En honor de México. Sociedad Literaria Hispanoamericana, 1891

Señoras y señores:

Este júbilo es justo, porque hoy nos reunimos a tributar honor a la nación ceñida de palmeros y azahares que alza, como un florón de gloria, al cielo azul, las cumbres libres donde el silbato del ferrocarril despierta, coronada de rosas como ayer, con la salud del trabajo en la mejilla, el alma indómita que chispeaba al rescoldo en las cenizas de Cuauhtémoc, nunca apagadas. ¡Saludamos a un pueblo que funde, en crisol de su propio metal, las civilizaciones que se echaron sobre él para destruirlo! ¡Saludamos, con las almas en pie, al pueblo ejemplar y prudente de América!

Fue México primero, antes de la llegada de los arcabuces, tierra como de oro y plumas, donde el emperador, pontífice y general, salía de su palacio suntuoso, camino de la torre mística, en hombros de los caballeros naturales, de adarga de junco y cota de algodón, por entre el pueblo de mantos largos y negro cabello, que henchía el mercado, comprando y vendiendo; o aplaudía la comedia al aire libre, con los niños vestidos de pájaros y mariposas; o abría campos a los magnates de vuelta del banquete, con sus bailarines y bufones; o saludaban al paso del teculi ilustre que mostró en sus pruebas de caballería el poder de domarse a si propio; o bullía por las calles de las tiendas, probándose al dedo anillos tallados, y a los hombros mantones de pieles; o danzaba, con paso que era aire, el coro de la oda; o se agolpaba a ver venir a los guerreros de escudo de águila, que volvían en triunfo, con su ofrenda de víctimas, a las fiestas del monarca conquistador. Por entre el odio de las repúblicas vencidas al azteca, inseguro en el trono militar, se entró, del brazo de la crédula Malinche, el alcalde astuto de Santiago de Cuba. Los templos de las pirámides rodaron despedazadas por las gradas; sobre el cascajo de las ruinas indias alzó sus conventos húmedos, sus audiencias rebeldes y vanidosas, sus casucones de reja y aldaba, el español; todo era sotana y manteo en 1a ciudad de México, y soldadesca y truhanería, y fulleros e hidalguetes, y balcón y guitarra. El indio moría desnudo, al pie de los altares.

Trescientos años después, un cura, ayudado de una mujer y de unos cuantos locos, citó su aldea a guerra contra los padres que negaban la vida de alma a sus propios hijos; era la hora del Sol, cuando clareaban por entre las moreras las chozas de adobe de la pobre indiada; ¡y nunca, aunque velado cien veces por la sangre, ha dejado desde entonces el sol de Hidalgo de lucir! Colgaron en jaulas de hierro las cabezas de los héroes; mordieron los héroes el polvo, de un balazo en el corazón ; pero el 16 de septiembre de cada año, a la hora de la madrugada, el Presidente de la República de México vitorea, ante el pueblo, la patria libre, ondeando la bandera de Dolores.

Toda la jauría de la conquista salió al paso de la bandera nueva: el emperador criollo, el clero inmoderado, la muchedumbre fanática, el militar usurpador, la división que aprovechó el vecino rapaz y convidó al imperio austríaco. Pero los que en la fatiga de gobiernos inseguros y en la fuga triunfante habían salvado, con las manos ensangrentadas en el esfuerzo, el arca santa de la libertad, la escondieron, inmaculados, «mientras duraba la vergüenza», en un rincón donde el pan era tan escaso como abundante el honor; la muerte por el derecho del país funde, al fuego de la Reforma, al indio y al criollo; y se alza Juárez, cruzado de brazos, como fragua encendida en las entrañas de una roca, ante el imperio de polvo y locura, que huye a su vista y se deshace.

Hoy campea segura la libertad, por modos suyos y crecidos con é’1 país, en la república serena y majestuosa, donde la hermosura de la Naturaleza prepara a las artes, donde la mirada de la mujer mueve a la vez a la piedad y al lujo; donde la prueba franca de la guerra ha afirmado la paz; donde templa el trato amigo las diferencias de la condición y la pena de vivir; donde el vivir no es pena. Hoy descansa, en reposo vigilante, aquel pueblo que, cuando pelea, pelea como si vaciara en sus hijos la lava de sus volcanes; y cuando ama, ama como ha de amar el clavel a la llamarada de la aurora. Ya no es Tenochtitlán, la ciudad de guerreros y de sacerdotes, la que pasea en las plazas de México, y entra a orar en sus teocalis, y boga cantando, al son del remo, en las chalupas; es París quien pasea, refinado y airoso, por aquellas alamedas de follaje opulento que, al rumor de las fuentes, cala sobre las sendas una luna más clara que ninguna otra luna. Los perseguidos y hambrientos de ayer son hoy estatuas en el Paseo de la Reforma. El palacio de la República va sumiso por la calle de la riqueza y el trabajo, como buscando el alma del país, al palacio indio de los emperadores. Rey parece cada lépero de la ciudad, por el alma independiente y levantisca. La noche alumbra el portón donde, a la sombra de un zarape, conversan de amor los novios pobres; o el teatro que corona al poeta nacional, con las flores que se arrancan del talle las mujeres; o el salón donde la esposa del Presidente trata con sus amigas del alivio de las madres desamparadas; o el baile donde compiten en vano con la mujer de México la palma y la magnolia. Al asomar el día bajan de sus canoas, como en cestas de flor, las indias de vestido azul; trae el canal, de las islas flotantes, la hortaliza y la jardinería; bulle, como avispero despierto, la industria popular; se abre a los jóvenes ávidos la muchedumbre de escuelas y de bibliotecas; pasan de brazo los poetas con los obreros y los estudiantes; vierten en las plazas su carga de trabajadores los tranvías; silban, proclamando a la nación, las chimeneas de los ferrocarriles. Resucita, al abono de la propia sangre, aquel alma imperial que huyó, en el horror de la conquista, a lo profundo de la tierra, y hoy sazona, con la virtud indispensable de lo nativo, el alma importada. Como de la raíz de la tierra le viene al mexicano aquel carácter suyo, sagaz y señoril, pegado al país que adora, donde por la obra doble de la magnífica Naturaleza, y el dejo brillante de la leyenda y la epopeya, se juntan en su rara medida el orden de lo real y el sentimiento romántico.

¿Y ante quién tributaremos el entusiasmo que nos inspira la obra firme y creciente de la República que viene a ser en América como la levadura de la libertad, sino ante el que, con el mérito y brío de su persona, más con su cargo oficial de Cónsul, representa a México en Nueva York, ante uno de los luchadores gloriosos que han puesto la libertad de la tierra mexicana, la libertad de pensar y de vivir por sí, donde no parece que haya poder que la derrumbe, ante aquel cuya barba blanca ennoblece el rostro donde se revela la juventud del corazón, como aquellos festones de delicado gris, canas del bosque, que realzan el verde perpetuo de las colinas que vieron vivir a Moctezuma, y morir, al pie de su bandera, a los cadetes heroicos de Chapultepec? ¡Señor: como los guerreros de manto y penacho de diversos climas se juntaban al pie del ahuehuete, a jurar su ley al árbitro imperial, las Repúblicas agradecidas de América, con palmas invisibles y flores selladas con el corazón, se juntan alrededor de la bandera mexicana!

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