Cristino Martos

Era otoño hace años, y llegó a Madrid después del Zanjón, cansino de Ceuta, un cubano que se salió del camino. Llevaba un encargo, sobre cierto pleito de Cuba muy ruidoso, para los abogados que lo regían en Madrid, que eran un valenciano cortés, y Cristino Martos. Y Martos quiso ver al cubano para tratar del pleito, del pleito que no se acaba, que estamos acabando.

La casa era de las nuevas de Madrid, de holgada escalera; y el piso un segundo o tercero.

Dos colosales fotografías adornaban, solas, la sala: el Partenón y el Coliseo. En el despacho que iba a la alcoba, había un obispo; había un cura, había un periodista de alquiler, muy untado y charolado; había un hombre fosco y mugriento, caídos los faldones por los dos lados de la silla, las manos apuñadas sobre la cabeza del bastón, la leontina bailándole; los becerros llenos de polvo; era el general Salamanca.

A las ocho entró el cubano a la cita, con un valenciano bueno, pechudo, de espejuelos, de chistera y capa. Martos estaba en cama, grueso y femenil, el pelo desrizado, la palabra ya cincelada a aquella hora; los quevedos de aro negro redondeándole los ojos. Cuba entera habló allí, Cuba desnuda. Martos decía apenas: quería oír más: oír tanta novedad: oír al criollo libre: él nunca había oído aquello. No. El cubano no se había de ir. «¿Conque ése es el problema irreconciliable? ¿Conque ustedes han criado en la guerra y en el extranjero, y aquí en España a nuestras barbas, esa alma que usted me enseña; esa alma valiente, que me habla en español, pero en que yo no reconozco un alma española? ¿Conque ustedes van aprisa, y en una dirección, y nosotros en otra dirección, y más despacio que ustedes?» Y el cubano pintaba el engaño de la tregua, la vejación del país, la revolución triunfante en los corazones; la iniquidad con que se alzaba al cubano negro contra el blanco por aquellos días, la cárcel de Santander llena de presos llagados, de presos desconocidos, desterrados a oscuras, después del Zanjón. Describía la composición cubana, y la del español. Preveía por el carácter de la política española, y el del español de Cuba, la resurrección revolucionaria. Los intereses son diversos. Los caracteres chocan… «Oh, sí: tiene usted razón» dijo al fin Martos: «o ustedes, o nosotros». Las once eran al salir. Todavía quería Martos oír. Afuera, chispeando, el obispo. Y cesantes, y una mujer, y coroneles. Y bufando, de una pared a otra, Salamanca.

El día siguiente fue día famoso en Cortes; el día en que se suspendían las sesiones, en homenaje a Maria Cristina, que se venia a casar. Martínez Campos presidía el gabinete, que asistió integro. De los discursos, amenazantes desde la oposición o confiados desde el gobierno, dos alzaron la casa. Uno arrancó un murmullo, era Sagasta, vestido de frac, que se ponis en pie, con la mano al pecho, que olvidaba la política en la hora de la regia felicidad, que recibía como español a la prometida del rey de España; que con sus manos de adversario rendido ofrecía a la reina joven un ramo de violetas. Las palabras eran finas, sencillas, menudas, fragantes: lo mismo que las flores. El otro discurso fue de luengos párrafos, los quevedos cercaban los ojos, el brazo erguido se alzaba por el aire, el hombre se revolvía, al coronar la frase encaramada, como para clavar la púa con el talón. De la tarde oscura sacaba la profecía para el gobierno vacilante; la profecía de muerte: «¿qué desbarajuste era aquél?» «¿qué poder extraño e ilegítimo sostenía en el gobierno a un militar rebelde cuyo puesto estaba mejor en el triunfo culpable que en la casa de las leyes?» «¿y Cánovas, no juega con el gobierno, no lo ha puesto a que descubra su nulidad, no está ya acechándolo?» El discurso, como una rosa de acero, abría, penosamente, los pétalos bruñidos. La frase se tendía, se echaba por las escalerillas, se recogía silbando, con el ministro adentro.

De pronto, sobre la Cámara atónita, baja, tronando, el párrafo cubano. Se ha mentido; se ha obtenido la paz por sorpresa; la paz no está en el país; se gobierna con el odio y el terror; se ha comprado muy caro una tregua muy poco duradera; en los caracteres es donde está la oposición; ¿qué se ha hecho para atraer sinceramente al cubano? ¿qué se ha hecho para sujetar la insolencia del dominador? ¡El discurso, el discurso entero del cubano en la alcoba! Y pide, en la peroración conmovida, piedad para la isla desgraciada. El rumor agrio, el diputado que se levanta, la protesta escandalizada o sorda, el discurso que acaba en la soledad y el frío. Se le aglomeran, le increpan, se defiende, le siguen pocos al irse. Al otro día, ni un solo diario, ni el de Martos, ni el de las cortes después, publicaron una palabra, alusión siquiera, del discurso de piedad para la isla desgraciada. Martos ha muerto: «¡O ellos, o nosotros!»

Patria, 14 de febrero de 1893.

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