El Congreso de Washington I

Llegada de los delegados argentinos.—Preliminares.—Notas e insinuaciones.—Los miembros del congreso.—Banquete a los delegados argentinos y uruguayos.

Nueva York, 28 de setiembre de 1889

Señor Director de La Nación:

Estos días han sido de recepciones y visitas para los hispanoamericanos. Unos venían de Europa a presentar sus credenciales al Congreso que llaman aquí de Panamérica, aunque ya no será de toda, porque Haití, como que el gobierno de Washington exige que le den en dominio la península estratégica de San Nicolás, no muestra deseos de enviar sus negros elocuentes a la conferencia de naciones; ni Santo Domingo ha aceptado el convite, porque dice que no puede venir a sentarse a la mesa de los que le piden a mano armada su bahía de Samaná, y en castigo de su resistencia le imponen derechos subidos a la caoba.

Del Paraguay nadie ha llegado, aunque se publicó que venía con poderes de él Alberto Nin, el caballero juicioso que mandan de Montevideo. En los hoteles hay va y viene, y muchos cumplidos a la hora de pasar por las puertas, que es cosa que denuncia por estos pueblos la gente castellana. En el teatro del Casino, de yeso dorado, que parece con las luces morería de mucha riqueza, todas las cabezas se vuelven a la vez, descuidando las arias del Tambor Mayor, para ver entrar en su palco, con un ramo de rosas rojas, y majestad de casa real, a una sudamericana de ojos negros. Para luego el estudio, y el examen del Congreso de Panamérica y sus hilos. Ahora la tarjeta de visita, la llegada de los argentinos, el vapor que entra y el tren que se va: la crónica.

El programa ya está, y hasta mediados de noviembre no empezarán las sesiones. El dos de octubre será el día de zalameos en la Casa Blanca, donde la Secretaría de Estado presentará los huéspedes panamericanos al Presidente. El cinco saldrán de viaje de más de un mes los delegados, aunque no todos, porque México ya conoce el país, y de Chile, dicen que no va a la gira, ni está, por lo que se sabe hasta ahora, la Argentina en el paseo, que no es para decidir, sino para mostrar a los huéspedes la grandeza y esplendidez de las ciudades, y aquella parte de las industrias que se puede enseñar, a fin de que se les arraigue la convicción de que es de la conveniencia de sus pueblos comprar lo de éste y no de otros, aunque lo de éste sea más caro, sin ser en todo mejor, y aunque para comprar de él hayan de obligarse a no recibir ayuda ni aceptar tratos de ningún otro pueblo del mundo. En el paseo irán con los representantes de la otra América, algunos de los diez delegados que ha puesto en el Congreso la secretaría por los Estados Unidos, y dos militares que hablan español, y acaso vaya de guía principal el autor de Las Capitales de Hispanoamérica, que es aquel caballero Curtis de cuyo artículo sobre la Argentina habló a su hora La Nación, aunque el saber la lengua y el haber sido secretario de la comisión que por encargo del Congreso de Washington visitó hace unos tres años las tierras de la otra América, no sean tal vez cosas de más peso que el desagrado con que los caballeros de Colombia han visto que el que les ha de acompañar como representante de la Secretaría de Estado y el secretario probable del Congreso sea quien publicó hace un mes en el Cosmopolitan un artículo en que tacha de tránsfuga y de maniquí impotente y quién sabe de qué más a Núñez, el Presidente colombiano; y hay quien ve en este ataque el interés de los que quieren abrir el canal por Nicaragua y temen que Núñez arregle con Washington, a pesar de la grita de su país, la venta, a costo de la primogenitura, de los derechos sobre el canal de Panamá, con lo que se quedarían del lado del Presidente que tales maravillas puede hacer, los burócratas beneficiados: y cuentan que los delegados de Colombia harán saber que no les place ir de bracero por toda esa gira con quien hace en público mofa y censura de su Presidente. En la gira va, con el consentimiento y amistad de la secretaría, irá un delegado de los navieros de Nueva York, y de algunos de sus comerciantes, que han levantado aquí, con raíces en Washington, la unión comercial hispanoamericana. Habrá al paso del tren de la delegación banquetes y recepciones numerosas, y más en Boston, Chicago y San Luis, donde el interés con México es ya cosa mayor. Filadelfia prepara fiestas, y Pittsburg un número de diario en español. Luego, a la vuelta, serán los debates sobre las ocho proposiciones, en que política y comercio andan unidos: cuando se encienda el árbol de Christmas, el día 24 de diciembre, vendrán los delegados a los festejos que les disponen en Nueva York; y acaso para cuando termine en Washington la sesión de enero, vayan, de fin de viaje, a ver los naranjos de la Florida y admirar la riqueza del hotel moruno de Ponce de León.

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