España-Francia
SUMARIO

España.–El Rey en El Ferrol.–“¡Venganza!”.–Elecciones reñidísimas.–Benevolencia de Castelar.–Habilidad de Sagasta.–Incendios misteriosos.–Francia.–Gambetta, silbado.–Belleville rebelde.–Discurso en Tours.–Discurso en Ménilmontant.–Tentativa de discurso.–Reformas graves.–Bonapartistas rendidos.

Nueva York, 20 de agosto de 1881

Señor Director de La Opinión Nacional.

En la trabajosa elaboración de la nueva sociedad política en España, señálanse las elecciones actuales por un carácter singular de agitación, en que además de los elementos conocidos, bullen esos otros elementos sombríos e impalpables que anuncian en lo venidero gravísimos peligros para la libertad. Amplio trabajo, trabajo fácil y bien remunerado, bastante a satisfacer las necesidades exasperadas de las clases pobres, fuera el único remedio para este gran riesgo futuro. Las cóleras contenidas, al fin estallan; y es necesario desarmar las cóleras. La miseria las mueve: es necesario vencer a la miseria. El trabajo la ahuyenta: es necesario perseverar en la creación y alimento de fuentes incesantes de trabajo. Pero la romántica Península, pagada de generosos e inquietos ideales, busca equivocadamente su ventura en las instituciones políticas, sin tener en cuenta que éstas no andan seguras sino cuando se cimentan sólidamente en el bienestar público. Crear intereses, es asegurar la paz.

Las elecciones presentan hoy en España ese carácter general pintoresco que las distingue, y el carácter concreto, violento, que les da el duelo a muerte que en ellas se libra. Sagasta, espíritu perspicaz, mas no a tal grado que baste a torcer la inconstrastable corriente invasora de las nuevas ideas, batalla indudablemente, a la sombra de la monarquía para preparar el advenimiento de la República,–mas no de la enérgica, práctica y activa República–en cuyo pro militan el profundo Martos, el genioso Salmerón, el honrado Ruiz Zorrilla,–sino de esa otra República nominal, represiva, heterogénea, transitoria, que ha de contar entre sus jefes, estrechamente unidos, en razón de la ayuda que mutuamente se han prestado, a Castelar, a Sagasta, a Sagasta mismo, y a Serrano. No hay habilidad comparable a la del actual Presidente del Consejo de ministros del rey Alfonso, en la elaboración y creación de unas Cortes amigas. El telégrafo nos anuncia ya que la victoria va a ser suya. De aquella masa compacta, blanda como cera a las manos recias de Cánovas,–no volverán al Congreso más que cuarenta miembros a lo sumo. Aquel partido a tal extremo personal que se denomina con el nombre de su jefe, y le sigue, con ciega confianza en sus habilidades conocidas; en su traviesa, y censurable aunque útil carrera, por entre las más opuestas instituciones,–sustituirá en las Cortes a aquella desconcertada mayoría que no fue bastante poderosa para impedir la derrota del soberbio Cánovas. Pero el Congreso ahora electo no reflejará ciertamente la opinión pública, como no la reflejaba el anterior. Los escarceos osados a que el interés de sus amigos, el suyo propio, y su fama, obligan a Sagasta, no pueden satisfacer ni apasionar a un pueblo fatigado de su servidumbre a una casta absorbente de hombres brillantes y audaces, que olvidan, por el provecho de su propia gloria, los intereses reales y agonizantes de la nación que representan. Violencia y fraude caracterizó a las elecciones precedentes; violencia y fraude están caracterizando a estas. Más temeroso de Martos que de Castelar,–por más que Martos venga poniendo en práctica desde hace mucho tiempo, la República conservadora, central y democrática que como novedad presentan hoy los oportunistas españoles,–Sagasta auxilia a Castelar, de quien teme menos, y persigue a Martos; a quien ve con creciente zozobra. En esa afortunada marcha sobre puentes que va sustituyendo en las democracias europeas a las antiguas convulsiones impreparadas y cruentas,–Castelar, con razón sin duda, en esta época de cuerdas transacciones, se ve abocado a recibir en sus brazos el cadáver monárquico, porque el trono caerá infaliblemente, ya a manos de los excesos de los políticos conservadores para defenderlo, ya a manos de los demócratas que, amparados de las transitorias libertades de Sagasta, se organicen para un combate que sólo habían aplazado. Y como se ve abocado a esto, a ello se prepara, por natural y honrada tendencia de su espíritu aristocrático y artístico,–y por cauta obediencia a las seducciones de un próximo poder. Esta tendencia que ha venido acentuándose en los últimos tiempos, acaba de revelarse de una manera inequívoca en el discurso que a principios de agosto pronunció Castelar en el Alto Aragón. Áspera censura,–que ya raya en manerismo por lo repetida,–a los pensadores radicales, no bastante organizados hoy en España para que justifiquen esta acerba y constante condenación; ampuloso elogio de las aspiraciones y programa de la revolución democrática, con excitaciones vivas a que Sagasta realice la abolición de la esclavitud, que él pudo abolir, y no abolió; visible apoyo a la política sagastina; a la que no escaseó afectuosa alabanza,–fueron los caracteres principales de este discurso electoral, que ha valido al tribuno el auxilio benévolo del Gobierno en las actuales elecciones,–no para sí, que no lo ha menester, sino para sus contados secuaces,–y la acre y resuelta condenación del genuino elemento democrático, que cree imprudente e injusto este exaltado panegírico de las excelencias de un gobierno monárquico. Redúcese, pues, la batalla a un doble combate, tan vivo en un extremo como en otro: impedir la resurrección de Cánovas: impedir los progresos de Martos. Aquello implicaría para Sagasta la caída del poder, y el advenimiento tempestuoso de una revolución demasiado radical para que él pudiera ser contado como elemento principal en ella; esto,–los progresos de Martos,–habilitarían a la democracia,–para que en su venidero e inevitable triunfo, crease una situación en la que Sagasta no podría hallar puesto. He aquí los resortes interiores de aquella política, que simpatías personales, apasionados prejuicios, u otras causas, no dejan frecuentemente salir a luz. De manera que, a lo que dice el telégrafo, muy escaso número de carlistas y de demócratas enérgicos irán a las Cortes, tanto que se estima que no llegue a ciento diez, en junto, el número de Diputados de todas las oposiciones que lograrán asiento en el Congreso.

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