El general Serafín Sánchez

Rodeado de cariños y atenciones ha pasado algunos días en Nueva York uno de los hombres extraordinarios que en la guerra supieron resplandecer como héroes, y en la tregua estudian y practican la libertad, doblados sobre la mesa dura del trabajo. El General Serafín Sánchez vino a lo que tenía que hacer, y ha vuelto al Cayo. La noche antes de su partida, sentado junto a la mar bajo estos árboles prestados del destierro, narraba, con angustia unas veces, y otras como sí ya estuviera otra vez a caballo, los sucesos de la guerra: ya pintaba un combate, ya recordaba una heroicidad, ya decía los versos de Palma y de Jerónimo Gutiérrez. Las mujeres lo oían sin llorar, como envidiosas. Los hombres, canosos o jóvenes, callaban, como prometiendo. El General Serafín Sánchez es digno del amor de los cubanos por el valor que ha empleado en su servicio, por la dignidad con que vive en el destierro del trabajo de sus manos, y por la pasión republicana que le dirige el brazo heroico. He ahí a un buen ciudadano.

Patria, 19 de agosto de 1893.

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