Darwin y el Talmud

Darwin y el Talmud

Conversación sobre Centro América y las Hormigas

Un paciente leedor de libros antiguos ha hallado en el Talmud pruebas numerosas de que los escritores hebreos eran perspicaces observadores de la naturaleza; y acaba de publicar una colección de escritos del libro sagrado de los judíos que demuestran que ya en aquel tiempo se tenían ideas semejantes a las que ahora pasan como novísimas, y nacidas de Darwin.

Un escritor hebreo habla muy minuciosamente de lo mucho que tiene que hacer el que la cresta del gallo esté entera en su capacidad como jefe del serrallo, y diserta sobre la pérdida visible de ánimo y vigor que se nota en las aves cuando van perdiendo aquellos ornamentos que constituyen su hermosura: así el quetzal de ahora en la América del Centro, que es fama que muere cuando se le quita la larga y tornasolada pluma que le hace de cola. Y cuando lo cautivan también muere: por eso hace el quetzal gallarda figura, como símbolo de independencia, en el escudo de Guatemala: sólo que no siempre obran los pueblos en conformidad con lo que establecen sus escudos.

Salomón señaló a la hormiga como ejemplo de criaturas cuerdas e industriosas; y un observador hebreo de aquellos tiempos viejos, afirma que Salomón tuvo razón, pues la hormiga es animal que fabrica sus casas en tres pisos y almacena sus provisiones, no en el piso más alto de la casa, donde estarían expuestas a las lluvias, ni en el piso bajo, donde podrían sufrir de la humedad, sino en el piso del medio, donde deposita todo lo que puede recoger.

Ese mismo escritor se entretiene contando que la hormiga es además muy honrada, y nunca toma lo que pertenece a sus vecinos, cuya propiedad ayuda y respeta. También esto nos trae a la memoria a un hombre de hermoso corazón, clarísimo pensamiento y notable cultura, de Centro América; al que sacudió al país de su apatía conventual, y lo echó a vivir como hubiera podido con un hijo, sin entristecerse grandemente el día en que la fortuna le quitó el premio de su valor, previsión y atrevimiento de las manos; al mantenedor brioso en Parlamentos y batallas, del decoro y librepensamiento humanos, que de Thiers tuvo tanto que hubiera sido en Francia o compañero o rival suyo, y fatigado de la pequeñez de lo común de los hombres, se sentó al fin a ver correr la vida y murió sin entusiasmo, sin fe y sin quejas; al caudillo civil y militar de la revolución liberal que sacó, para siempre acaso, de las manos de la Compañía de Jesús y sus servidores laicos a su patria Guatemala, y a Centro América tal vez: a don Miguel García Granados. Era profundo pensador, estratégico consumado, ajedrecista notabilísimo, y tan curioso en cosas de ciencia que había llegado a formar una teoría nueva, fundada en muchos hechos sobre la inteligencia, dotes de administración y gobierno y lenguaje de las hormigas. Para aquella vasta mente, servida por una razón limpia y un corazón sencillo, nada había indigno del más atento estudio.

Entre aquellos hebreos de que hablamos hubo uno, que se llamó Simón ben Chalafta. El «Experimentador» observó también mucho los hábitos de las hormigas. Un periódico de ahora, hablando de él, dice que Simón hizo, entre otros, un experimento digno de Lubbock, que los ha hecho tan buenos:–en un día muy caluroso, puso una especie de toldo sobre un hormiguero. Salió una hormiga, que iba como de centinela avanzada, vio la cubierta, y se volvió a contar el caso a sus compañeras. Asomáronse todas enseguida, visiblemente contentas de la sombra que les daba el toldo, y de cuyo recinto no salían. Pero aquí viene lo que demuestra que la naturaleza humana no es distinta de la de los demás seres vivos, en todos los cuales, como en el hombre, se mezclan a los instintos más tiernos los más injustos y feroces: quitó Simón el toldo, para ver lo que las hormigas hacían, y éstas entraron en tan gran cólera que creyéndose engañadas por la hormiga centinela y que con un falso informe las había racado a los rigores del sol, cayeron sobre ella y la dejaron muerta–En cambio, Simón cuenta otros muchos sucesos en que se ve que la hormiga gusta de contribuir y aun de sacrificarse, al bien de sus semejantes.

El lector de libros hebreos a quien nos referíamos al comenzar estas líneas cita pasajes del Talmud que dejan creer que ya para entonces se tenía como diferente sólo en cantidad la inteligencia del hombre y la de los demás animales.

Pero parece que el Talmud, después de observar mucho, había hallado que cuando se ha explicado todo lo que se ve, todavía no se sabe todo lo que se desea, ni se explica lo que no se ve y se siente, como no entendería la naturaleza del vapor, ni podría más que deducir la necesidad de su existencia, aquel que conociere solamente, aunque de un modo acabado, todas las partes de una locomotora. Así dice el Talmud, con más prudencia de la que debe guiar a los hombres, que tienen el derecho de investigar lo que entrevén, y de apagar la sed que les inquieta;–así dice el Talmud:–»No procures alcanzar lo que está demasiado alto para ti, ni penetrar lo que está fuera de tu conocimiento; ni descubrir lo que ha sido colocado más allá del dominio de tu mente. Encamina tu pensamiento hacia aquello que puedas llegar a conocer, y no te inquiete el deseo de llegar a conocer las cosas escondidas.»

Pasa el positivismo como cosa nueva, sin ser más que la repetición de una época filosófica conocida en la historia de todos los pueblos: porque esa que hemos trascrito del Talmud no es más que la timorata doctrina positivista, que con el sano deseo de alejar a los hombres de construcciones mentales ociosas, está haciendo el daño de detener a la humanidad en medio de su camino.

Se debe poner tierra primero antes de adelantar un paso en ciencia: pero no se puede hacer calzada al cielo.

El viaje humano consiste en llegar al país que llevamos descrito en nuestro interior, y que una voz constante nos promete.

Sin querer hemos llegado a este punto del extracto de la noticia de un periódico.

La América. Nueva York, mayo de 1884.

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