Carta de Nueva York [28 de septiembre de 1887]

Centenario de la constitución de los Estados Unidos.–Grandes fiestas en Filadelfia.–Los Estados Unidos en 1876.–La obra de la organización.–Washington y Franklin”.

Nueva York, septiembre 28 de 1887.

Sr. Director de El Partido Liberal:

¿Por qué han de describirse en día nublado las fiestas con que celebran los Estados Unidos el aniversario de la Constitución que los ha hecho gloriosos? Filadelfia, que vio en 1778 la traidora meschianza,–cuando sus hijas disfrazadas de moras bailaron en salones recamados de espejos con los oficiales ingleses, vestidos de oro y negro o de seda blanca y roja, para el torneo con heraldos de dalmática en que despidieron a Sir Howe,–con los colosales juntas públicas ha conmemorado hoy, con procesiones históricas, con pompa industrial, juntas plegarias solemnes el día en que, acomodando en un código prudente sus tercas diferencias, los hombres educados en la libertad imaginaron un gobierno digno de ella.

Los pueblos crecen en estas grandes fiestas; y aun los míseros que aspiran a la libertad, sin hallarle sabor en tierra ajena, sentían como un grato frío de aurora, como un dichoso temblor de héroe, cuando a la limpia luz de la mañana, fue la ciudad saliendo de la noche, vestida de banderas.

Bella es Filadelfia siempre, y más si se la mira desde la torre de su nueva Casa Pública, destacando su masa alegre de edificios rojos, ceñidos por el claro y manso río, sobre el cielo de fijo azul que cobra majestad mayor de aquellas esmeradas y próvidas llanuras; pero la ciudad de mármol y ladrillo tenía en estas fiestas aquel realce de gracia que da el inefable orgullo de las bodas: y los hombres, que ni ante los muertos sofocan sus enemistades, se olvidaron de ellas para conmemorar la forma de gobierno a que deben su ventura,–lo que no han hecho acaso por egoísmo, sino por el placer divino con que saludan los humanos, torvos aún y confusos, cuanto adelanta y consagra su persona. Las casas hablaban: lindas cuáqueras prendían al amanecer las últimas guirnaldas y colgaduras: y los que primero se echaron a las calles, fueron los viejos. La vida tiene horas de oro, en que parece que el sol sale en el alma, y como ejército que asalta, escala y bulle la gloria por las venas. Se rompe en risa y llanto, y con la fuerza del pecho se abatiría una fortaleza.

Hace cien años, vio Filadelfia, vestida entonces de calzón de pana, vestón de seda y chupa de tirilla, las mismas iras, discordias y querellas que los latinos ignorantes, enfermos de destemplada admiración, tienen por patrimonio exclusivo de su raza. Por cada hebilla de zapato había una opinión hostil en la junta convocada por el Congreso inerme, a fin de reunir bajo un gobierno de poderes reales los trece Estados distantes y celosos que por amor excesivo a su soberanía anulaban con su rebelión o indiferencia las medidas nacionales que en vano dictaba el Congreso de la Federación, sin fuerzas por los artículos de 1781 para hacer cumplir lo que recomendaba. Era la burla pública el Congreso. Cada Estado, rico y populoso como Virginia o raquítico e insignificante como Rhode Island, tenía un voto. La nación era de aire, y los Estados se negaban, so pretexto de pobreza, a pagarle su cuota. No había modo de que los Estados acatasen las leyes enfermizas que acordaba el Congreso para trabar por un comercio equitativo las antiguas colonias, desunidas por los celos y los productos rivales. La Nueva Inglaterra, que levantaba ya sus industrias, desobedecía las leyes que pudieran favorecer la agricultura del Sur. El Sur agrícola quería el comercio libre con Europa, contra el Este marino, que apetecía para sí todo el tráfico de agua.

No había moneda común, que unos querían y rechazaban otros. Por sí, no podía vivir ningún Estado; pero, engolosinados con su soberanía inútil, se negaban a fijar, en el código la unión indispensable a su existencia. La única forma visible de la nación era el Congreso, que servía sólo para demostrar su ineficacia. Los grandes, que como siempre, eran pocos, recomendaban a sus conciudadanos con angustia la conveniencia de poner término con un gobierno nacional efectivo, a aquellas disensiones recientes que amenazaban la Unión sin fortalecer los Estados, ni aprovechar más que a los politicuelos criminales que cultivan con pompa sagrada las pasiones. Cada Estado tenía un dueño de almas, a quien importaba más ser caudillo en su conuco que figura secundaria en una gran República. Los caracteres prominentes, deslucidos a veces por rivalidades indignas, coincidían, por la inevitable fraternidad de la grandeza, en el deseo de fomentar un pueblo glorioso, antes de que los intereses en apariencia hostiles se sobrepusieran a las virtudes. Hamilton, con aquella marcial compostura de su entendimiento, demostraba, bajo el nombre de «Phocyon», la necesidad de que los Estados se juntasen bajo un gobierno fuerte: entonces se escribía con nombres antiguos: Phocyon declaraba, los Publius explicaban, Helvidius contendía con Pacificus: había Honestus, Camillos, Leonidas: Roma y Grecia imperaban, como en Francia: la juventud se precipitaba en los moldes de Plutarco, ansiosa de asemejarse a sus héroes: Madison se sabía al dedillo los debates del ágora, los discursos de Cleón, las leyes de Lycia. Pero Washington no aprendía en pergaminos, sino en la vida, la política: rogaba en sus cartas, urgía en sus discursos, propagaba en sus viajes, miraba por la unión de los Estados como hubiera mirado por la de sus hijos. Y Franklin, como él, ponía su nombre, limpio de cola y polvos como su venerable cabellera, al pie de aquellas sabias misivas que con su amable influjo esclarecían en pro de la Constitución nueva los entendimientos, y se entraban como cariños por los corazones.

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