El cisma de los católicos en Nueva York

Los católicos protestan en reuniones públicas contra la intervención del Arzobispo en sus opiniones políticas.–Compatibilidad del catolicismo y el gobierno republicano.–Obediencia absoluta en el dogma, y libertad absoluta en la política.–Historia del cisma.–La Iglesia Católica en Nueva York, sus orígenes, y las causas de su crecimiento.–Los irlandeses.–El catolicismo irlandés: el «Sogarth Aroon».–Elementos puros e impuros del catolicismo.–Causas de la tolerancia con que se ve hoy en los Estados Unidos el poder católico.–La Iglesia, la política y la prensa.–Tratos entre la Iglesia y la política.–El padre McGlynn.–El padre McGlynn ayuda al movimiento de reforma de las clases pobres.– Revista del movimiento.–Carácter religioso del movimiento obrero.– McGlynn favorece las doctrinas de George, que son las de los católicos de Irlanda.–El Arzobispo suspende al padre McGlynn, y el Papa le ordena ir a Roma.–El Papa lo degrada.–Santidad del padre McGlynn.–Rebelión de su parroquia.–Gran «meeting» de los católicos en Cooper Union contra el abuso de autoridad del Arzobispo.–Los católicos apoyan a McGlynn, y reclaman el respeto a su absoluta libertad política.

Nueva York, 16 de enero de 1887

Señor Director de El Partido Liberal:

Nada de lo que sucede hoy en los Estados Unidos es comparable en trascendencia e interés, a la lucha empeñada entre las autoridades de la Iglesia Católica y el pueblo católico de Nueva York, a tal punto que por primera vez se pregunta asombrado el observador leal, si cabrá de veras la doctrina católica en un pueblo libre sin dañarlo, y si es tanta la virtud de la libertad, que restablece en su Estado primitivo de dogma poético en las almas una Iglesia que ha venido a ser desdichadamente el instrumento más eficaz de los detentadores del linaje humano. ¡Sí, es la verdad! los choques súbitos, revelan las entrañas de las cosas. De la controversia encendida en Nueva York, la Iglesia mala queda castigada sin merced, y la Iglesia de misericordia y de justicia triunfa. Se ve cómo pueden caber, sin alarma de la libertad, la poesía y virtud de la Iglesia en el mundo moderno. Se siente que el catolicismo no tiene en sí propio poder degradante, como pudiera creerse en vista de tanto como degrada y esclaviza; sino que lo degradante en el catolicismo es el abuso que hacen de su autoridad los jerarcas de la Iglesia, y la confusión en que mezclan a sabiendas los consejos maliciosos de sus intereses y los mandatos sencillos de la fe. Se entiende que se pueda ser católico sincero, y ciudadano celoso y leal de una República. ¡Y son como siempre los humildes, los descalzos, los desamparados, los pescadores, los que se juntan frente a la iniquidad hombro a hombro, y echan a volar, con sus alas de plata encendida, el Evangelio! ¡La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen! ¡Un pedazo de pan y un vaso de agua no engañan nunca!

Acabo de verlos, de sentarme en sus bancos, de confundirme con ellos, de ver brillar el hombre en todo su esplendor en espíritus donde yo creía que una religión atentatoria y despótica lo había apagado. ¡Ah! la religión, falsa siempre como dogma a la luz de un alto juicio, es eternamente verdadera como poesía: ¿qué son en suma los dogmas religiosos, sino la infancia de las verdades naturales? Su rudeza y candor mismos enamoran, como en los poemas. Por eso, porque son gérmenes inefables de certidumbre, cautivan tan dulcemente a las almas poéticas, que no se bajan de buen grado al estudio concreto de lo cierto.

¡Oh, si supieran cómo se aquilatan y funden allí las religiones, y surge de ellas más hermosa que todas, coronada de armonías y vestida de himnos, la Naturaleza! Lo más recio de la fe del hombre en las religiones es su fe en sí propio, y su soberbia resistencia a creer que es capaz de errar: lo más potente de la fe es el cariño a los tiempos tiernos en que se la recibe, y a las manos adoradas que nos la dieron. ¿A qué riñen los hombres por estas cosas que pueden analizarse sin trabajo, conocerse sin dolor, y dejarlos a todos confundidos en una portentosa y común poesía?

Acabo de verlos, de sentarme a su lado, de desarrugar para ellos esta alma ceñuda que piedra a piedra y púa a púa elabora el destierro. Otro se hubiera regocijado de su protesta: yo me regocijaba de su unión. ¿Para qué estaban allí aquellos católicos, aquellos trabajadores, aquellos irlandeses? ¿Para qué estaban allí aquellas mujeres de su casa, gastadas y canosas? ¿Para qué estaban allí los hombres nobles de todos los credos, sino para honrar al santo cura, perseguido por el Arzobispo de su Iglesia por haberse puesto del lado de los pobres?

Era en «Cooper Union», la Unión de Cooper, la sala de reuniones de la escuela gratuita, que aquel gran viejo levantó con sus propias ganancias para que otros aprendiesen a vencer las dificultades que él había hallado en la vida: ¡jamás ha sido tan bello un hombre que no lo era! Era en la sala baja de «Cooper Union». Llovía afuera y adentro rebosaba. Apenas se encontraba rostro innoble, no porque no los hubiese, sino porque no lo parecían. Seis mil hombres, seis mil católicos, ocupaban los asientos, los pasillos, las puertas, las espaciosas galerías. ¡Al fin, les habían echado de su Iglesia a su «Sogarth Aroon», al «cura de los pobres», al que los aconseja sin empequeñecerlos desde hace vein¬tidós años, al que ha repartido entre los infelices su herencia y su sueldo, al que no les ha seducido sus mujeres ni iniciado en torpezas a sus hijas, al que les ha alzado en su barrio de pobres una iglesia que tiene siempre los brazos abiertos, al que jamás aprovechó el influjo de la fe para intimidar las almas, ni oscurecer los pensamientos, ni reducir su libre espíritu al servicio ciego de los intereses mundanos e impuros de la Iglesia, al padre McGlynn! Lo han echado de su casa y de su templo, su mismo sucesor lo expulsa de su cuarto de dormir: han arrancado su nombre del confesionario: ¿quién se confesará ahora con el espíritu del odio? Porque ha dicho lo que dijo Jesús, lo que dice la Iglesia de Irlanda con autorización del Papa, lo que predica a su diócesis el Obispo de Meade, lo que puso a los pies del Pontífice como verdad eclesiástica el profundo Balmes; porque ha dicho que la tierra debe ser de la nación, y que la nación no debe repartir entre unos cuantos la tierra; porque con su fama y dignidad, porque con su sabiduría y virtud, porque con su consejo y su palabra, ayudó en las elecciones magnificas de otoño a los artesanos enérgicos y los pensadores buenos que buscan en la ley el remedio de la pobreza innecesaria–¡su Arzobispo le quita su curato y el Papa, le ordena ir disciplinado a Roma!

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