¿A los Estados Unidos?

¿A los Estados Unidos?

Pasa en los juicios que se publican sobre los pueblos lo que a los hombres de poca edad con las mujeres que los deslumbran por su hermosa apariencia, sin ver que puede una serpiente vivir escondida en la misma concha que parece morada de la perla. Los mozos son así, y aun los que no son mozos en edad, sino en juicio, aun cuando éste parezca maduro por las gracias de la forma en que se expresa. Toman lo pintoresco por esencial, y los detalles aislados y simpáticos por las entrañas, que suelen ser muy diversas; como quien ve a una mujer de ojos limpios y cutis de rosa, vestida de encajes como podría un hada, y supone que aquella seráfica beldad, que es acaso una Manón irredi¬mible, alberga una hermosura semejante en el espíritu. A los pueblos se les ha de estudiar dos veces, como a las mujeres. El frívolo se contenta con las impresiones, sobre todo si son de su agrado, o concuerdan con su disposición personal. El que sabe que la pluma se debe mojar en la sangre de la verdad, aunque nos salga del costado, deja pasar los primeros vapores de la impresión, y escribe después del estudio do¬loroso de lo real, sin que la simpatía injusta lo ponga ciego para cuanto no le sea grato, ni desluzca sus opiniones la antipatía; que es debilidad indigna de cuantos aspiran a enviar su voz con algún influjo entre los hombres.

Y eso no va dicho por casualidad, sino porque en lo que se escribe ahora por nuestra América imperan dos modas, igualmente dañinas, una de las cuales es presentar como la casa de las maravillas y la flor del mundo a estos Estados Unidos, que no lo son para quien sabe ver: y otra propalar la justicia y conveniencia de la preponderancia del es¬píritu español en los países hispano americanos, que en eso mismo están probando precisamente que no han dejado aún de ser colonias. Por supuesto que esto no pasa de ciertas capas mentales, y ni una ni otra propaganda interesan hasta ahora más que a la gente rudimen¬taria y juvenil de aquellos pueblos de nuestra América donde, preci¬samente por el amor excesivo a la novedad extraña de los Estados Uni¬dos, o a la vejez de las cosas españolas, no se han desenvuelto como en algunas otras repúblicas nuestras, la riqueza y la política. Pero de lejos se ve poco: y como la literatura tiene la capa ancha y cubre más a menudo lo ligero, que no cuesta trabajo ni fatiga mucho el pensa¬miento del que lee, que aquello que toma su peso del conocimiento de la vida y exige mayor atención del lector, sucede que una y otra idea, la americana y la española, hacen más camino del que debieran entre los lectores sencillos y la juventud impresionable, mucha parte de la cual por la falsa golosina de este país que le pintan de miel y oro trueca insensata la cínica vida útil, que es la que trata de cumplir el deber de Hombre en el país natal, por la mezquina y secundaria empresa de procurarse en tierra extraña una fortuna pecuniaria que casi nunca llega a más de lo estrictamente necesario para el sustento. El hombre joven se debe a su patria.

José Martí
Julio 1888.
La Doctrina de Martí, New York, 15 de agosto de 1897. Posiblemente se pu¬blicó por primera vez en El Economista Americano.

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