Fiestas de la Estatua de la Libertad

Breve invocación.–Admirable aspecto de Nueva York en la mañana del 28 de octubre.–Los preparativos de la parada.–El escultor Bartholdi.–Aparición de la estatua.–El fragor de los saludos.–Imponente escena.–La plegaria del sacerdote.–Cleveland y su discurso.–La bendición del obispo.–¡Adiós, mi único amor!

Nueva York, Octubre 29 de 1886

Señor Director de La Nación

Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado.

Del fango de las calles quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte.

Pero levántate ¡oh insecto! que toda la ciudad está llena de águilas. Anda aunque sea a rastras: mira, aunque se te salten los ojos de vergüenza. Escúrrete, como un lacayo abofeteado, entre ese ejército resplandeciente de señores. ¡Anda, aunque sientas que a pedazos se va cayendo la carne de tu cuerpo! ¡Ah! pero si supieran cuánto lloras, te levantarían del suelo, como a un herido de muerte: ¡y tú también ha¬brías alzar el brazo hacia la eternidad!

Levántate, oh insecto, que la ciudad es una oda. Las almas dan sonidos, como los más acordes instrumentos. Y está oscuro, y no hay sol en el cielo, porque toda la luz está en las almas. Florece en las entrañas de los hombres.

¡Libertad, es tu hora de llegada! El mundo entero te ha traído hasta estas playas, tirando de tu carro de victoria. Aquí estás como el sueño del poeta, grande como el espacio de la tierra al cielo.

Ese ruido es el del triunfo que descansa.
Esa oscuridad no es la del día lluvioso, ni del pardo octubre, sino la del polvo, sombreado por la muerte, que tu carro ha levantado en su camino.

Yo los veo, con la espada desenvainada, con la cabeza en las manos, con los miembros deshuesados como un montón informe, con las llamas enroscadas alrededor del cuerpo, con el vapor de la vida escapándose de su frente rota en forma de alas. Túnicas, armaduras, rollos de pergamino, escudos, libros, todo a tus pies se amasa y resplandece; y tú imperas al fin por sobre las ciudades del interés y las columnas de la guerra ¡oh aroma del mundo! ¡oh diosa hija del hombre!

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