Guatemala, 1878.

Guatemala, 1878.

Palma amigo:

Te devuelvo tu libro de versos: ¡no te lo quisiera devolver! Gustan los pobres peregrinos de oír cerca de sí, en la larguísima jornada, rumor del árbol lejano, canción del propio mal, ruido del patrio río. Bien hayan siempre los versos, hijos del recuerdo, creadores de la esperanza! Bien hayan siempre los poetas, que en medio a tanta humana realidad anuncian y prometen la venidera realidad divina! Lejos nos lleva el duelo de la patria: apenas si, de tanto sufrir, nos queda ya en el pecho fuego para calentar a nuestra mujer y nuestros hijos. Pero puesto que la poesía ungió tus labios con las mieles del verso, canta, amigo mío, el mar tormentoso, semejante al alma; el relámpago, semejante a la justicia de los hombres; el rayo que quebranta nuestras palmas; los bravos pechos que llenan con su sangre nuestros arroyos. Cuando te hieran, canta! Cuando te desconozcan, canta! Canta cuando te llamen errante y vagabundo, que este vagar no es pereza, sino desdén. Canta siempre, y cuando mueras, para seguir probablemente lejos de aquí cantando, deja tu lira a tu hijo, y di como Sócrates a sus discípulos en la tragedia de Giacometti: «Suona, é l’anima canta!»

Tú naciste para eso. El rocío brilla; el azahar perfuma; el espíritu asciende; canta el bardo. Trabaja enhorabuena; pero cuando dejes la pluma, toma la lira. ¿No ves qué concierto de simpatías levantan unos cuantos versos tuyos? ¿Qué cortejo de amigos te sigue? ¿Cuántos ojos de mujer te miran? ¡Miradas de mujer, premio gratísimo! Es que lleva el poeta en su alma excelsa la esencia del alma universal.

Tú eres poeta en Cuba, y lo hubieras sido en todas partes. Mudan con los tiempos las cosas pequeñas: las grandezas son unas y constantes. Tal fue el hombre viejo, tal el nuevo. Ni lágrimas más amargas que las que llora Homero, ni sacrificio más noble que el de Leandro. Safo dio el salto de Léucade: porque lo den desde el Sena, ¿es menos heroico el salto de las modernas numerosas Safos? Tú, Palma, hubieras sido aeda en Grecia, scalder en Escocia, trovador en España, rimador de amores en Italia. ¡Rimador de amores! Tú eres de los que leen en las estrellas, de los que ven volar las mariposas, de los que espían amores en las flores, de los que bordan sueños en las nubes. Se viene acá a la tierra unas cuantas veces cada día, y el resto, ¡oh, amigo! se anda allá arriba en compañía de lo que vaga. ¡Rimador de amores! a ti, poeta tierno, no conviene el estruendo de la guerra, ni el fragor dantesco de los ayes, las balas y los miembros. Tú tienes más del azul de Rafael que del negro de Goya. Tu mundo son la olas de la mar: azules, rumorosas, claras, vastas. Tus mujeres son náyades suaves. Tus hombres, remembranzas de otros tiempos. Tú llevas levita, y no la entiendes. Tú necesitas la banda del cruzado. Vives de fe; mueres de amor.

Si estuviéramos en los dichosos tiempos mitológicos—¡en aquellos en que se creía! tú creerías de buena voluntad que dentro del pecho llevabas una alondra. Nosotros, los que te oímos, sabemos que la llevas en los labios.

Hay versos que se hacen en el cerebro:—estos se quiebran sobre el alma: la hieren, pero no la penetran. Hay otros que se hacen en el corazón. De él salen y a él van. Solo lo que del alma brota en guerra, en elocuencia, en poesía, llega al alma. Hay poetas discutidos. Tú eres un poeta indiscutible. Cabrá mayor corrección en una estrofa, no más gracia y blandura; parecerán una palabra o giro osados; pero como el espíritu anima las facciones, la poesía, espíritu tuyo, anima tus versos.

