Entrevista de Zar y el Kaiser

CARTAS DE NUEVA YORK EXPRESAMENTE ESCRITAS PARA LA OPINIÓN NACIONAL.

Entrevista del zar y el káiser.–Capital acontecimiento europeo.–Formidable liga de imperios.–Dramática entrevista.–Guerra al socialismo.–Invitación a Europa.

Nueva York, 16 de septiembre de 1881

Señor Director:

Un suceso de magna trascendencia, realizado con brevedad mágica y ostentosa pompa, ha ocupado exclusivamente a Europa en los días últimos. Ni la publicación de nuevos periódicos nihilistas en Rusia, que declaran que la guerra que se hace a los judíos en Rusia no es guerra socialista; ni la próxima destrucción del pesado e inútil yate Livadia, el gran buque redondo, del que se van a hacer tres buques; ni la remoción del Conde de Baranoff del cargo de Jefe de policía, con palabras ásperas del Zar,–alcanzan importancia comparable a la de este trascendental acontecimiento. Ni importan tanto a Alemania la reanudación de sus relaciones con el Papa, merced al Embajador Schloezer; ni el nombramiento del hijo de Bismarck para Ministro en Washington; ni la fuga de los conscriptos que emigran a América; ni la revista pasada a las tropas en el aniversario de Sedán; ni la detención en Kiel de los dos buques de guerra peruanos, Diógenes y Sócrates, por razón de neutralidad,–como las vitales cuestiones que movieron el ánimo de los Emperadores de Rusia y Alemania a su histórica entrevista, en la que, entre el sonar de los cañones, el flamear de las banderas, y el ruido de las olas, han jurado, estrechándose cordialmente sus dos manos de hierro, odio eterno a los pueblos.

Contemos la entrevista.

Fue en Dantzig, el 10 de septiembre. Urgía a ambos monarcas verse juntos. Urge a Guillermo que Rusia no se ligue a Francia, y que los nihilistas rusos no fortalezcan a los socialistas alemanes. Urge a Alejandro que todos los poderes de la tierra le ayuden en su guerra de conservación y de venganza contra los nihilistas.

Errores de subalternos habían agriado las relaciones entre uno y otro imperio. Se hacía preciso que contra los pensadores liberales se uniesen los monarcas autócratas, contra los pueblos que no pueden subsistir sin derechos, los reyes que no pueden subsistir con un pueblo que los tenga.

El gran duque de Mecklemburgo, suegro del gran duque Vladimiro, en quien la hija del de Mecklemburgo ejerce gran influencia, arregló la anhelada entrevista, el padre en Alemania y la hija en Rusia lograron a la par el consentimiento de sus señores.

Así ajustado, salió el Zar sin previo aviso, y súbitamente, de Peterhof, y el emperador alemán, y su hijo, y Bismarck salieron de Berlín.

Llegó antes que el emperador el canciller, con su hijo Heberto, y con Tiras, su corpulento perro; y fue en carruaje abierto a la casa del gobernador. Vino luego el Káiser, acompañado del príncipe de la corona, el gran duque de Mecklemburgo, presidente del Gabinete Militar; el general von Albedyll, presidente del Gabinete Civil, y otros altos funcionarios.

El anciano Emperador, vestido con el uniforme del primer regimiento de guardias, fue también en carroza abierta, tirada por cuatro caballos, con sus jinetes de librea, a la casa de Gobierno. A paso lento iba el tren suntuoso: la muchedumbre, vitoreando al Emperador, impedía el paso del carruaje.

Era el día húmedo y brumoso, y tardaba el yate ruso, a punto que pasaba de sazón el lunch lujoso que, preparado por su especial cocinero, se había servido al Zar en el buque donde debía celebrarse la entrevista.

De fiesta estaba Hohenzollern y respladecían de plata y de cristalerías las mesas. Apenas se divisó el yate cesáreo, el Emperador y su hijo vestidos de coroneles rusos, y seguidos en un carruaje en que iba solo, Bismarck, en uniforme de coracero, atravesaron entre ensordecedores vítores y bajo lluvia de flores el camino de la casa al puerto.

De súbito truenan a una poderosos cañones: de pólvora y de humo se llena la bahía: los dos emperadores están hablando. Apenas se pusieron al habla, el Hohenzollern, en que se había embarcado el káiser y el Derzhava en que venía el Zar, echóse un bote al agua, saltó el Zar en él, abordó el Hohenzollern, subió a saltos la escalera, y cayó en los brazos del Emperador Guillermo, a quien besaba en las mejillas y en la frente.

Apenas se vieron solos, dijo Alejandro:

“–He venido para deciros que he heredado todos los sentimientos de mi padre hacia vos. Yo los profesaré toda mi vida. Feliz, muy feliz me siento con tener una oportunidad de decíroslo.”

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