El asesinato de los italianos

El asesinato de los italianos.– Las escenas de Nueva Orleans.–Los antecedentes y el proceso.–La Maffia y la política local.–El asalto a la cárcel.–La reunión, la marcha, las muertes.

Nueva York, 26 de marzo de 1891.

Sr. Director de La Nación: …Y desde hoy, nadie que sepa de piedad pondrá el pie en Nueva Orleans sin horror. Por acá y por allá, como últimas bocanadas, asoma y desaparece un grupo de homicidas, con el fusil al hombro. Por allí va otro grupo, de abogados y de comerciantes, de hombres fornidos y de ojos azules, con el revólver a la cadera, y una hoja en la solapa,–una hoja del árbol donde han ahorcado a un muerto,–a un italiano muerto,–a uno de los diecinueve italianos que tenían en la cárcel como reos presuntos del asesinato del jefe de policía Hennessy. De los diecinueve, el jurado de norteamericanos absolvió a cuatro: el proceso de otros falló por errores: otros no habían sido aún procesados. Y pocas horas después de que el jurado de norteamericanos los absolvió, la junta de notables nombrada por el alcalde para ayudar al castigo del asesinato, la junta capitaneada por el cabecilla de uno de los bandos políticos de la ciudad, convoca a motín a los ciudadanos, por llamamiento impreso y público, con un día de aviso,–los reúne y preside al pie de la estatua de Henry Clay,–ataca la cárcel de la Parroquia, sin que le salga al paso la policía, salvo por nimia apariencia, ni la milicia, ni el alcalde, ni el gobernador,–derriba las puertas dóciles de la prisión,–se derrama, vitoreando, en los corredores por donde huyen los italianos perseguidos,–machaca a culatazos la cabeza del caudillo político de los italianos, del banquero cónsul, cónsul de Bolivia, acusado de cómplice en una banda de asesinos, en una banda secreta de la Maffia,–y a los otros tres, absueltos como el banquero, y a siete más, los asesina contra la pared, por los rincones, sobre el suelo, a quemarropa. Al volver de la faena, los ciudadanos vitorean al abogado que presidió– la matanza, y lo pasean en hombros.

¿Y ésas son las calles de casas floridas, con las enredaderas de ipomeas trepando por entre las persianas blancas, y las mulatas de turbante y delantal sacando la cesta india de colorines al balcón calado, y la novia criolla, que va al lago de almuerzo, a almorzar peces de nácar y de oro, con un capullo al pecho, y en la crencha negra una flor de azahar? ¿Es la ciudad del roble donde crece, como filigrana de plata, el musgo español, y del dátil, que chorrea la miel, y de los sauces lamentosos, que se retratan en el río? ¿Es la Orleans del carnaval alegre, antorcha toda y toda castañuelas, que saca en un paso de la procesión de Momo el romance de México, festoneada la carroza de lirio y cavellín, y en otro, con sus trajes de pedrería, a los héroes amables del poema de Lalla Rookh, y en otro al príncipe, de raso naranja, despertando, en su túnica de tisú, a la Beldad Dormida?

¿Es la Orleans de la pesca en piraguas, de los alrededores hechiceros, del mercado radiante y alborotoso, de los petimetres de fieltro a las cejas y perilla gris que se juntan, a hablar de duelos y de novias, en el café de la Poesía?… Resuenan las descargas; izan sobre una rama a Bagnetto, al italiano muerto; le picotean a balazos la cara; un policía echa al aire su sombrero: de los balcones y las azoteas miran la escena con anteojos de teatro. Al gobernador, “no se le puede ver”. La milicia, “nadie ha ido a buscarla”. El alcalde “no va a prender a toda la ciudad”. Sierran una rama; cortan otra a hachazos; sacuden las hojas, que caen sobre la multitud, apretada– “para llevarse un recuerdo, una astilla de la madera, una hoja fresca de hoy”– al pie del roble de donde cuelga, dando vueltas, el italiano ensangrentado.

La ciudad de Nueva Orleans, satisfecha o cobarde, marchó con sus primeros letrados y negociantes al frente, sobre la cárcel de donde iban a salir los presos que el jurado acababa de absolver; asaltó, con asentimiento y ayuda de las autoridades del municipio, la prisión municipal; majó en los rincones,–la ciudad capitaneada por abogados y periodistas, por banqueros y jueces,–majó en los rincones, y “baleó hasta hacerlos trizas” a los italianos absueltos,–a un neorleanés oriundo de Italia, hombre de mundo y rico, dueño del voto de la colonia italiana,–a un padre de seis hijos, socio acaudalado de una buena firma,–a un siciliano brioso a quien meses atrás dio un tiro un irlandés,–a un zapatero de influjo en la opinión del barrio,–a un remendón tachado de haber muerto en riña a un paisano suyo,–a unos vendedores de fruta.

Los italianos riñen entre sí, como los bandos de Kansas que en medio siglo no ha podido poner en paz ningún gobernador, como los criollos del Sur que se legan de padres a hijos el odio entre familias. Hace veinte años, por husmear en las riñas de los italianos, o por quererles quitar so pretexto de ellas el poder municipal que ganaban con la fuerza de sus votos, cayó, a manos de un “Guerin”, el padre de este “Hennessy” que ha muerto ahora. El mismo traficante en política que iba de teniente en el asalto de hoy, acabó de un balazo al matador del otro Hennessy. Los políticos de ojos grises odiaban a los políticos de ojos negros. Los irlandeses, que viven principalmente de la política, querían echar de la política a los italianos.

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