Grandes motines de obreros II

Los obreros de Alemania y los de Estados Unidos.–Lo que traen de Europa los obreros alemanes.–Most, Schwab, Spies.–Escenas de los motines de Chicago.–Huelguistas envenenados.–Explosión de una bomba de dinamita.

(Conclusión)

Nueva York, mayo 16 de 1886

Señor Director de La Nación

Esos hombres no son los verdaderos trabajadores americanos, que se coaligan, que cometen errores, que ejercen presión injusta sobre las empresas que se niegan a reconocerlos como agremiados, que en las horas de furia, allí donde el frío azota más y sus angustias son mayores, vuelcan carros, incendian corrales, rompen las entrañas a las máquinas, pero no se reúnen, en cuevas y agujeros, a estudiar la manera mas módica y sencilla de destruir al hombre, por el delito de haber creado.

Sólo los que desesperan de llegar a las cumbres, quieren echar las cumbres abajo. Las alturas son buenas, y el hombre tiene de divino lo que tiene de capaz para llegar a ellas; pero son propiedad del hombre las alturas, y debe estar abierto a todos su camino.

Ese odio a todo lo encumbrado, cuando no es la locura del dolor, es la rabia de las bestias. Comete un delito, y tiene el alma ruin, el que ve en paz, y sin que el alma se le deshaga en piedad, la vida dolorosa del pobre obrero moderno, de la pobre obrera, en estas tierras frías: es deber del hombre levantar al hombre: se es culpable de toda abyección que no se ayuda a remediar: sólo son indignos de lástima los que siembran a traición, incendio y muerte por odio a la prosperidad ajena.

En Alemania, bien se comprende, la ira secular, privada de válvulas, estalla. Allá no tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pavés: allá no elige el trabajador, como elige acá, al diputado, al senador, al juez, al Presidente: allá no tiene leyes por donde ir, y salta sobre las que le cierran el camino: allí la violencia es justa, porque no se permite la justicia.

Las reacciones serán tremendas, allí donde las presiones han sido sumas. Las justicias se van condensando de padres a hijos, y llegan a ser en las generaciones finales cal de los huesos, y vicio de la mente: llegan a erguirse dentro del alma como un fantasma que no duerme. Estos burdos obreros de Alemania, aguzados por espíritus de odio, o por aquellos de su casta en quienes el dolor culmina en palabra o acción, vengan siglos, en su oscuro entender, cuando echan una bomba encendida sobre los guardianes de la ley, símbolo para ellos en su tierra de la hiel en que viven. ¡De ahí la compasión de todo espíritu justo por los extravíos de esos tristes que vienen a la vida con las manos inquietas y el juicio caldeado! ¡Pero en ninguna alma honrada llega la justicia a precipitarse en crimen!

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