Cartas de Martí

Cartas de Martí

Nueva York, agosto 19 de 1889.

Señor Director de La Opinión Pública:

Montevideo

No hay meses, si se les mira por el alma, más hermosos que estos de verano, porque en mayo son los rosales los que florecen; pero ahora es la juventud que sale de los colegios graduada para la vida. El mundo está lleno de Boabdiles, que en cuanto tienen una pena de agua y azúcar, proclaman en discurso verboso o en verso lacrimante que el mundo está vacío, y se sientan a llorar por la vega de Granada, con grandes quejas a la primavera, que no vuelve al corazón cuando vuelve a los árboles. ¿Pero qué pecho bien nacido no da flores cuando ve salir por el mundo, como ejército vencedor, a estos cientos de hombres fuertes, hechos a la vez al arado y al libro; estas parvadas de mujeres nuevas, criadas como para que no tengan que comprarse el pan con la honra, ni sean para el esposo en cuanto pierden la flor, más que despensera y nodriza? Cada hombre que nace es una razón para vivir. El desesperado ponga escuela. Son frutos podridos y flores de papel esas penas retóricas. No hay pena de que no pueda consolar, ni crimen de que no pueda redimir, el gusto de ser útil.

A la prosa y al verso no se tiene derecho, sino para dar con ellas fuerza y fe. Mucho hay que temer, mucho que rehuir, mucho que flagelar en la civilización egoísta y áspera de Norteamérica, y fuera de la ventaja de los conocimientos especiales y el indudable beneficio de venir a estudiar en su propia artesa esta leche hercúlea, es la verdad que no tiene por qué mirarse como comparsa del mundo el que cría la mente en los pueblos del Sur, sin la soledad de corazón y codicia excesiva que quitan aquí gracia a la juventud y belleza al carácter.

Pero es vasta la ciencia, mucha la generosidad, grande el influjo, conmovedor el espectáculo, decisivo acaso el poder en la vida nacional de este gentío estudiantil que surge cada año de las universidades, los menos a perecer vergonzosamente como malos hijos de rico; los más, con la mano dispuesta a asir y el corazón preparado a batallar: se les ve el ojo inquieto, y el semblante a medio contraer, como el jinete que sale a explorar el llano virgen refrena el caballo, y se pone la mano de visera, para ver más de lejos.

Esos son los que de veras traen caudal al país, los que no van a los colegios a ponerse sobre la frente una carrera, como se le pone a un buey un yugo, ni a sacar patente de sabiduría con que dar barniz de cultura a la riqueza, sino a hacerse de armas para el combate de los hombres, o a ejercitar el alma, que pide luz y vuelo.

La vida nacional es acá ruda, y puede en ella el interés más de lo que conviene, para la armonía de la dicha, a las dotes de humanidad y sentimiento, porque es hermoso y casi divino el hombre. En muchas universidades es más la pompa que la ciencia, y el pelotear que el leer, tanto que se ha dado el deshonor de que un mozo de prendas abandonase, ya al acabar, la abogacía, porque «como abogado, habiendo tantos, me espera mucha fatiga y poca paga; y de pelotero, como que nadie coge la pelota del aire mejor que yo, me dan diez mil pesos al año». Allegarse una fortuna es un deber, siempre que sea por medios lícitos; pero no es menos que crimen, sobre ser gran fealdad, este de apagarse con las propias manos la luz con que se viene al mundo, o que se debe al mundo. Cada hombre es un colaborador. El que pudo ser antorcha, y desciende a ser mandíbula, deserta.

Esas universidades, que son las más favorecidas entre los ricos, le consumen al estudiante los pesos por miles en fruslerías perniciosas; y se ve claro allí, en Harvard, en Yale, en Princeton mismo, que acá hay como un censo tácito en la nación, que da o quita derechos según se tenga más o menos, por lo que el estudiante que puede llevar a sus amigas en coche de a cuatro, con bocina y champaña, trata como a lacayo al que no tiene más oro que el de sus espejuelos de bachiller asiduo. El bachiller, por supuesto, suele llegar a Presidente, y el del coche para en conato de lord, o en rey de palo de la empresa de su padre, o en héroe de un divorcio escandaloso, o en abastecedor y tapaamores de una actriz.

En estos días se ha hablado mucho acá sobre el modo de educar a la mujer. Porque es cierto que en un país afanoso, donde no tiene el hombre a gloria, como ha de tenerse, el llevar a cuestas por el mundo a una compañera joven, se ha de preparar a la mujer para que no tenga que salir a vender besos si quiere comprar panes, y pueda en el mar revuelto remar sola; pero no es una desdicha nacional, de la que debe deducirse que a la mujer se deba dar crianza de varón, y hacer de una paloma un saltamontes, puesto que los pueblos necesitan de los dos sexos, como la familia, y un pueblo sin alma de mujer, o con cantineras por esposas, viviría como una horda de mercenarios o como un barrio chino.

Acaso de esa misma educación varonil venga la necesidad de continuar enseñando como a hombre a la mujer; porque con ella no le queda de la femenil más que el apego sensual, que no basta a cautivar y rendir al hombre, por lo que la mujer queda sola en el mundo, sin el cariño y la fidelidad con que doma e impera, en cuanto pasa con la fantasía del verano la llamarada del beso.

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