El Papa amenazado de expulsión
OTRA CARTA DE NUEVA YORK
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ITALIA
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SUMARIO

El Papa amenazado de expulsión.–Actitud hostil del pueblo romano.–Alarma en el Vaticano.–Nueva Sede Pontificia.

Nueva York, 20 de agosto de 1881

Señor Director de La Opinión Nacional:

Roma ha sido en estos días teatro de graves acontecimientos, de tal carácter que parecen ser meros anuncios de otros que entrañan gravedad mayor.

Cierto grupo liberal, bastante poderoso para ser temible, no cree definitivo el triunfo de su programa, ni asegurada la unidad de Italia, ni la paz pública, en tanto que el Sumo Pontífice permanezca en Roma. La ciudad entera vive como sacada de quicio, y como en tiempo de conquista. Los dos elementos que la pueblan, el nacional y el de la Santa Sede, luchan y se agitan sordamente, el uno contra su caída, el otro contra la prudencia que le fuerza a respetar, siquiera sea aparentemente, a los vencidos, y a dejar incompleta su victoria. Esta escondida saña, estos crecientes odios, estas repulsiones mutuas, han comenzado a tomar una forma vehemente y pública, que bien pudiera terminar en uno de los más graves conflictos de esta época. Pequeños incidentes habían añadido nuevos combustibles a este fuego nunca apagado, y se celebró al fin un mitin que ha dado motivo a la Santa Sede para iniciar algo como tentativa de provocar un alzamiento universal en pro del Pontífice. En el mitin, verdaderamente tumultuoso y extraordinario, que ha dejado profundísima impresión entre los romanos, se discutieron y negaron las garantías papales, y se tomaron decisiones encaminadas a pedir su inmediata y total abolición.

Gran tormenta movió el mitin. El Gobierno, que no desea que la autoridad del Papa se fortalezca, por lo cual no había de desaprobar el mitin, que estaba además amparado de un modo amplio por el derecho de reunión vigente,–no podía ver con desagrado las demostraciones que tendían a aminorar la importancia de la Santa Sede. Mas está por otra parte interesado en que el Pontífice no abandone a Roma, por cuanto esto pudiera atraerle condenaciones violentas y amargas, si no peligros reales; y por cuanto más débil es el Pontífice, mientras menos perseguido y oprimido parezca. Recogió, pues, el Gobierno, todos los periódicos que el día siguiente daban cuenta de aquella agitadísima reunión; L’Osservattore Romano, el periódico oficial del Vaticano, fue recogido también, y era, por de contado, el que con más vivos colores pintaba el histórico mitin. “Para ocultar a los católicos las blasfemias que allí mancharon los labios de los hombres, recogió ayer el Gobierno nuestra edición,”–decía al día siguiente L’Osservattore Romano.

Visible agitación reina desde entonces en el palacio pontificio. Despliega el Cardenal Jacobini, Secretario del Papa, habilidad y energía singulares. Anuncia vagamente la posibilidad de la salida de León XIII y la blande como una amenaza a la paz del Gobierno italiano. Todo indica que cree llegada la hora de excitar contra Italia a la Europa católica, y que ni el Pontífice ni el Cardenal rechazan la idea de abandonar la ciudad divina, si éste ha de ser un medio para volver triunfantes a ella. Altivamente expresa el Papa su decisión de abandonar a Roma, en el instante mismo en que su decoro sea por primera vez ofendido. De público se dice, y lo imprimen los periódicos más respetables, que Malta es el lugar elegido por León XIII para asilar la Sede amenazada; los nuncios del Pontífice en el extranjero han recibido una vehemente circular, en la que se refieren estos riesgos y se dejan adivinar estas determinaciones; el Cardenal Jacobini envió una grave nota a los Embajadores de las potencias cerca del gobierno italiano, en que encarece las angustias y apunta los propósitos del Pontífice.

Así bullían a últimas fechas los ánimos en Roma. Las pasiones estaban encrespadas; el gobierno, hábil, aunque en secreto perplejo, los partidos, decididos a una batalla campal; y la Santa Sede, con gran sabiduría, convirtiendo ágil, activa y eficazmente en su beneficio las impaciencias de sus airados adversarios. Cierto que la salida del Pontífice de Roma conmovería grandemente al mundo católico; mas es seguro que el gobierno italiano no ha de forzarlo jamás a esto; y que esta salida habría de tener un carácter absolutamente definido de irremediabilidad y urgencia para que produjese en el mundo católico el resultado que los consejeros del Papa se proponen.

M. DE Z.

La Opinión Nacional. Caracas, 7 de septiembre de 1881.

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