En honor de Centroamérica. Sociedad Literaria Hispanoamericana, junio de 1891

Señoras, señores:

Como en andas de flores se levanta, colgada de granadillas e hipomeas, la tierra de esmeralda y plumas, donde, al espejo de sus lagos y al incensario de sus volcanes, crecen en el combate y en la fatiga, según lo manda la naturaleza, las cinco repúblicas de Centroamérica, como un soto hogar. Por aquellos ríos han apagado la sed, en la cuenca de una hoja, muchos viadores de la libertad; de aquellos arriates ha tomado mucha flor para el pasajero doloroso la niña de la casa; para la vida y la poesía ha sacado fuerzas mucho peregrino de aquel aire purificado por el fuego; de debajo de un apagavelas salen, desperezándose y tundiéndose, cinco países cuyo parentesco será más poderoso que la pócima de ira con que les alborotó las venas el conquistador; ¡aquí venimos, en nombre de todos los agradecidos, a ceñir con una guirnalda de corazones las banderas que no se han manchado con más sangre que aquella que es ley que se derrame, por la ferocidad inevitable de la vida, en los bautizos de la libertad?

Por entre las ruinas de los gigantes desaparecidos surgieron, bellos y pintados como los pájaros, los pueblos de indios nuevos que tejían y tañían, y levantaban con gracia heroica sus atalayas de carrizos, y narraban bajo la sombra de los árboles la leyenda del mundo, cuando centellearon en la creación los espíritus celestes, y a la voz de ¡tierra! surgió el Universo de la nada, con el hombre que fue primero arcilla, y luego tronco duro, y luego árbol ramoso; con la mujer de caña, y luego los cuatro hombres de carne y pensamiento, a cuya cabeza se sentaron las cuatro mujeres, coronadas de plumas de garza. Hoy era el mercado, de tejidos y diademas, y pórfidos y oros, y birretes y tobilleras del plumón más fino, y pitos y atabales; la boda era mañana, con danzas y convites, y las casas blancas festoneadas de orquídeas olorosas; o era que el rey pasaba, con su manto de pluma azul y la corona refulgente, cargado a hombros de nobles, en su silla de oro y pedrería; o vitoreaba la multitud a los caballeros del torneo que a punta de flecha mantenían por el aire la mazorca de maíz; o volvían a sus hogares aterrados, porque venía el zutujil a sangre y fuego, el cazador que traía al cinto como un iris la pluma del quetzal, el atjije canoso, abrazado a los manuscritos de las leyendas, el coro de la escuela desbandada. El zutujil prendía a la tierra fuego, para que no anduviesen sobre ella los invasores Vino el rubio de España, con el trueno en las manos; cayó con su aliado el cachiquel sobre las ciudades que el quiché alzó contra el chuzo y la flecha; y cuando pasó la nube de humo, resplandecía el sol indiferente en la caña y la pluma de las hecatombes.

Se bebió entonces, al sol de Pacaya, el vino de Valladolid, entre barajas y votos; y apuró el cacao de Soconusco, en los casucones levantados sobre indios, el deán que ensartaba con la tizona al alguacil que lo venía a prender. La calle era del oidor, de gorra y garnacha, o del encomendero desdentado, de casco y gamuza, o del presidente que echaba a desvergüenzas al buen obispo que le venía a pedir la ley para la indiada, sin más coraza que su lanilla de dominico, ni más miedo que el de no ser bastante brioso. A flechazos recibían aquellos cristianos a los obispos que no les firmaban los crímenes con la religión; tuteaban al rey, en cuanto les tocasen las encomiendas aquellos vasallos; y monseñor se gastaba la renta de la Catedral en festejos a los que salían a matar lacandones. San Francisco peleaba con Santo Domingo; el cabildo se le empinaba a la Audiencia; los encomenderos cansaban el mar con sus quejas al emperador; un Hernando cosía a puñaladas al obispo y con la daga ensangrentada escribía en el aire su proclamación de príncipe. Hasta que los competidores se avinieron en el mando y no hubo ya más Casas ni más Marroquines, sino que vivía en los palacios, con el nombre de la familia escrito en el zaguán con huesos, la prole de los conquistadores y las doce damas; y era la vida candil y procesiones, como aquella del certamen de la Universidad, sobre la «Contienda Amorosa de Italia, Francia y España», cuando iban delante los atabaleros, y luego en mulas los estudiantes e hidalgos, y los doctores y la clerecía, y luego un señorón de portaestandarte, con el tema muy floreado entre pinturas, y luego criados de librea, y luego soldados a tiempo que entraba en la ciudad la hilera de indios, con la frente ya hecha al mecapal de la bestia de carga, y el ministril se llevaba preso a un criollo, porque leía el Quijote.

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