El hombre antiguo de América y sus artes primitivas

Cazando y pescando; desentendiéndose a golpes de pedernal del tigrillo y el puma y de los colosales paquidermos; soterrando de una embestida de colmillo el tronco montuoso en que se guarecía, vivió errante por las selvas de América el hombre primitivo en las edades cuaternarias. En amar y en defenderse ocupaba acaso su vida vagabunda y azarosa, hasta que los animales cuaternarios desaparecieron, y el hombre nómada se hizo sedentario. No bien se sentó, con los pedernales mismos que le servían para matar al ciervo, tallaba sus cuernos duros; hizo hachas, harpones y cuchillos, e instrumentos de asta, hueso y piedra. El deseo de ornamento, y el de perpetuación, ocurren al hombre apenas se da cuenta de que piensa: el arte es la forma del uno: la historia, la del otro. El deseo de crear le asalta tan luego como se desembaraza de las fieras; y de tal modo, que el hombre sólo ama verdaderamente, o ama preferentemente, lo que crea. El arte, que en épocas posteriores y más complicadas puede ya ser producto de un ardoroso amor a la belleza, en los tiempos primeros no es más que la expresión del deseo humano de crear y de vencer. Siente celos el hombre del hacedor de las criaturas; y gozo en dar semejanza de vida, y forma de ser animado, a la piedra. Una piedra trabajada por sus manos, le parece un Dios vencido a sus pies. Contempla la obra de su arte satisfecho, como si hubiera puesto un pie en las nubes.–Dar prueba de su poder y dejar memoria de sí son ansias vivas en el hombre.

En colmillos de elefantes y en dientes de oso, en omóplatos de renos y tibias de venado esculpían con sílices agudos los trogloditas de las cuevas francesas de Vezere las imágenes del mamut tremendo, la foca astuta, el cocodrilo venerado y el caballo amigo. Corren, muerden, amenazan aquellos brutales perfiles. Cuando querían sacar un relieve, ahondaban y anchaban el corte. La pasión por la verdad fue siempre ardiente en el hombre. La verdad en las obras de arte es la dignidad del talento.

Por los tiempos en que el troglodita de Vezere cubría de dibujos de pescados los espacios vacíos de sus escenas de animales, y el hombre de Laugerie Basse representaba en un cuerno de ciervo una palpitante escena de caza, en que un joven gozoso de cabello hirsuto, expresivo el rostro, el cuerpo desnudo, dispara, seguido de mujeres de senos llenos y caderas altas, su flecha sobre un venado pavorido y colérico, el hombre sedentario americano imprimía ya sobre el barro blando de sus vasijas hojas de vid o tallos de caña, o con la punta de una concha marcaba imperfectas líneas en sus obras de barro, embutidas a menudo con conchas de colores, y a la luz del sol secadas.

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