Carta de José Martí [23 de febrero de 1892]

El negro en los Estados Unidos.–El paseo del pastel.–Los cultos y los ignorantes.–Los peregrinos a Liberia.–Un pueblo quema a un negro.

Nueva York, febrero 23 de 1892.

Señor Director de El Partido Liberal:

¿Dónde se reúnen diez mil almas, hombres de paño y mujeres de seda, a ver envilecerse a veinte parejas humanas, veinte parejas negras? ¿De dónde huyen, limosneros y deshechos, doscientos negros sin agua y sin pan? ¿Dónde se juntan cinco mil almas, y una mujer prende las ropas de un negro atado, y queman vivo al negro? En Nueva York, en el circo de pórfido y cristal y ladrillo crema, se reunieron los diez mil, a ver bailar y andar a las parejas que competían por el pastel del premio, el pastel que va cada año al andador más elegante. Del territorio indio, donde se asentó el blanco celoso, huyen a Liberia los doscientos míseros, buscando “la leche y la miel”. En Arkansas se unieron texanos y arkanseños, y mujeres y hombres, y quemaron contra un pino a un negro untado de petróleo:–“¡A Liberia!” “¡A Liberia!” gritaban en coro por las calles, con su capitán barbudo a la cabeza, los doscientos que vienen del territorio: y en vano los detienen los hombres de su raza que cargan levitones y espejuelos: ni al abogado, ni al reverendo, ni al representante, ni al senador quieren atender;–sino ir “adonde no nos quemen los hombres.”

Ni las parejas pizpiretas quisieron escuchar los consejos, las súplicas, la protesta de aquellos negros, ya redimidos, que ven en esta befa anual del paseo del pastel un obstáculo al respeto que con el ejemplo de su virtud e inteligencia pudieran merecer para su raza. ¿A qué iría anoche la familia del pastor de Brooklyn, él con la barba blanca, ella en su traje rico, matriarcal y canosa, de rasos y de encajes las hermanas, a oírle al primogénito, en la escuela de leyes, el discurso de grado? ¿A qué escriben sus historiadores, y sus poetas ganan los certámenes, sus banqueros embellecen el hogar, y ruedan coche sus médicos? ¡Esos judas sin honor, por un tanto en las ganancias de la payasada, se pondrán de perfiles y charoles, con escarpines ellas y ellos de gran pechera, a que los befen y escarnezcan, a que los silben y voceen, a que les echen monedas a la cabeza, los jugadores de los garitos, frenéticos y ensortijados, los jugadores de las bolsas, que pasan con el nombre de corredores, y los estudiantes de los dos grandes colegios, que se abrazan y trompean del gusto, y no hallan piedad en su juventud, ni hallan hombría, para padecer, con el hombre que va naciendo en ellos, de aquella degradación del hombre! ¡Esas parejas criminales, por una botella de vino agrio y unos cuantos pesos, se vestirán de etiqueta rígida, convidarán al público al gran circo, darán vueltas pavoneándose al pastel, fomentarán con su vileza el desprecio de su propia raza!… “¡Pero eran cien hace dos años las parejas”,–dice en la puerta un negro elocuente y hermoso, a quien refrenan en vano sus amigos–“y este año los desvergonzados no son más que diecisiete! ¡Por sobre la torre de esta mala casa he de decir que los negros honrados sangramos en el corazón de la ignominia de estos negros viles,–que en nuestras casas el piano toca a Tchaikowsky y en la librería está Draper y está Littre,–que aborrecemos a esos limpiaplatos y a esas besabocas que quieren comprarse gustos con el dinero que cobra a la puerta este garitero por la burla que le vienen a hacer al color negro de su cara!” Se le saltaba el llanto al negro hermoso, y el garitero rebosante, de casaca y clac, levantaba la cortina de terciopelo carmesí, para abrir paso, llena la carona de sonrisas, a un mozo rubio y brusco, y a la amiga sonante, toda seda y pulseras, que le iba a los faldones.–Por la cortina se veía la multitud en la humareda, cargándose a la valla; la pista reluciente, alisada para la procesión; las parejas del brazo, andando en punta, meciéndose, midiéndose, a ver cuál saca el pie con más fineza; el tambor mayor, al frente de la cohorte, de chupa y casquete, voleando la porra.–Y luego se desborda y revuelve en el circo todo aquel gentío.

En el sótano de una misión, “picanimis” y madres y abuelos comen ávidos la sopa de caridad, que lo mejor de la familia negra de Nueva York envía a los que vienen, de allá del territorio indio, buscando el barco que les ofreció el agente de una compañía de Liberia. ¿Y se esparcirá la raza infeliz? Los que ya tienen raíces y alfombra no ven la patria en el color, ni abjuran de la tierra en que nacieron; ni favorecen la peregrinación que quitaría a su raza el peso que en la justicia de la ley pueda darle el número. Pero a la Liberia se quieren ir los que no tienen alfombra: “Jorge Washington” los quiere llevar, con su barba lanuda amarillenta, y sus ojos que mandan y acarician, y una mano que arruga el sombrero cuando está saludando: usa fieltro, lleva levita, carga botas: peleó en la guerra, y desde entonces anda “vagando, vagando”: él no es “hombre de mujeres”, como esos indios del territorio; él quiere “ser jefe, ser jefe en alguna parte antes de morir”: de su bolsa ha pagado él como la mitad del viaje de “todos estos hijos”: y con los brazos en alto da la señal del coro, que cantan de pie, los abuelos echados sobre el bastón, las madres con el pañuelo a la cabeza, los mocetones en su ropa de limosna; los “picanimis” con los brazos por los hombros.

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