Abonos

Abonos

En agricultura como en todo, preparar bien ahorra tiempo, desengaños y riesgos. La verdadera medicina no es la que cura, sino la que precave: la Higiene es la verdadera medicina. Más que recomponer los miembros deshechos del que cae rebotando por un despeñadero—vale indicar el modo de apartarse de él. Se dan clases de Geografía Antigua, de reglas de Retórica y de antañerías semejantes en los colegios: pues en su lugar debieran darse cátedras de salud, consejos de Higiene, consejos prácticos, enseñanza clara y sencilla del cuerpo humano, sus elementos, sus funciones, los modos de ajustar aquellos a éstas, y ceñir éstas a aquellos, y economizar las fuerzas, y dirigirlas bien, para que no haya después que repararlas. Y lo que falta no es ansia de aprender en los discípulos: lo que falta es un cuerpo de maestros capaces de enseñar los elementos siquiera de las ciencias indispensables en este mundo nuevo.?No basta ya, no, para enseñar, saber dar con el puntero en las ciudades de los mapas, ni resolver reglas de tres ni de interés, ni recitar de coro las pruebas de la redondez de la tierra, ni ahilar con fortuna un romancillo en Escuela de sacerdotes Esculapios, ni saber esa desnuda Historia cronológica inútil y falsa, que se obliga a aprender en nuestras Universidades y colegios. Naturaleza y composición de la tierra, y sus cultivos; Aplicaciones industriales de los productos de la tierra; Elementos naturales y ciencias que obran sobre ellos o pueden contribuir a desarrollarlos:?he ahí lo que en forma elemental, en llano lenguaje, y con demostraciones prácticas debiera enseñarse, con gran reducción del programa añejo, que hace a los hombres pedantes, inútiles, en las mismas escuelas primarias.

Alzamos esta bandera y no la dejamos caer.—La enseñanza primaria tiene que ser científica.

El mundo nuevo requiere la escuela nueva.

Es necesario sustituir al espíritu literario de la educación, el espíritu científico.

Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela de primeras letras y acabe en una Universidad brillante, útil, en acuerdo con los tiempos, estado y aspiraciones de los países en que enseña: una Universidad, que sea para los hombres de ahora aquella alma madre que en tiempos de Dantes y Virgilios preparaba a sus estudiantes a las artes de letras, debates de Teología y argucias legales, que daban entonces a los hombres, por no saber aún de cosa mejor, prosperidad y empleo.

Como quien se quita un manto y se pone otro, es necesario poner de lado la Universidad antigua, y alzar la nueva.

A esas reflexiones nos ha llevado por no poderse dejar de decir lo que se cree útil cuando asoma a la pluma,—aquella primera que hicimos sobre la necesidad de estudiar esmeradamente los abonos.

Quien abona bien su tierra, trabaja menos, tiene tierra para más tiempo, y gana más.

En abono, como en todo, la superstición acarrea males. No hay que creer que todo abono se recomienda es bueno, porque cada puñado de tierra tiene su constitución propia, y acaso lo que conviene a la Martinica, no estará bien en la Isla de Trinidad.

Y como de abonar la tierra con ciertas substancias suelen venir males irreparables?no debe el agricultor, sin probarlo bien antes en un pequeño espacio de terreno, decidirse a usar de un abono desconocido en sus cultivos.

Ahora se recomienda mucho la sangre como abono. Y como es novedad que va logrando crédito, LA AMÉRICA cuida de decir lo que sabe de ella a sus lectores.

Ya en Julio hablamos de esto.

¿Por qué, ya que por ser la sangre tan preciosa no es este abono de que puedan servirse los agricultores todos, no han de aprovecharse los que puedan del fertilizante excelente que todas nuestras ciudades han dejado hasta ahora perdido en sus mataderos públicos? Puede ir a flor y a fruto, lo que hasta ahora ha ido a estancamiento y a miasma.

No es preciso regar con sangre pura la tierra; sino que luego de tener ésta bien arada, basta regarla con mezcla de agua y sangre, si es que no se quiere llevar la misma mezcla por las fosas de abono, o mezclar la sangre con tierra, poniendo por cada seis o siete partes de ésta una de sangre.

Al maíz, le está muy bien este abono, como a casi todas las plantas que sirven de alimento en nuestra América. Los frijoles aprovechan mucho de este abono; y los chícharos, los garbanzos y las papas, tanto como ellos.

Hay que estar, sin embargo, en guardia contra un riesgo que puede venir del uso inmoderado o torpe de este abono. El riesgo es sencillo de evitar, puesto que con no poner más de una parte de sangre por cada seis de tierra, o una porción equivalente cuando se la usa en agua, ya se consigue que la tierra no tenga en grado excesivo el fecundo calor que da este abono. Si se pone demasiada sangre, consume, y a veces quema, las raíces y los retoños.

Como que en donde más abunda la sangre, y más se pierde, es en los mataderos públicos, el consejo más eficaz es el que indica el modo de aprovecharla. Este consiste en amasar, con sangre y cal en la proporción de un 32% al peso de la sangre, una mezcla que se convierte a poco en un albuminato de cal indisoluble.

Hay aquí, pues, una ventaja para los agricultores—y una industria nueva, de posible y provechoso comercio.

La América. Nueva York, agosto de 1883.

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