En Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1889
10 de octubre de 1889

Cubanos:

Vence en mí el placer de lo que esta noche oigo y veo, al desagrado propio de enseñar la persona inútil, que más que del frío extranjero, y del miedo de morir antes de haber cumplido con todo su deber, padece del desorden y descomposición que, con ayuda de nuestros mismos hermanos extraviados, fomenta el déspota hábil para tener mejor sometida a la patria. Lo que veo y oigo no me convida a la elegía, sino al himno. Pero éste es en mí el júbilo de la resurrección, y no el gusto infecundo de la tribuna vocinglera. Con compunción, y no con arrogancia, se debe venir a hablar aquí: que hay algo de vergüenza en la oratoria, en estos tiempos de sobra de palabras y de falta de hechos. Cimientos a la vez que trincheras deben ser las palabras ahora, no torneo literario, mientras nuestro país se desmigaja y se pudre, y los caracteres se vician, y se pospone a la seguridad personal la de la patria. Tribunal somos nosotros aquí, más que tribuna: tribunal que no ha de olvidar que cumple al juez dar el ejemplo de la virtud cuya falta censura en los demás, y que los que fungen de jueces habrán en su día de ser juzgados. El que tacha a los demás de no fundar, ha de fundar. Entre nosotros, que vivimos libres en el extranjero, el 10 de Octubre no puede ser, como no es hoy, una fiesta amarga de conmemoración, donde vengamos con el rubor en la mejilla y la ceniza en la frente: sino un recuento, y una promesa.

Los que vienen aquí, pelean. Los que hablan, como que hablan la verdad, pelean. Ellos todos han sido elocuentes. Yo sólo no lo podré ser, porque mi palabra no basta a expresar el trastorno, no menos que divino, que en mi alma enamorada de la patria dolorosa, no de la gloria egoísta, han causado las voces de mis compañeros en fe y determinación: la voz del adolescente, vibrante como el clarín, que renueva el juramento de los héroes; la voz de los soldados cívicos que en la hora del combate pusieron a la espada el genio de hoja, y de puño la ley; la voz del desterrado inquebrantable, que prefiere la penuria del deber oscuro a los aplausos vanos de la patria incompleta y a los falsos honores; la voz sacerdotal del hombre meritorio que en la hora de explosión vio salir a los héroes de la tierra, y salió con ellos, resplandecientes como soles, señalándonos, a sus hijos, con el reguero de su sangre, el camino de la tierra prometida. ¡Es morir, es morir, el dolor de no haber compartido aquella existencia sublime! Porque, aunque la prudencia nos guíe y acompañe, y tengamos decidido, porque así nos lo manda la virtud patriótica, que nos guíe y acompañe siempre, la verdad es que ya el brazo está cansado de la pluma, y la virtud está cansada de la lengua; que cuando salimos a buscar el aire puro, como remedo de la libertad, nos sorprendemos ensayando nuestros músculos para la arremetida de la batalla.

Si: aquellos tiempos fueron maravillosos. Hay tiempos de maravilla, en que para restablecer el equilibrio interrumpido por la violación de los derechos esenciales a la paz de los pueblos, aparece la guerra, que es un ahorro de tiempo y de desdicha, y consume los obstáculos al bienestar del hombre en una conflagración purificadora y necesaria. ¡Delante de nuestras mujeres se puede hablar de guerra!; no así delante de muchos hombres, que de todo se sobrecogen y espantan, y quieren ir en coche a la libertad, sin ver que los problemas de composición de un pueblo que aprendió a leer, sentado sobre el lomo de un siervo, a la sombra del cadalso, no se han de resolver con el consejo del último diario inglés, ni con la tesis recién llegada de los alemanes, ni con el agasajo interesado de un mesnadero de la política de Madrid que sale por las minorías novicias y vanidosas a caza de lanzas, ni con las visiones apetecibles del humo gustoso en que en la dicha de la librería ve el joven próspero desvanecerse su fragante tabaco. A la mujer, para que se resigne. y al hombre, para que piense, se debe hablar de guerra. La desigualdad tremenda con que estaba constituida la sociedad cubana, necesitó de una convulsión para poner en condiciones de vida común los elementos deformes y contradictorios que la componían. Tanta era la desigualdad, que el primer sacudimiento no bastó para echar a tierra el edificio abominable, y levantar la casa nueva con las ruinas, El observador juicioso estudia el conflicto; se reconoce deudor a la patria de la existencia a que en ella nació; y cuando, por la ineficacia patente y continua de los recursos cuyo ensayo no quiso ni debió turbar, ve comprobada la necesidad de pagar, en cambio de la vida decorosa y el trabajo libre, el tributo de sangre; cuando con el tributo de sangre de una generación, se salvará la patria del exterminio lento; cuando con las virtudes evocadas por 1a grandeza de la rebelión pueden apagarse, y acaso borraras, los odios y diferencias que amenazan, tal ves para siglos, al país; cuando el sacrificio es indispensable y útil, marcha sereno al sacrificio, como los héroes del 10 de Octubre, a la luz, del incendio de la casa paterna, con sus hijos de la mano.

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