Federico Proaño, periodista

«Anoche dejó de existir nuestro queridísimo amigo Federico Proaño: tengo el alma desgarrada: ¡usted sabe que lo queríamos tanto!» Así anunció losé Joaquín Palma, d poeta cubano que sólo ama a los justos, la muerte del incisivo periodista ecuatoriano a Joaquín Méndez, luchador de los buenos por la América criolla y definitiva. Y así era Proaño, que salvó el fresco ingenio de la fatiga y vergüenza del periodismo de oficio en las repúblicas rudimentarias. En América la taza enorme, hervidero nuevo de las fuerzas del mundo, que llevan a las espaldas unos cuantos héroes y unos cuantos apóstoles, comidos, como de jauría, de todos los egoístas cuyo reposo turba la marcha de la santa legión: la pelea eterna del vientre contra el ala. A veces el censor tacha, como pudo tacharse a Proaño, que el natural de Guayaquil, a quien echó un déspota a andar descalzo sobre breñas y toro por el destierro hasta el Perú, halla mal lo que la tiranía trama en el Perú o el Salvador, y diga su censura, con ira y con fuego, en la tierra extranjera; pero en América, a mirarlo bien, el único extranjero; imperante aún por la fuerza de su ordenación, y terquedad de agonía, de la teocracia que lo fomenta, es el espíritu de amo, ridículo y aborrecible y deshonroso espíritu, que aún nos queda de los tiempos viejos. El descendiente de un presidiario de Palos, de un matón de Flandes, de un mercenario de Nápoles, de un machetero de Aviñón, se cree, por rara heráldica, y maravilla del blanco pigmento, superior al inca y al chibcha, al criollo quemado por su sol nativo, al hijo del pueblo robado y asesinado, a su propio hijo. Las autoridades se buscan y se ayudan: los de alma de amo se juntan: la iglesia, que bebe málaga y se echa sobrinos, mantiene a los volterianos redomados que en público fungen de carmelitas y dominicos, para que con el consejo a las abras le ayude el clero, en premio del respeto y la paga de la oligarquía agradecida, a poder y mandar sobre las clases inferiores, ¡que ya serán iguales y felices en la claridad del cielo!

Con estas desvergüenzas se ha estado gobernando a la América. Es necesario cambiar. Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras: todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia: tirano es el católico que se pone sobre un hindú, y el meto¬dista que silba a un católico. Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar; y el católico a quien se impida afirmar. El hombre sincero tiene derecho al error. El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad; y a quien merme facultad alguna de las que puso en el hombre la naturaleza, ¡guerra como la de Proaño, guerra de día y de noche, guerra hasta que quede limpio el camino! Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada, y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos, y se pasa: y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino. El hombre no tiene derecho a opo¬nerse al bien del hombre. Esto es lo mismo en Lima que en Quito, y en Guatemala que en San José: quien ve al hombre mermado, pelee por volverlo a sí, como Proaño peleó. Eso sí: si ha de ofender por la paga, o porque le manda el anfitrión ofender, rompa la pluma pura sobre la mesa vil: se puede defender la libertad, pero de la defensa de ella no se ha de sacar pretexto para vivir de tábano o de turiferario. Sin embargo, la pelea es tremenda: Proaño tendría a veces, con tal de que no le faltase pan o cátedra, que defender, con la pasión de los pueblos primerizos, a amigos lerdos o culpables. Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad. Pero no hubo mucha pluma, por lo castiza e intencionada, por lo liberal y fecunda, por lo magistral y fresca, por lo aguda y revoloteadora, como la de Federico Proaño.

El hombre anduvo por la América Occidental, con la pluma a cuestas. Caía en un país, Perú o Costa Rica o Salvador o Guatemala, y ya, Fígaro y Veuillot, iba la pluma empollando. No podía él vivir sin la letra impresa. Todo, hasta el pecado, por el pensamiento libre. Corona a la idea, no coronilla. Quien desame la mala religión, la despótica e intrusa, hasta el derecho tendrá de pagarle la pluma: ¡ésos son los servicios de la guerra! Proaño, en La Nueva Era, azota a García Moreno, que lo destierra por el desierto, gran maestro de literatura, y lo echa a padecer, que es cátedra magna. En Bogotá, publica su Times, tamaño como un colibrí, y lo ama Adriano Páez, que fue alma de mieles, y escribe en su pro Montalvo, que fue gigantesco mestizo, con el numen de Cervantes y la maza de Lutero. En Costa Rica creyó que había que barrer, y publicó La Escoba, y El Otro Diario y El Maestro. Por los Altos vivió en Guatemala, donde Palma lo quiso, y publicó, siempre ameno y picante, El Diario de Occidente. Reía, no sin amargura; y en verdad su risa era como la vaina de los sables, toda lustre por fuera, y plata u oro donde juega el sol, y dentro rugosa sombra. Risa es crítica. Pero Proaño no podía ver pájaro preso sin darle libertad; ni castigar a una bestia sin tundir a quien la castigase; ni merma alguna del hombre, sin que se le encrespase la pluma, como al quetzal, de ojo de oro, cuando se ve la esclavitud encima. El bravo Eloy Alfaro, que es de los pocos americanos de creación, lo nombró, cuando triunfó con él en el Ecuador la libertad, Ministro de Hacienda. De diputado a Guayaquil no quiso ir, porque “aquello iba a ser un concilio». Para los enemigos del albedrío del hombre, y de su franco empleo en América, no tenía más que uña y diente. Y su pluma, fina y fuerte, esbozaba de un rasgo, iluminaba de un revuelo, clavaba de un picotazo, se abría, como en dos alas, ante las majestades del hombre y de la Naturaleza. Duerma el ecuatoriano en suelo guatemalteco, donde lo amó un poeta cubano. Es una la América.

Patria. Nueva York, 8 de septiembre de 1894

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