulos.–Hubo reformas económicas, y creyendo ellos que mis clases serían víctima de las economías, anunciaron que saldrían en masa del Colegio donde los educa el Gobierno.–El día de mi santo me regalaron los pobres una bonita leontina.–Con esto; con mi propósito de pagar aquí, esclavo de mis deudas un año, e irme; y con que Carmen cante a mi lado tan gozosamente como ahora canta, paso este año negro y espero otros años azules.–¡Quién sabe si el permanente azul no es de la tierra!–

Aquí acabo.–Escriba a mamá.– Diga a Lola que entiendo que nos debe carta, y que seremos con ella etiqueteros.–A Manuel el árabe, que le debo un regalo y se lo pagaré. A Manuel el pintor, que vierta en lienzos su fantasía llena de Cupidos, gigantes niños y grisetas, y en esta buena compañía, dé un viaje.–Manuel es un excelente artista, que necesita un medio refinado y culto para hacer fortuna. En México, Miranda ganará siempre más que él;–y todos los cielos amarillos, cielos de cobre de Miranda, no valen un libre golpe luminoso del pincel osado de Manuel Ocaranza.

Carmen envía abrazos a todos sus hijos.–Yo a V., mi entrañable cariño y mi amorosa gratitud de spre.–

Su hermano

J. MARTÍ

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