Tus versos parecen hechos a la sombra del cinamomo de la Biblia. El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor. Cierras el Evangelio de San Mateo, y ora envuelto en el fantástico albornoz, ora ceñida la invencible cota, cantas trovas dulcísimas, como aquellas que debió oír en los jardines de la Alhambra Lindaraja. Tienes en tus versos el encaje de las espadas de taza de nuestros abuelos; los vivos y coloreados arabescos, menudas flores de piedra, sutil blonda de mármol de la Aljafería y de los alcázares. Eres perezoso como un árabe; bueno como un cristiano, galante como un batallador de la Edad Media.

Tú no conoces el río de hiel en que empapaba su estilo Juvenal; no te visita el Genio de la Tormenta; no turba tus sueños la sombría visión apocalíptica, coronada de relámpagos, segadora de malvados, sembradora de truenos. Los romanos te dieron su elegía; los mártires, su unción; los árabes, su décima y su guzla.

Comprimida en la forma, habrá un momento en que la dureza del lenguaje no exprese bien la delicadeza de tu espíritu. Aquí un consonante, allí un pie largo: la fragua no está templada siempre a igual calor. Pero estas cosas, que te las diga un crítico. Yo soy tu amigo. Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, callo. Este es el modo mío de censurar.

Y luego, tú tienes un gran mérito. Nacido en Cuba, eres poeta cubano. Es nuestra tierra, tú lo sabes bien: un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas; como cerca de los cadalsos no viven bien más que los cuervos, tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes. Tú naciste en Bayamo, y eres poeta bayamés. No corre en tus versos el aire frío del norte; no hay en ellos la amargura postiza del Lied, el mal culpable de Byron, el dolor perfumado de Musset. Lloren los trovadores de las monarquías sobre las estatuas de sus reyes, rotas a los pies de los caballos de las revoluciones; lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros despedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador: el delito de haber sabido ser esclavo, se paga siéndolo mucho tiempo todavía. Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar: tenemos agraviada a la legión gloriosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos.

Dormir sobre Musset; apegarse a las alas de Victor Hugo; herirse con el silicio de Gustavo Bécquer; arrojarse en las simas de Manfredo; abrazarse a las ninfas del Danubio; ser propio y querer ser ajeno; desdeñar el sol patrio, y calentarse al viejo sol de Europa; trocar las palmas por los fresnos, los lirios del Cautillo por la amapola pálida del Darro. Vale tanto ¡oh, amigo mío! tanto como apostatar. Apostasías en Literatura, que preparan muy flojamente los ánimos para las venideras y originales luchas de la patria. Así comprometeremos sus destinos, torciéndola a ser copia de historia y pueblos extraños.

Nobles son, pues, tus musas: patria, verdad, amores. ¿Quién no te ha dicho que tus versos susurran, ruedan, gimen, rumorean? No hay en ti fingidos vuelos, imágenes altisonantes, que mientras más luchan por alzarse de la tierra, más arrastran por ella sus alas de plomo. No hay en ti las estériles prepotencias de lenguaje, exuberante vegetación vacía de fruto, matizada apenas por solitaria y, entre las hojas, apagada flor. En un jardín, tus versos serían violetas. En un bosque, madreselvas. No son renglones que se suceden: son ondas de flores.

Tú eres honrado, crees en la vida futura: tienes en tu casa un coro de ángeles, vuelas cada verano para llevarles su provisión de cada invierno. Tú naciste con la lira a la espalda, el amor en el corazón, y los versos en los labios. ¿A qué decirte más? Deja que otros te lo digan mejor.

En tanto, está contento, porque has sabido ser en estos días de conflictos internos, de vacilaciones apóstatas, de graves sacrificios, y tremendas penas, poeta del hogar, poeta de la amistad, poeta de la patria.

Tu amigo
JOSÉ MARTÍ

GUATEMALA, 1878.
[Poesías. José Joaquín Palma, Tegucigalpa (Honduras),1882.]

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