Francisco Sellén, poeta cubano

La fresa anda escondida por donde no se la ve, y crece, fina y fragante, entre las hojas rastreras de la tierra oscura, hasta que, sazonada por el sol, viere ala mesa del festín en bandeja de oro. Así, de una vida límpida y silenciosa, surge el artífice de las Poesías que la admiración extranjera acuña en la lengua sobria donde encajan, como si le fueran naturales, los versos repujados y ceñidos del poeta de Preexistencia y Panteísmo, del cubano Francisco Sellén.

No es poeta a lo Succi, que vive de pura coca, esmaltándose los ojos con la locura de la medicina, y paseando por el mundo absorto sus fotografías. Ni novelero literario, que atisba la llegada del correo, como la casquivana con los trajes, para ver qué es lo que priva en otros países, si lo místico o lo pagano, y salir con la moda poética, hoy a lo descreído y mañana a lo creyente, con la melena de Rollinat o la manga ancha de Banville. Ni es de los que tienen el don del ritmo, sin fuego que echar en él, por lo que queda en verba su poesía, o recortada y pigmea, como las figuras que tallaba en un frijol un escultor guatemalteco.

Nació en Cuba, cerca del mar que cae sobre la roca, abrazándola y mordiéndola; oyó, en la noche azul, sollozar al esclavo, allá en el patio, al pie del plátano y de las flores, y repicar el martillo del carpintero en el tablado del patíbulo; se libró de la prisión, adonde lo llevó su fama de cubano fiel, de cantor de Lincoln, de amigo de los próceres de la independencia patria, para alistarse en el buque que salía para Cuba cargado de libertadores; encalló el barco, como la revolución. Ni desamó su ideal cuando cayó del cielo, con la estrella en la frente, envuelto en sangre; ni lo tomó de perchero donde colgar odas y silvas; sino que, en el tiempo libre que la conciencia pura da al hombre más afanado, buscó en la poesía aquella beldad enérgica y serena de que su espíritu, desde las mocedades de su Libro Intimo, vivía enamorado. Aquel hijo ejemplar, monje de la virtud, que vivía entre sus libros y sus deberes; aquel prosista cuidadoso, clavado a la mesa del polígrafo, sin más descanso que escribir matemática después de geografía, o de política después de música; aquel traductor atareado a todas las lenguas corrientes, al italiano como al alemán, y a las latinas como a las escandinavas, leía, con orden y avaricia, en las noches largas del destierro, todo lo que han escrito de esencial y hermoso los hombres, y trasladaba al verso de su lengua cuanto por la verdad del sentimiento o la limpieza de la expresión le parecía más propio de la majestad poética que la pompa zancuda y púrpura de alquiler que deslucen la poesía moderna. Entonces publicó su traducción del Intermezzo, en que pecó de puro, humilde y leal; y sus Ecos del Rhin, donde está en verso correcto y elocuente lo mejor de los poetas contemporáneos de Alemania; y las versiones de poesía francesa que engalanan los Ecos del Sena, de su hermano Antonio. De Byron tradujo el Ciaour, en versos arrebatados o sombríos. De su pasión por los griegos sacó. severa como una estatua, La muerte de Demóstenes. Con singular lucidez y fuerza dramática intensa, escribió su poema Hatuey. Primero bregó con la lengua rebelde, hecha a paradas y a misa mayor, que piafaba bajo aquella mano domadora, y no tenía aún la soltura del potro adiestrado; hasta que con el ejercicio acabó Sellén por trabajar el mármol como si fuera cera; y a fuerza de buscar en cada línea la música suma, y no poner en ella más voces que las que le añadiesen a la vez tono y sentido, halló al fin el verso honrado y flexible donde, en los años de la madurez, pone, bajo el título de Poesías, la fe en el dolor, en la identidad humana y en la armonía de los mundos, que el amante desinteresado de la belleza aprende, a la luz del pesar, vida continua y la venturosa solemnidad del Universo. No en vano saludan los artistas de la palabra, como obra mayor, su libro fino y sincero de las Poesías, donde la pena mínima de la persona no afea, importuna, el cuadro universal, sino que con el fuego oculto del dolor, ilumina y revela la hermosura del mundo. Por el decoro del sentimiento y el arte enérgico de la forma, hay en la lengua castellana pocos libros de versos tan recomendables y puros como las Poesías.

Y es que en ellas se pintó, sin querer, que es como las pinturas de sí propio salen buenas, el poeta modesto a cuya casa, llena de libros y flores, acude el joven que busca guía, el versificador en apuros, el bibliómano a caza, de curiosidades, el literato menesteroso de consejos. El poeta acompaña hasta la puerta al visitante, como si fuera él quien recibiese el favor: el poeta de frente limpia y vasta, con los ojos penosos y benévolos bajo el dosel elevado de las cejas, y la sonrisa, poco menos que luminosa, de quien ha hallado el estudio austero de sí mismo; que el sacrificio es un placer sublime y penetrante, y el desinterés, la ley del genio y de la vida.

La Ofrenda de Oro, Nueva York, diciembre de 1890.

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